Hacia la conquista de Hispania. La antesala con las Guerras Púnicas.

Mientras la República de Roma mantuvo enfrentamientos contra Cartago en las Guerras Púnicas y contra los griegos hasta sus conquistas durante el siglo III y II a.C., algunos enfrentamientos decisivos en la historia del pueblo romano acontecieron en la península ibérica, situación que llevaría a una serie de sucesivas campañas contra cartagineses y celtíberos hasta culminar con la anexión total de la región de Iberia a Roma tras un período de guerra de casi 200 años.

Fenicios, griegos y cartagineses se habían establecido en el sur y zona este de la península ibérica desde los siglos VIII y VII a.C. formando colonias y embarcaderos dedicados a la extracción de minerales (hierro, plata, etc.) y el comercio con oriente.

Cartago, ciudad en el norte de África y capital del estado púnico (fenicio), como potencia marítima, había ampliado su red comercial sobre Iberia, Sicilia y el sur de Italia chocando contra los intereses de Roma en el Mediterráneo, lo que condujo al inicio de hostilidades y guerra entre ambas potencias conocidas como: «Guerras Púnicas», caracterizadas por tres conflictos armados (primera, segunda y tercera guerra púnica) entre el 264 a.C. y 146 a.C. culminando con la derrota de Cartago tras la guerra de Zama en el 202 a.C. y con el asedio, saqueo y destrucción total de la ciudad de Cartago en 146 a.C.

Cartago, en su expansión en el mar mediterráneo, contaba en la península ibérica con ciudades fundadas como Cartagena, la cual proporcionaba plata como parte importante de la economía del Imperio Cartaginés y como recurso para pagar y contratar mercenarios ibéricos, hechos sustanciales que hicieron que Roma decidiera atacar a Cartago.

La primera Guerra Púnica entre 264 y 241 a.C. abrió los primeros conflictos entre Roma y Cartago en la península ibérica. El origen de esta guerra inició con la guerra entre las ciudades griegas de Siracusa y Mesina en la isla de Sicilia.

Mesina fue capturada en 288 a.C. por los mamertinos. Estos últimos eran mercenarios de origen itálico provenientes de Campania (sur de Italia). Los mamertinos posteriormente se dedicaron a la piratería en todas las ciudades de las costas de Sicilia, provocando muchos desplazados. Hieron II, rey de Siracusa, decidió ayudar a los refugiados griegos atacando a los mamertinos y auxiliar a Mesina a partir del 270 a.C. y derrotándolos hacia el 265 a.C. Los mamertinos, desesperados, pidieron ayuda a Cartago. Los cartagineses en afán de expansión, tomaron el puerto de Mesina con sus navíos e hicieron retroceder una flota de Siracusa; ya que Herión II no quiso enfrentarse al poder naval de Cartago (el cuál era predominante). Cartago tomó a Medina bajo su protección. Los mamertinos no queriendo estar bajo la hegemonía de Cartago pidieron ayuda a Roma. La República optó ayudar a los mamertinos para disminuir la expansión de Cartago sobre Sicilia, isla cercana a la península itálica, lo que desencadenaría el primer conflicto.

Cartago se enfrentaría a Roma en Sicilia en la Batalla terrestre de Agrigento en 261 a.C. donde los romanos saldrían victoriosos. Se desarrollarían posteriormente batallas navales entre ambas potencias donde Roma derrotaría a los cartagineses en la mayoría.

Hacia el 241 a.C. Cartago firmaría un tratado de Paz con Roma finalizando la Primera Guerra Púnica y otorgando a la República el control total de la isla de Sicilia. No obstante, Roma iniciaría conflictos en las «guerras Ilíricas» (región de occidental de la península Balcánica llamada Iliria por los romanos) desde el 229 al 219 a.C. Los cartagineses aprovecharían este tiempo para tomar posesión de regiones de Hispania bajo el liderazgo de la familia Barca.

La segunda Guerra Púnica acontecería entre el 218 y 201 a.C. viéndose implicada las regiones de Hispania.

Aníbal Barca, experimentado militar cartaginés, era hijo del general Amílcar Barca. Amílcar había realizado campañas contra los pueblos ibéricos en nombre de Cartago. En este tiempo Aníbal formaba parte del ejército adiestrándose en el arte de la guerra. Amílcar fallecería cerca del año 230 a.C. El mando de la hueste de Cartago quedaría a manos de Asdrúbal “el Bello”, yerno de Amílcar, quien fundaría la ciudad de Cartagena en Iberia en el 227 a.C. En el 226 a.C. Asdrúbal firma el «Tratado del Ebro» con Roma, un tratado que fijaba el río Ebro como frontera que dividiría las tierras de Roma en la península ibérica en el norte y las tierras púnicas al sur.

En el 221 a.C. Asdrúbal fue asesinado por un esclavo del rey celta Tagus, siendo elegido como su sucesor Aníbal Barca y ratificado por el gobierno cartaginés. Aníbal, como general, se dedicaría a consolidar el poder de Cartago en el sur de Hispania, conquistando a los pueblos celtíberos al sur del Ebro y expandiendo los territorios del reino cartaginés hasta los límites del rio Tajo.

La ciudad griega de Sagunto, al sur del Ebro en la península ibérica, asesinó a los partidarios de Cartago en la ciudad. Aníbal en represalia marcharía hacia Sagunto con su ejército. Los habitantes de Sagunto, temiendo al ejército cartaginés, piden ayuda a Roma. La República temía para entonces la creciente expansión de Cartago en Iberia y pidió a Aníbal no atacar a Sagunto considerándola un protectorado. Aníbal rechazó las exigencias de Roma asediando y conquistando la ciudad de Sagunto en el 218 a.C. y originando así la Segunda Guerra Púnica.

Roma ordenó atacar a Aníbal y a Cartago, en Hispania y África respectivamente, por medio de su flota marina y el traslado de tropa romanas. Sin embargo, con el beneplácito del gobierno de Cartago, Aníbal estando en Hispania y adelantándose a la llegada de un ejército romano a la península ibérica, decidió avanzar con su ejército en el año 218 a.C. hacia Roma por vía terrestre, cruzando el norte de Iberia y la Galia ingresando a través de los Alpes a la península itálica.

En su recorrido reclutaría a varios pueblos celtíberos y galos como mercenarios para luchar contra Roma y contando en su ejército con elefantes de guerra, de los cuáles solo uno sobreviviría en la ruta a través de los Alpes, toda su hueste alcanzaría el valle del Po (norte de Italia) asombrando a la República de Roma.

Aníbal, con escaso número de efectivos en su ejército, lograría derrotar a los ejércitos romanos en las Batallas de Tesino en 218 a.C., Trebia 218 a.C., Trasimeno 217 a.C. y Cannas en 216 a.C., al interior de la península italiana, aniquilando a dos legiones romanas y logrando mantenerse en la región cerca de 16 años sin que Roma pudiera expulsarle; ya que la República mantenía una guerra abierta contra Filipo V de Macedonia y posteriormente contra Grecia en ese lapso de tiempo.

Se ha establecido por historiadores que Roma estuvo al borde del colapso; pero Aníbal nunca pudo conquistar la ciudad de Roma debido a su escaso número de efectivos para un prolongado asedio y a la falta de suministros desde Cartago e Hispania.

Hacia el 218 a.C. Roma había enviado a Iberia a un ejército de legionarios a cargo de los hermanos Cneo y Publio Escipión tomando como base la ciudad de Tarraco en el este de Iberia. Las fuerzas romanas en Hispania se enfrentarían a los íberos y a las huestes cartaginesas lideradas por Asdrúbal Barca y Magón Barca, hermanos de Aníbal y defensores de Cartago, desatando una serie de batallas terrestres y marinas a favor de los romanos. Los celtíberos a su vez ejercían como mercenarios de uno u otro bando.

Sin embargo, Asdrúbal Barca lograría derrotar a los romanos hacia el 211 a.C. con refuerzos desde África. En estos últimos combates Cneo Escipión y su hermano Publio perderían la vida.

Roma, preocupada por la situación y el posible avance de un nuevo ejército cartaginés a Italia, decide enviar un nuevo contingente romano a Hispania a cargo del general: Publio Cornelio Escipión o Escipión “El Africano”, hijo del mismo Publio Escipión. El objetivo era cortar las vías de suministro de Aníbal desde la península ibérica.

Escipión El Africano toma el control de las legiones de Hispania y con sus tropas conquistarían la ciudad de Cartago en 209 a.C. Luego, las legiones romanas bajo el mando de Escipión derrotarían sorprendentemente a las fuerzas cartaginesas de Asdrúbal en 208 a.C. y destruirían al ejército púnico de Magón Barca en 206 a.C. en la Batalla de Ilipa (actual Sevilla), lo que inclinaría la balanza en la guerra entre Cartago y Roma dando el control del sur y el este de la península ibérica a la República.

Posteriormente el Senado de Roma entregaría poderes a Publio Cornelio Escipión para invadir África con un fuerte contingente romano. Escipión el Africano desembarcaría en África en 203 a.C. destruiría a un ejército cartaginés dirigido por Asdrúbal Giscón y conquistaría la región de Numidia aliada de Cartago.

El reino cartaginés, preocupado por la situación, decide pedir auxilio a su mejor general: Aníbal Barca. Este decide salir de Italia y retornar a la defensa de Cartago frente al contingente de Escipión.

En el año 202 a.C. se desarrolla la batalla de Zama donde las legiones romanas dirigidas por Escipión El Africano se enfrentarían a las fuerzas cartaginesas dirigidas por Aníbal.

Escipión y sus legiones, superados en número, derrotarían a Aníbal y a su ejército conformado por elefantes, veteranos y caballería numidia. Aníbal huiría del campo de batalla y Roma conquistaría Cartago imponiendo fuertes condiciones como el desarme militar, la prohibición de una flota de guerra y sus decisiones militares y políticas condicionadas por Roma, hechos que desencadenarían posteriormente la Tercera Guerra Púnica entre el 149 y 146 a.C. que llevaría a la destrucción total de la ciudad de Cartago y la desaparición de todos sus dominios. La destrucción de la ciudad de Cartago estuvo bajo el mando del político y militar romano: Escipión Emiliano (Publio Cornelio Escipión Emiliano Africano Menor Numantino) en el 146 a.C. y quien tendría a futuro en Hispania el asalto final a la ciudad celta de Numancia.  

Entre dos frentes: Primera y Segunda Guerras Celtíberas y Las Guerras Lusitanas.

Con la conquista de los territorios cartagineses de Hispania por Roma durante la segunda guerra púnica se formarían dos regiones romanas: Hispania Citerior e Hispania Ulterior en el este (levante) y sur (Andalucía) de Iberia respectivamente, en definitiva, a partir del año 197 a.C.

A partir de estas provincias Roma se expandiría al resto de la península ibérica, centro, norte y oeste, dominados por clanes celtíberos, lo que ocasionaría diferentes enfrentamientos bélicos que durarían cerca de 60 años de guerra contra la República en expansión conocidos como Guerras Celtíberas, cuyo origen estaba en la exigencia de ciertos cambios administrativos de Roma hacia los íberos, así como la imposición del stipendium, un impuesto de guerra aplicado a los vencidos como tributo.

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Los pueblos celtíberos eran un conjunto de clanes diseminados por la península ibérica cuya estructura era de clase guerrera sin un reino fijo, en cambio, formaban confederaciones de tribus lideradas por caudillos cuya base económica era la ganadería y que habían trabajado en calidad de mercenarios durante la Segunda Guerra Púnica para romanos y cartagineses; aunque en mayor medida apoyando a estos últimos.

Aunque se ha debatido y entendido el término «celtíbero» como una mezcla de pueblos celtas e íberos, la realidad es que el término “celtíbero” hace referencia específicamente a los pueblos celtas radicados en la península ibérica, norte, oeste y centro de la misma, cuya base y cultura era de origen celta europeo. Los íberos, en sí, eran pueblos no celtas, descendientes de fenicios, griegos y cartagineses que habían poblado la zona sur y el este de la península ibérica desde tiempos remotos con la fundación de pequeñas colonias hasta la formación de ciudades.

La Segunda Guerra Macedónica 200 – 197 a.C. había finalizado en las regiones de Grecia y Roma ejercía el control sobre ciertas ciudades helénicas en los Balcanes, no obstante, en Iberia en 197 a.C. una serie de revueltas daban inicio contra la República.

Los celtiberos de las Hispania Citerior y Ulterior atacaron enclaves romanos desatando rebeliones contra las autoridades administrativas romanas ya establecidas tras la derrota y expulsión de los cartagineses.

Roma destacaría toda una serie de pretores con sus legiones para poner orden en los nuevos territorios desatando batallas como la de «Iliturgi» en 197 a.C. y la Batalla de Turda en 196 a.C. donde los ejércitos romanos vencieron a los clanes íberos. Pese a ello, las revueltas prosiguieron.

La República Romana decide pacificar la zona y por lo tanto envía hacia el año 195 a.C. a Marco Porcio Catón, también conocido como «Catón El Viejo», político y militar romano, al mando de un contingente de dos legiones romanas, entre 8,000 soldados de infantería y 800 miembros de caballería, junto a aliados y mercenarios, para acabar con las rebeliones.

En 195 a.C. Catón y sus legiones desembarcarían en la ciudad de Rhode y aplacarían a los rebeldes. Posteriormente Catón y sus legiones atacarían a los celtíberos en la ciudad de Ampurias librando una difícil batalla siendo superados los romanos en número, empero al final, derrotaron a sus adversarios, permitiendo el control de Roma sobre los territorios ibéricos de Hispania Citerior.

Catón y su ejército viajarían hacia la Hispania Ulterior en la región de Turdetania (sur de España). Catón convenció a los celtíberos rebeldes a deponer las armas; pero estos se sublevaron al poco tiempo, hecho que dio paso a la Batalla de Bergium en 197 a.C. donde las legiones romanas dirigidas por Catón El Viejo derrotarían a los celtíberos, consiguiendo su sometimiento, confiscando sus armas, muchos de ellos hechos esclavos, logrando la pacificación de la zona costera de Hispania.

Catón además propiciaría la explotación de las tierras conquistadas con su pacificación retornando a la ciudad romana de Tarraco.

A pesar que Roma contaba con dos provincias costeras al sur y el este de Hispania, el resto de la península ibérica contaba hacia el centro, norte, noroeste y al oeste con cientos de clanes celtíberos que estaban fuera de la jurisdicción de la República en sus propios territorios, siendo reacios al dominio y la presencia de los romanos.

Hacia el año 193 a.C. los pueblos celtas del centro de Hispania así como los lusos o lusitanos en el oeste (actual Portugal) atacan en coalición a las fuerzas romanas de la Hispania Ulterior dirigidas por el procónsul Marco Fulvio Nobilior.

Marco y sus legiones derrotarían a esta confederación de pueblos íberos capturando a su rey Hilernus.  Al año siguiente de 192 a.C. las fuerzas romanas conquistan la ciudad de Toletum (Toledo) expandiendo los dominios de la República. Retornó a Roma en el 191 sustituyendo su cargo ese mismo año: Lucio Emilio Paulo apodado “El Macedónico”. Lucio dominaría una revuelta de la tribu de los turdetanos en 190 a.C. Este mismo año fue derrotado en el sudeste de la península por un ejército de celtas lusitanos perdiendo 6,000 legionarios. Sin embargo, aunque las fuentes no son precisas, se repondría y derrotaría a los clanes lusos posteriormente ocasionándoles numerosas bajas y retirándose a Roma hacia el 189 a.C.

En este punto las batallas y ataques entre los pueblos celtas de la península a los romanos eran constantes, situación que permitiría el inicio de la «Primera Guerra Celtíbera» acaecida entre los años 181 y 179 a.C. siendo dirigida en mayor medida hacia las tribus de los celtíberos y lusitanos que tornaban a revueltas constantes buscando pacificar a los clanes.

Tiberio Sempronio Graco era el pretor de Hispania Citerior para el período de tiempo de la Primera Guerra Celtíbera, iniciando una campaña de expansión para pacificar el territorio y las fronteras de la provincia romana Citerior, consistiendo en guerras de ocupación de territorios, asalto de fortalezas y sometiendo ciudades celtas tras duros combates. Tales ataques provenían de clanes de: lusones, vaceos y celtíberos.

Graco conquistó territorios y permitió el desarrollo de pactos con los pueblos vencidos siendo incorporados a la República estableciendo las obligaciones para con Roma: el servicio militar como auxiliares de la Legión, el pago de tributos y la prohibición de la fortificación de ciudades. A su vez Graco creó guarniciones romanas, fundaba centros urbanos, convenios con las élites celtíberas y distribuyó parcelas de tierras cultivables entre los miembros de los clanes conquistados, lo que permitió un período de paz y cierta estabilidad; no exenta de ciertas arbitrariedades en la administración romana contra los pobladores asimilados.

La «Segunda Guerra Celtíbera» acontecería entre 154 y 152 a.C. llamada: «Guerra de Los Belos».

La tribu de Los Belos, un pueblo celtíbero, decidió ampliar las fortificaciones de las murallas de su fortaleza llamada Sekaida (Segeda), cerca de la actual Zaragoza. Roma vio con preocupación este hecho que violaba los acuerdos de la prohibición de fortificación de las ciudades establecidos desde las conquistas de Tiberio Graco en 179 a.C.

El Senado de la República decide enviar al cónsul Quinto Fulvio Nobilior, hijo de Marco Fulvio Nobilior, con una legión de 30,000 hombres para evitar la construcción de la muralla.

Con la llegada de la legión romana los Belos toman refugio en la fortaleza de Numancia (cerca de la actual ciudad de Soria), uniéndose a otras tribus y eligiendo como líder a un guerrero celtíbero llamado: Caro.

Caro, con 20 000 soldados y 5000 jinetes celtas, se enfrentaría a la legión de Quinto Nobilior venciendo a los romanos el 23 de agosto de 153 a.C. con una pérdida de 6000 legionarios de Roma. Sin embargo, el mismo Caro moriría en combate frente a la caballería romana.

Al poco tiempo Nobilior recibiría refuerzos de la caballería númida (reino de Numidia aliado de Roma) y algunos elefantes enviados de África. Los elefantes infundieron el miedo entre los celtiberos obligándolos a refugiarse en Numancia. Las legiones de Nobilior atacaron los muros de la ciudad, pero los elefantes se desbocaron y crearon confusión a las filas romanas, situación que permitió una salida de los celtíberos que derrotaría a los romanos. Estos se refugiaron en sus fortalezas siendo atacados por los clanes celtas.

La situación estaba fuera de control. Roma, temiendo una revuelta general en todo Hispania decide enviar refuerzos a la región y a Marco Claudio Marcelo con 8,000 legionarios y 500 jinetes en sustitución de Nobilior hacia el año 152 a.C.

Claudio Marcelo, en un principio iniciaría negociaciones con los celtíberos, otorgando el perdón a ciertas ciudades con ofertas de paz. Una embajada de los celtas fue enviada a Roma para establecer acuerdos de paz y Marcelo recomendó al Senado la firma de esos tratados con los clanes celtas. La República, exigiendo la rendición absoluta de los pueblos celtíberos sin condiciones, se opuso y mandó al general Lucio Licinio Lúculo al mando de otra legión a Hispania para someter a los celtas.

Mientras tanto, Claudio Marcelo conseguiría acuerdos con los celtíberos entre batallas y tratados con tribus sublevadas y otra dispuestas a someterse a Roma respectivamente, estableciendo «la paz con Numancia» y entregando a su sucesor, Licinio Lúculo, una provincia pacificada con lo que terminaba momentáneamente el segundo conflicto con los celtíberos.

Lucio Licinio Lúculo, a diferencia de Marcelo, no resultó benevolente con sus legiones romanas hacia los celtas. Hacia el 151 a.C. atacó a los celtas vaceos sin autorización del Senado, causando matanzas y esclavizando a muchos celtíberos. Y hacia el 150 a.C. atacó a los lusitanos en conjunto con el pretor de la Hispania Ulterior: Servio Sulpicio Galba cometiendo actos de crueldad entre la población.

La negativa del senado ante los acuerdos exigidos por los celtíberos ante los acuerdos alcanzados con Claudio Marcelo y los atropellos de los dirigentes romanos incentivaron a nuevas revueltas entre los celtas en las Guerras Lusitanas.

Las «Guerras Lusitanas» fueron una serie de conflictos acontecidos entre el 155 y 139 a.C. entre los pueblos celtas del oeste de la península ibérica, lusos o lusitanos, contra las legiones de la República al mismo tiempo que se desarrollaba la Segunda Guerra Celtíbera en el este y sur de Iberia.

Desde el mandato en la Hispania Ulterior con Lucio Emilio Paulo “El Macedónico” los siguientes pretores se enfrentarían con la tribu de los lusitanos desde el año 190 a.C. La zona fuera de Ulterior quedaría pacificada en 179 a.C.

Pero en el año 155 a.C. surge en el oeste de Iberia la figura de caudillo “Púnico” (probablemente su sobrenombre) quien lidera a los lusitanos con una serie de revueltas saqueando las ciudades del sur de la península; situación que puso en alerta a Roma.

El pretor Lucio Mumio de Ulterior se enfrentó a Púnico con sus legiones. En un principio los romanos fueron derrotados; pero obtuvieron victorias logrando la muerte de Púnico en una batalla en 153 a.C. siendo sustituido por el caudillo Césaro (nombre dado por su carrera mercenaria al sur de la península ibérica con los romanos anteriormente).

Dirigiendo un ejército Césaro se enfrentó a Lucio Mumio en el año 153 a.C. derrotando a las fuerzas romanas. Lucio se vio obligado a huir, reorganizar sus fuerzas y luego sobreponerse para derrotar ese mismo año al ejército lusitano. Las fuentes no hablan del destino de Césaro posteriormente por lo que es probable que haya muerto ante los romanos. A estas alturas los contingentes celtíberos eran ejércitos equipados y preparados con infantería y caballería que preocupaban a Roma.

A Césaro le sustituyó Cauceno quien se dedicó a actividades de saqueo en el sur de la península ibérica e invadiendo África con un contingente que cruzó el estrecho de Gibraltar para atacar las provincias romanas en Marruecos. En 153 a.C. las fuerzas de Lucio Mumio les derrotarían por lo que se piensa que Cauceno fallecería en esta batalla; las crónicas no dan más detalles de él. La situación era agravante. Los lusitanos proseguirían con los combates atacando las provincias romanas.

En el 151 a.C. fue encomendado como pretor de Hispania Ulterior: Servio Sulpicio Galba. Este iniciaría una campaña contra los lusos atacándolos en regiones de las actuales Andalucía y Extremadura. Pese a ello los lusitanos resistirían causando cuantiosas bajas a Galba.

Lucio Licinio Lúculo quien había sustituido a Marco Claudio Marcelo en la Hispania Citerior habiendo atacado a los celtíberos vaceos sin aval del Senado, se uniría a Servio Sulpicio Galba ese mismo año y atacarían a los lusitanos; pero estos les harían retroceder causándoles numerosas bajas.

En 150 a.C. Servio Galba se reuniría con los embajadores de los lusitanos buscando acuerdos. Galva prometió tierras cultivables para los lusos con la protección de Roma si se sometían prestando lealtad a la República. Según las crónicas, 30,000 lusitanos se reunieron con Servio solicitando el cumplimiento de la promesa. Galva repartió a los lusos en tres campamentos solicitando que depusieran las armas en señal de amistad; los celtíberos lusos así lo hicieron y posteriormente Galva ordenó a su ejército cercarlos y atacarlos a traición. Muchos fueron asesinados, los sobrevivientes entre hombres, mujeres y niños vendidos como esclavos en las Galias y solo unos cuantos habrían escapado, entre estos: Viriato, quien posteriormente se convertiría en líder de la resistencia contra los romanos en Hispania.  

Según las fuentes la crueldad y deslealtad de Lucio Lúculo y Servio Galva no pasaron desapercibidas en Roma, siendo acusados años después con los cargos de pactar ilegalmente, violar acuerdos y retención del botín de guerra. Sin embargo, serían absueltos por sus orígenes aristocráticos.

Viriato. La Tercera Guerra Celtíbera.

Hacia el siglo II a.C. dentro del marco de las Guerras Lusitanas, tomaría el mando de los lusitanos el líder Viriato por causa de sus éxitos militares.

En el año 147 a.C. Viriato al mando de 10,000 lusitanos realizan una incursión en la Turdetania, sur de la península ibérica.

El pretor en turno Cayo Vetilio le cercaría con un ejército romano ofreciéndole una propuesta de paz. Viriato la rechazaría temiendo una traición como la realizada años atrás por Servio Sulpicio Galba.

Las fuerzas de Viriato romperían el cerco derrotando a las legiones romanas. En la refriega el mismo pretor Vetilio fallecería. Este hecho permitió a los lusitanos de Viriato atacar destacamentos romanos y saquear ciudades del sur de la península.

En el año 146 a.C. Viriato y sus contingentes derrotarían a las fuerzas romanas de la Hispania Cisterior a cargo de Claudio Unimano y obtuvieron victorias militares contra el nuevo pretor de la Hispania Ulterior: Cayo Plaucio en una batalla en el Monte Venus, haciéndose con los estandartes de las legiones romanas, terminando por dominar gran parte de la Hispania Ulterior y Citerior con la desmoralización de las tropas romanas.

Ese mismo año 146, Roma finalizaba la Tercera Guerra Púnica contra Cartago, hecho que permitía reunir sus fuerzas contra Hispania que se había convertido en un problema desde la derrota de Aníbal y la incorporación de las antiguas regiones cartaginesas de Iberia al pueblo romano ante los sucesivos ataques de los pueblos celtíberos década tras década.

En el año 145 a.C. Quinto Fabio Máximo Emiliano, político y cónsul, fue nombrado sustituto en Hispania de Cayo Plaucio por los fracasos militares de este último. Quinto Fabio llevaría a Iberia nuevas tropas y enfrentándose a los contingentes de Viriato les haría retroceder. El caudillo lusitano se replegó a la ciudad de Bailén (actual Jaén). Ese mismo año Quinto Fabio retornaría a Roma sin haber capturado a Viriato por orden del Senado siendo sustituido por Quinto Pompeyo.

Quinto Pompeyo se enfrentaría a Viriato en el Monte Venus sin obtener resultados; ya que haría retroceder a los lusitanos sin derrotarlos en 143 a.C.

En el año 143 a.C. Viriato emprendería la guerra contra las provincias de Roma en la península a la cual se le unirían otros clanes celtíberos y obtendría victorias frente a los ejércitos de la República entre los años 143 y 142 a.C. acontecimiento que hacía la guerra de un carácter peninsular y el inicio de la «Tercera Guerra Celtíbera» entre los años 143 y 133 a.C. llamada también «Guerra Numantina» ya que Roma mantuvo al mismo tiempo conflictos bélicos contra las tribus celtíberas en las inmediaciones del Ebro en el territorio de Numancia.

Viriato resultaría comandar emboscadas contra los contingentes romanos, además de formar a su ejército para hacer frente a las legiones en el campo de batalla en guerras campales abiertas.

Roma temió perder las tierras ibéricas ante el avance de Viriato por lo que nombran como nuevo cónsul a Quinto Fabio Máximo Serviliano con el mando de dos legiones entre 18,000 soldados, 1,600 jinetes, mercenarios númidas y una docena de elefantes de guerra de Numidia con el objetivo de detener a las fuerzas de Viriato.

En un primer encuentro entre las fuerzas celtas de Viriato y Serviliano en el año 142 a.C., el general romano les hizo huir en la batalla, pero Viriato reorganizó sus fuerzas en medio de la refriega y logró hacer retroceder al contingente romano. Serviliano se refugió en su campamento para después huir a la ciudad de Itucci ante el avance de Viriato.

En el año 141 a.C. Serviliano emprendería la ofensiva atacando ciudades afines a Viriato.

Con la superioridad numérica de las legiones romanas, Serviliano logró expulsar a Viriato de la provincia Ulterior y posteriormente llevó la guerra a zona enemiga invadiendo Lusitania y atacando una de sus ciudades: Erisana. Los romanos no habían formado un asedio completo de esta ciudad cuando apareció Viriato con sus tropas en horas nocturnas.

El celtíbero lusitano logró introducirse de noche en la fortaleza con sus fuerzas sin que los centinelas del ejército romano se percataran. Al amanecer, los defensores de Erisana y las tropas lusitanas recién llegadas hicieron un ataque en conjunto sorprendiendo a los sitiadores romanos. Los hombres de Viriato atacaron a los soldados que estaban excavando el foso de circundante y luego cargaron contra el resto de los soldados de la legión de Serviliano poniéndolos en fuga; ya que no estaban en formación de combate. En su retirada los legionarios quedaron situados y encerrados en un valle rodeado de acantilados y acorralados por los celtíberos. Serviliano junto a sus tropas, en la situación desventajosa, no tuvo más remedio que rendirse.

Viriato impuso a Serviliano condiciones de rendición moderadas, entre estas, la independencia del territorio de Lusitania y ser considerado con el título de “amigo y aliado” del pueblo de Roma.

Esta decisión del jefe lusitano ha sorprendido a muchos historiadores. Se piensa que Viriato, poseía visión de estado al haber aprendido que Roma podía representar un factor de estabilidad para la región; por otro lado, Viriato sabía la situación de Hispania, especialmente en el sur y el este de Iberia, donde las ciudades y pueblos estaban destruidos y desolados producto de la guerra y con una población diezmada con romanos, íberos y celtas viviendo en condiciones deplorables. Otros historiadores señalan que Viriato deseaba el título y la condición de “rey”, además que los pueblos lusos y otros celtas estaban agotados por la guerra contra Roma lo que les obligaba a buscar una reconciliación con la República en busca de estabilidad.

El acuerdo de paz de firmó en 140 a.C. reconociendo la independencia de Lusitania y otorgando el título a Viriato de «amicus populi romani» por parte de la República; ya que veía la guerra en Hispania interminable y sin sentido; ya que no rendía frutos para Roma.

Sin embargo, Quinto Servilio Cepión, hermano de Serviliano y como su sucesor en la Ulterior, no estuvo de acuerdo con el tratado denunciándolo al Senado, pues veía el acuerdo ignominioso para Roma. Al parecer, el Senado estuvo conformado por un bando que aceptaba la guerra.

Roma apoyaría a Cepión y este propiciaría de nuevo la guerra en Hispania violando el acuerdo fijado. Cepión con sus legiones arrasó ciudades en busca de Viriato quien tuvo que huir. Posteriormente Viriato pediría la paz.

Cepión enfrentó a su vez una insubordinación entre sus tropas, por lo que tuvo dificultades para atacar a las fuerzas celtas, debido a que era arrogante, grosero, traicionero y humillaba a sus soldados. Según el político e historiador romano: Dión Casio, miembros de la caballería romana habrían dado fuego a la tienda de Cepión cuando dormitaba para asesinarle en represalia por su conducta despótica. Cepión habría salvado su vida al salir corriendo entre las llamas al último minuto.

Viriato envió a Cepión una embajada de paz con tres representantes considerados como sus amigos leales: Audas, Ditalcón y Minuro. Cepión compró a los tres embajadores para que asesinaran a Viriato ofreciéndoles riquezas y tierras.

En el año 139 a.C. los tres amigos se acercaron a Viriato una noche en su campamento y le asesinaron hiriéndolo en el cuello para luego huir dejando el cuerpo inerte del líder luso, el cual fue descubierto al día siguiente. Los lusitanos hicieron a su caudillo un gran funeral, quemándolo en una inmensa pira, sacrificando de numerosas víctimas con un desfile de guerreros cantando himnos, los cuales, lucharon por parejas sobre su tumba, en número de doscientas, en su honor. Su muerte daría inicio al declive de la resistencia de los celtíberos lusitanos.

Según la historia oficial, Audas, Ditalcón y Minuro retornaron a reclamar su recompensa con Cepión, pero este se negó aduciendo: “Roma no paga a traidores”. Posteriormente en Roma se hablaría de un sentimiento de vergüenza por la muerte del líder lusitano y se diría de Cepión: “No ganó su victoria, sino que la compró” en alusión a su traición.

Lo más probable es que Roma o algunos miembros del Senado hayan instigado el asesinato de Viriato como último recurso para detener el caos en Hispania en que estaba la República frente a los pueblos celtas, y que el episodio de Cepión como instigador único corrompiendo a los tres amigos de Viriato, haya sido inventado posteriormente por los cronistas romanos, aprovechándose de la mala reputación de Cepión, para quitar la culpabilidad del deshonor a la república de Roma al conspirar un asesinato a Viriato al no poder derrotar a los tropas celtas en el campo de batalla.

Táutalo, sucesor de Viriato, dirigiría la resistencia de los celtíberos y atacaría con sus fuerzas la ciudad de Saguntum (Sagunto) en el 139 a.C. El ataque fue rechazado por las tropas romanas y posteriormente Táutalo firmaría la paz con Cepión y muchos celtíberos recibirían tierras cultivables con el mandato del cónsul Citerior: Marco Popilio Lenas.

Es posible además que en este punto de la guerra en la península ibérica, muchos clanes celtas ya estuvieran cansados del conflicto, prefiriendo firmar la paz con Roma a cambio de tierras para sobrevivir.

Según los historiadores el origen de esta guerra no solo fue la represión de Roma sobre los pobladores locales, sino la pobreza extrema del suelo que impulsaba a muchos celtíberos al pillaje y la destrucción; pero el paso del tiempo, el desgaste de la guerra, los cambios generacionales, el peso militar constante de las legiones romanas y las ventajas de la vida de Roma (leyes, comercio, tierras, estilo de vida, etc.), llevarían a muchos clanes a someterse a la República.

Numancia, el último reducto. «Guerras Numantinas».

Las victorias de Viriato sobre Roma por parte de los lusitanos dio paso a las revueltas de los clanes celtíberos en el este y centro de la península consideradas de gravedad por Roma, por lo que para el año 143 a.C. el senado decide intervenir enviando a Quinto Cecilio Metelo con el mando de 40,000 legionarios a Hispania Citerior a pacificar la región, dando inicio al período de las «Guerras Numantinas» cuyo margen de acción estuvo en las comarcas del Ebro y la ciudad de Numancia, núcleo y establecimiento central de los clanes celtíberos.

Quinto Metelo cercaría Numancia; pero no pudo ocuparla. El senado de Roma envió en el año 141 a.C. a Quinto Pompeyo como su sucesor con 30,000 soldados y 3,000 jinetes para mantener el orden. 

Pompeyo fue derrotado por los celtas de Numancia con gran pérdida de legionarios obligando a fijar un tratado de paz con la ciudad en 139 a.C.

El sucesor de Pompeyo fue Marco Popilio Lenas en 139 a.C. quien rechazó el acuerdo de paz. El Senado a su vez rechazaría el acuerdo también optando por seguir la guerra. Marco Lenas atacó Numancia sufriendo grandes pérdidas, además de atacar a los lusitanos sufriendo derrotas.

Para el año 137 a.C. Cayo Hostilio Mancino llega a la península con 20,000 soldados. Le acompañaba como cuestor Tiberio Sempronio Graco (quien hacia el año 134 a.C. obtendría el cargo de Tribuno de la Plebe e impulsaría una reforma agraria en Roma, situación que le ocasionaría su asesinato).

Cayo Mancino atacó Numancia asediando la ciudad sin éxito y sufrió numerosas derrotas y pérdidas de legionarios frente a los celtas y temiendo el apoyo de otras tribus celtíberas abandonó el asedio y buscó refugio en el antiguo campamento de Nobilior viéndose en la retirada acorralado por los numantinos. Los celtas estuvieron a punto de aniquilar a la legión romana y Tiberio Graco, oportunamente, ayudaría a Mancino a firmar un tratado de paz con los celtas evitando una fulminante derrota, además de entregar las armas y pertenencia romanas como botín de guerra.

Aunque el tratado reconocía el derecho de propiedad de las tierras romanas y de los celtas, el Senado en Roma posteriormente ordenaría a Cayo Mancino a comparecer en Roma para rendir explicaciones y reconociendo el tratado como una ofensa; pero, ante todo, como una humillación al no poder vencer a los celtíberos, negándose la República a ratificar el tratado con Numancia.

La república nombró cónsul de la Hispania Ulterior a Marco Emilio Lépido Porcina en sustitución de Mancino.

Marco Lépido no contaba con tropas suficientes y atacó en el año 137 a.C. a la tribu celta de los vacceos con la excusa que habían ayudado a los numantinos anteriormente. El Senado supo de esta acción y envió representantes para ordenarle desistir ante el temor de una nueva derrota de las legiones. Sin embargo, estos llegarían tarde cuando Lépido había iniciado los ataques e ignorando las órdenes.

Lépido puso sitio a la ciudad de Palantia, capital de los vacceos, sin éxito; ya que las bajas romanas fueron cuantiosas, ordenando posteriormente la retirada y abandonando a cientos de soldados heridos en el campo de batalla. Los vacceos atacaron a las legiones romanas en retirada ocasionando la derrota de Lépido; hecho que obligó al Senado a suspenderlo de su cargo.

Mancino por su lado había sido juzgado por el Senado quien rechazó el acuerdo firmado, le retiraron de su consulado y le ordenaron que retornara a Numancia para entregarse personalmente a los celtas encadenado de manos en señal de rechazo del tratado. Los habitantes de Numancia le cerrarían las puertas negándole el acceso señalando que mantenían un acuerdo firmado con Roma pero que a su vez la República no reconocía. Mancino posteriormente regresaría a Roma donde recuperaría sus derechos, no obstante, el Senado estaba preocupado por la guerra en Hispania que estaba ocasionando el desgaste de los recursos económicos y humanos de la República.

En el 134 a.C. obtendría el mando consular Escipión Emiliano quien fuera reconocido como el destructor de Cartago en el año 146 a.C. para acabar con la resistencia de Numancia.

Escipión incorporó a su ejército a soldados experimentados como Cecilio Metelo, Cayo Mario (quien lideraría a futuro a las legiones romanas contra el avance de los cimbrios y germanos durante las llamadas «Guerras Cimbrias») y Jugurta (futuro rey de Numidia, reino africano aliado de Roma, quien se revelaría contra la República), además de organizar a las tropas y mejorar la disciplina con el mando de 60,000 legionarios romanos y reclutar e incorporar a voluntarios y veteranos de la tercera guerra púnica, además de recurrir a reyes clientes de Roma en Asia y África que le apoyaron con dinero y tropas auxiliares.

Escipión Emiliano impuso férrea disciplina a las tropas bajo su mando obligando a la legión a marchar con sus propias impedimentas y equipo a la espalda, caminar largas marchas como forma de entrenamiento y montar campamentos con límite de tiempo; así como montar fosos, empalizadas y terraplenes; hechos que impresionarían a Cecilio Metelo y principalmente a Cayo Mario.

Una vez que las tropas romanas estuvieron adiestradas, Escipión ordenó atacar en primer lugar a los vacceos derrotándolos y hacia el otoño del año 134 a.C. inició con el asedio a Numancia que contaba con aproximadamente 8,000 guerreros defensores enfrentados a los 60,000 efectivos romanos de Escipión; además de contar con la ventaja de estar en posiciones fortificadas en los muros de la ciudad.

La estrategia de Escipión consistió en establecer un asedio y no atacar las murallas debido a los fallidos intentos previos de las legiones. Estableció dos campamentos principales al norte y al sur de la ciudad y luego dispuso un cerco alrededor de la ciudad integrado por fosos, empalizadas y torres de vigilancia en un perímetro de rodeo de más de 9 kilómetros. Las torres del inmenso cerco romano estaban distanciadas cada 30 metros. Al mismo tiempo se levantaron, alrededor del foso perimetral que rodeaba a Numancia, siete fuertes menores comunicados y enlazados por un muro perimetral de cuatro metros de altura y, en conjunto, resguardados por empalizadas. El complejo de asedio contaba con catapultas, balistas y escorpiones.

El objetivo de Escipión era reducir al hambre y desesperación a la ciudad sin derribar las murallas y a su vez impedir la salida y ataques de los celtas numantinos y que no recibieran refuerzos del exterior.

Escipión cerró las líneas de abastecimiento a Numancia disponiendo tropas de vigilancia en la comarca para evitar que la ciudad recibiera auxilio con comida, agua, pertrechos y efectivos celtas. Los clanes vecinos no ayudaron a Numancia debido al temor a la legión romana y para tal período de tiempo muchas tribus eran ya aliadas, sumisas o habían sido conquistadas por la República de Roma.

Tras varios meses de hambre y sin ayuda del exterior los numantinos enviaron una embajada de 6 hombres ante Escipión para negociar condiciones de paz. Escipión se negó y solo aceptaría la rendición total de la ciudad, la entrega de todas las armas y la entrega absoluta de todas los habitantes.

Al retornar la embajada a la ciudad, los líderes numantinos, al saber los términos de rendición, mataron a los embajadores; posiblemente para evitar que revelaran las exigencias de Escipión a la población y que estos aceptaran la rendición.

Con el tiempo el hambre y la peste hizo mella en Numancia. Sin comida los habitantes hirvieron cuero y ropas para masticarlas y luego hubo situaciones de canibalismo: los pobladores comían los músculos y vísceras de los cuerpos de los fallecidos por inanición y posteriormente mataban a los más débiles y enfermos para aprovechar su carne.

Ante la situación extrema, los pocos supervivientes desesperados decidieron rendirse en el verano del año 133 a.C.

Escipión les ordenó depositar todas sus armas y entregarse. En un lapso previo a la rendición y salir de la ciudad algunos de los sobrevivientes se mataron unos a otros, los demás se entregaron a Escipión fuera de la ciudad, quienes fueron llevados a Roma y convertidos en esclavos.

Escipión a su vez ordenaría la destrucción total de Numancia, cuyos ocho mil guerreros celtas habían vencido y humillado a cónsules y pretores y derrotando legiones romanas, dando fin a una guerra interminable y desgastante para Roma en la península ibérica. Escipión recompensaría a sus soldados con una cantidad de dinero, le sería añadido el apelativo de «Numantino» por su conquista y la República respiraba tranquila en Hispania.

Otras plazas fuertes y clanes celtas resistieron de igual forma el avance de Roma en Hispania; pero de igual forma fueron conquistados por las legiones romanas y sus actividades han quedado sin testimonios escritos. Hispania no quedaría pacificada tras la destrucción de Numancia en su totalidad.

Galicia. Astures y Cántabros.

Previo a la conquista de Numancia, hacia el año 138 a.C. Décimo Junio Bruto había sido nombrado cónsul de Hispania Ulterior reemplazando a Quinto Servilio Cepión, realizando campañas de pacificación contra los clanes celtíberos y expediciones con sus legiones al norte de la provincia.

Junio Bruto encontraría gran resistencia de los clanes, luchando contra tribus aguerridas, que según las crónicas, hombres y mujeres celtas luchaban fieramente por igual, al extremo de suicidarse al ser derrotados por las legiones romanas para evitar ser convertidos en esclavos.

Bruto conquistaría territorios tomando rehenes y saqueando poblados para recompensar a sus soldados. Algunas ciudades se rendían ante Bruto, pero volvían a la insurrección cuando las legiones no estaban cerca; por lo que Décimo debía volver a someterlas, en algunas ocasiones enfrentándose y derrotando a enemigos en superioridad numérica, obligándoles a ceder sus armas y territorios. Por otra parte, Bruto buscaba dominar las minas de oro de Hispania.

Las principales campañas de Bruto estarían enfocadas contra los clanes lusitanos tras el liderazgo de Viriato y contra las tribus de los aguerridos celtas galaicos a quienes derrotaría incorporando el territorio de Galicia a la República hacia el año 136 a.C. por lo que recibiría el título de «Galaico».

La influencia romana abarcaría en gran medida a la península hispana. Roma envió posteriormente a senadores, comisionados y refuerzos a las legiones para inspeccionar las diversas regiones de Hispania recién sometidas tras la rendición de los lusitanos y la caída de Numancia, en forma de comisiones que se dedicaron a organizar los territorios subyugados. Pese a ello, En cualquier caso, en Hispania seguían produciéndose rebeliones, sobre todo de lusitanos y celtíberos siendo al final reprimidas.

Una de estas operaciones la lideró como cónsul: Quinto Metelo, conquistando las islas Baleares de Mallorca y Menorca en una campaña realizada en el 121 a.C. contra sus habitantes dedicados a la piratería.

Poco a poco, el frente romano se había ido desplazando hacia el norte, siempre con la misión o excusa de proteger a los pueblos ya conquistados y romanizados de los ataques de sus vecinos belicosos quienes como nuevos súbditos de Roma sufrían el acoso de las tribus del norte, por lo que las legiones tenían que internarse en nuevos territorios para tomar represalias en legítima defensa.

En los futuros años la República se expandiría para pacificar los territorios de Lusitania y Celtiberia (centro de la península), así como las regiones de Navarra y el Pirineo Aragonés, de tal forma que la frontera de la Hispania conquistada se movía hacia el mar Cantábrico.

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Los clanes celtas de los Ástures y Cántabros hacia el siglo I a.C. eran las únicas tribus que no habían sido conquistadas por los romanos en el norte de la península manteniendo su independencia y cuya etapa de conquista por Roma iniciaría hacia finales del siglo I en los conflictos conocidas como «Guerras Cántabras» (entre el año 29 a.C. y el 19 a.C.)  con su derrota y la conquista definitiva de toda Hispania y la formación de las nuevas provincias de: Baética, Lusitania y Tarraconensis en sustitución de la Hispania Ulterior y Citerior. (Hacia el siglo III d.C. se añadirían dos más bajo el auspicio del emperador Diocleciano: la provincia Cartaginensis y la Gallaecia).

La situación de la República hacia el siglo II a.C. Los Gracos. Las Guerras de los esclavos romanos.

Hacia el siglo II a.C. Roma había debilitado a las potencias vecinas sometiendo a Cartago, a los griegos y a los celtas e íberos de Hispania, situación que permitiría la hegemonía de la República sobre el mar Mediterráneo.

Potencias como el Imperio Seléucida y el reino de Egipto quedaban relegados a un segundo plano, no sin encontrarse bajo la mirada de Roma, además de reinos pequeños que ocasionalmente causaban molestias regionales como: Numidia o Armenia sin poner en riesgo la integridad de la República.

Graves problemas, en general, surgirían para la República en este período: las guerras en Hispania, las sublevaciones de los esclavos, el derecho de la ciudadanía a los pueblos itálicos (la península), la estructuración de la milicia, las reformas agrarias junto con sublevaciones, las invasiones de los pueblos germánicos y el debilitamiento gradual de las instituciones de la República que conducirían a períodos de inestabilidad y guerras civiles.

Para el siglo II a.C. la población romana había crecido en enorme medida gracias al grado de bienestar alcanzado junto a las conquistas y con ello un cuantioso número de esclavos obtenidos tras las guerras que pasarían a ser parte de una sociedad romana repartida entre: la plebe, el Senado, los políticos, el ejército, los cautivos mismos y a futuro las bandas armadas.

Estas oleadas de esclavos tendrían su apogeo en los florecientes mercados de ventas de esclavos los cuáles serían utilizados en grandes cantidades para las diversas tareas agrícolas, desde las más simples a las más extremas, de grandes terratenientes en la campiña, superando ampliamente el número de sus amos y autoridades romanas locales, hecho que llevaría a diversas sublevaciones de los mismos contra el poder de la institución de Roma.

En las ciudades, los esclavos suministraban la mano de obra «barata» en las alfarerías y talleres de los artesanos, en las oficinas, en las fábricas, en los puertos, casas de familias acaudaladas, etc., llevando a la desocupación y desempleo a los ciudadanos que antes estaban empleados en ellos. Muchos de estos esclavos terminarían además como gladiadores y como parte de espectáculos en los juegos y festejos romanos. No obstante, la gran mayoría de esclavos estarían concentrados en el campiña romana realizando diversas tareas agrícolas. Se estima que a finales de la República de Roma en el siglo I a.C., existía un promedio de aproximadamente 2 millones de esclavos en las provincias romanas.

Por otro lado, desde los tiempos antiguos la milicia de Roma estuvo formada por ciudadanos voluntarios dueños de propiedades, dirigidos por generales miembros de la aristocracia. Las guerras de expansión romanas y la formación de las nuevas provincias y su preservación ante las revueltas, sublevaciones y enemigos externos, así como los fracasos militares experimentados, harían que Roma optara por tener un ejército permanente conformado por soldados profesionales y dirigidos por militares experimentados.

La expansión romana había demostrado la necesidad de contar con un Ejército Profesional.

Al mismo tiempo las guerras de expansión de la República habían llevado a que los pueblos itálicos, federados de Roma, fueran parte de las milicias de las legiones romanas. Las ventajas materiales de las conquistas trajeron beneficios a los pueblos itálicos; pero éstos al haber sido parte de las conquistas carecían de representación en el Senado (gobierno), no podían elegir a los cónsules y carecían por completo del derecho de la ciudadanía romana, como ejemplo: un general romano podía mandar azotar a un poblador itálico de forma arbitraria y nadie entre los itálicos podía interponer una queja ante los tribunales por la injusticia de este castigo. Esta sensación de injusticia política irritaría a los itálicos.

A su vez, el Estado romano poseía tierras propias de enorme extensión de dos clases: tierras que eran propiedad del Estado y eran arrendadas por Roma a través de una renta fija. Las otras tierras eran las libres, inocupadas o Ager publicus. En estas últimas tomaban posesión quien quería cultivarlas.

Muchos ciudadanos pobres se apoderaron de estas últimas, como si fueran de su propiedad, pagando al Estado romano una pequeñez o nada. Sin embargo, varios de estos ciudadanos que se apoderarían de estas tierras eran grandes terratenientes; de tal forma que con el paso del tiempo gran parte de los dominios del Estado habían pasado progresivamente a ser posesión de los grandes hacendados, medianos y pequeños propietarios quienes a su vez arrendaban a otros.

Las continuas guerras del siglo III y II a.C. obligaron a la incorporación de campesinos y jornaleros a ser partes de las legiones de Roma para la defensa del territorio desde las guerras púnicas y abandonar los trabajos de las granjas. Muchas de estas granjas fueron destruidas durante los conflictos armados, especialmente durante la invasión de Aníbal a la península itálica, por lo que medianos y pequeños propietarios de las tierras se vieron en la ruina, situación que aumentaría y movilizaría a buena parte de la población a las ciudades acarreando problemas económicos de desempleo.

Con la derrota de Aníbal y Cartago y la expansión en Hispania, cereales como el trigo provenían de los territorios conquistados con un menor precio; los propietarios de las tierras en la península itálica tampoco pudieron competir con el precio del grano del exterior, por lo que terminaron en la quiebra y obligados a vender sus tierras para subsistir siendo compradas por senadores y personas acaudaladas.

Muchos antiguos granjeros y desempleados de la sociedad se apoyaban con los subsidios del estado y los saqueos de las guerras y, al disminuir estos, la plebe romana demandaría al estado el reparto de tierras del ager publicus (tierra pública de Roma) en condiciones asequibles.

La demanda fue tan fuerte que ciertos aristócratas rivales del Senado en Roma patrocinarían las reivindicaciones de los ciudadanos desfavorecidos de tierras. A este sector social pertenecían los hermanos Graco: Tiberio Sempronio Graco y su hermano menor Cayo Sempronio Graco quienes durante un decenio (134-121) promovieron leyes agrarias para dotar de tierras a la plebe.

Esta situación conduciría a la formación de dos vertientes políticas: el partido de los popularis (populares), dirigidos por jefes aristocráticos romanos, y el partido de los optimates (hombres ilustres) dirigidos por ciudadanos de primer orden o clase senatorial.

La oposición entre ambas vertientes desataría rivalidades entre ambas facciones que alcanzarían el grado de la violencia y luchas campales entre sus partidarios, generando una crisis política ya que en la sociedad romana existían diversas inclinaciones y corrientes dispares en la política. Los intereses por ejemplo de la plebe urbana estaban en contraposición de la plebe rural.

En el año 135 a.C. Tiberio Graco fue elegido como tribuno de la plebe y propuso una lex agraria (ley agraria) la cual implicaba dotar de tierras a la plebe romana que carecía de estas con el compromiso que estos nuevos propietarios debían pagar un impuesto por ellas. Al mismo tiempo, Tiberio Graco quería revitalizar una antigua ley romana, olvidada para el siglo II a.C., que un ciudadano romano no podía tener más de 500 iugera (125 hectáreas de tierra cultivable) y la expropiación obligada por el estado de las tierras que excedieran ese límite permitido.

El Senado se opuso rotundamente a las propuestas de ley de Graco; aunque estas fueron ejecutadas. Tiberio Graco pretendía ser elegido como tribuno de la plebe nuevamente tras un primer período por lo que fue asesinado a golpes por un grupo de exaltados senadores rivales y sus seguidores a finales del 133 a.C. en una batalla campal en las calles de Roma. Su cuerpo fue arrojado al Tíber, negándosele una sepultura.

Al mismo tiempo, con los conflictos en Hispania en la resistencia de Numancia y el tenso ambiente político en Roma por causa de los Gracos, en la isla de Sicilia, en el 135 a.C. acontecía un levantamiento de esclavos contra sus amos romanos. La isla se había llenado de esclavos tras la Segunda Guerra Púnica y estos no eran correctamente alimentados por sus amos por lo que, liderados por un Euno, un esclavo de origen sirio quien se había adjudicado el rango de mago y profeta, se habían revelado frente a las clases romanas, formando un contingente y asaltado y capturado la ciudad de Enna. Roma enviaría una legión para detener a los sublevados hacia el año 132 a.C. y recuperando la ciudad. Eunno sería capturado, pero moriría previo a su ejecución. Esta sería conocida en la Historia de Roma como la primera rebelión de esclavos o Primera Guerra Servil.

En Italia, tras la muerte de Tiberio Graco, le sucedió su hermano: Cayo Sempronio Graco hacia el 123 a.C. al ser elegido tribuno de la plebe. Cayo Graco prosiguió a instaurar las leyes propuestas por su hermano, logrando una reforma agraria con un reparto de tierras entre ciudadanos romanos, el equipamiento a los soldados romanos por parte del estado y una ley que establecía un precio fijo al trigo.

Al final Cayo Graco propondría la ciudadanía y el derecho al sufragio a los aliados latinos, lo que desencadenó la oposición del Senado. Cayo intentó reelegirse como tribuno para un tercer período pero perdió en las elecciones. Ante tal revés Cayo Graco trató de imponerse por medio de la violencia ocasionando disturbios en Roma por medio de sus seguidores en el año 122 a.C. llamando a la insurrección.

El Senado decretaría el: Senatus consultum ultimum («Decreto último del Senado»), también conocido como: Senatus Consultum de Republica Defendenda («Decreto del Senado en Defensa de la República») el cuál era una ley en tiempos de la República que permitía, en términos generales, la elección de uno o varios cónsules a cargo de las legiones romanas para el uso de la fuerza en defensa de la República de Roma frente a una amenaza y neutralizarla.

El Senado, por medio de esta ley, ordenó a los cónsules Quinto Fabio Máximo y Lucio Opimio contener los disturbios de Cayo Graco y restablecer el orden por medio de las legiones. Graco a su vez fue declarado enemigo de la República. Huiría con su fiel esclavo Filócrates, a quien ordenó que le matara cuando se encontraban escondidos una colina en la ribera oeste del río Tíber. A su vez los partidarios de Cayo Graco se refugiaron en el monte Aventino sin poder resistir a las fuerzas de las legiones romanas y fueron ejecutados y sus propiedades confiscadas.

Cayo Mario. Guerra con Numidia y la llegada de los pueblos germánicos. Guerra Cimbria.

En el año 120 a.C. los Cimbrios, un pueblo bárbaro que procedía de la provincia de Jutlandia, dejaba las tierras escandinavas para emigrar hacia el sur debido a la catástrofe natural de una brusca subida del nivel del mar, acaso por una serie de tormentas muy intensas, que inundó sus tierras de cultivo y granjas. Por otro lado, podría ser el caso que habrían emigrado expulsados por otros clanes escandinavos en conflicto.

Los guerreros cimbrios marchaban en busca de tierras junto sus familias, carromatos, utensilios y sus bestias alcanzando la actual Alemania y guerreando en su camino con otros pueblos germánicos dedicándose al saqueo. En su peregrinaje se unieron a la tribu de los teutones, aumentando su número y convirtiéndose en una amenaza para Roma.

Hacia el año 113 a.C. alcanzaron la región de celta de Nórica (actual Austria, Eslovenia y Baviera alemana) aliada de Roma a la cual atacaron. Los celtas no pudieron detener sus ataques por lo que pidieron ayuda a la República. El senado nombró a Cneo Papirio Carbón como cónsul para enfrentarse a los bárbaros, sin embargo, cimbrios y teutones derrotan ese mismo año a la legión dirigida por Papirio Carbón en la región de Noreya o Batalla de Noreya del 113 a.C. acontecimiento que marcaría el inicio de la «Guerra Cimbria» entre 113 a.C. – 101 a.C.

Esta situación permitía que los cimbrios invadieran Italia sin oposición; no obstante, por razones desconocidas, los cimbrios viajaron hacia el oeste refugiándose en la Galia y dando un leve respiro a la República; ya que entre los años 112 a.C. y 105 a.C. Roma tendría a lanzar una nueva guerra contra el reino de Numidia.

Micipsa, rey de Numidia, reino el norte de África situado cerca de Cartago, fallecía en 118 a.C. Micipsa había apoyado a Roma en la Tercera Guerra Púnica contra Cartago y en las Guerras Lusitanas en Hispania con efectivos militares, elefantes y pertrechos de guerra.

Micipsa era el padre de los príncipes Hiempsal y Aderbal, había tomado también a su sobrino Jugurta, hijo de su hermano Mastanabal, como hijo adoptivo; siendo los tres herederos de la corona. Con la muerte de Micipsa el reino de Numidia se dividió entre los tres hijos; pero Jugurta tomaría el control del reino, ya que las crónicas lo describen como un hombre ambicioso que utilizaba el asesinato, la traición y el soborno para conseguir sus objetivos, ordenando el asesinato de sus primos Hiempsal y Aderbal.

Hiempsal sería asesinado, pero Aderbal sobreviviría y huiría hacia Roma donde pediría asilo y ayuda para recuperar su reino. La república envió una embajada a Numidia para resolver el asunto y repartir el reino entre los hermanos; sin embargo, Jugurta sobornó a los embajadores romanos ya que al aceptar la división del reino había conseguido las tierras más ricas y prósperas de Numidia. Tras un período de paz, en el 113 a.C. Jugurta atacó a Aderbal en Cirta la capital del reino. Roma envió una nueva comitiva para resolver el problema y Jugurta sobornó nuevamente a los embajadores romanos quienes permitieron que Jugurta tomara la ciudad y ejecutara a su hermano y a los habitantes acorralados en Cirta. No obstante, muchos de los pobladores de la ciudad eran ciudadanos romanos, hecho que obligó a Roma a declarar la guerra a Numidia en el año 111 a.C.

Lucio Calpurnio Bestia fue nombrado cónsul al mando de una legión para combatir a Jugurta y su ejército. Jugurta se rendiría ante las huestes romanas, pero sobornó a Lucio Bestia para conseguir términos de rendición favorables.

Esta situación hizo que la República abriera un proceso de investigación. Jugurta fue requerido por Roma para declarar sus intenciones y a su llegada sobornó a dos tribunos de la plebe para que le protegieran y ordenar el asesinato de su sobrino de nombre Masiva quien vivía en Roma.

Roma le expulsaría y, refugiado en Numidia, Jugurta en el año 110 a.C. atacaría a una legión romana al mando de Aulo Postimio Albino derrotándola en el campo de batalla. Ante el hecho exigió ser reconocido como rey de Numidia ante Roma; pero el Senado se negó, desatando la impaciencia y el malestar de la República.

El conflicto de Roma con Jugurta había demostrado los problemas de la República Romana en tal período de tiempo; ya que Jugurta había logrado mantenerse en el poder en gran medida mediante el soborno de los políticos y militares romanos, reflejando la ausencia de ética en la institución romana del momento.

Esta situación se vería reflejada durante el siglo II a.C., en diversos personajes civiles, políticos y militares quienes al tener aspiraciones personales, aumentaron sus poderes individuales, consiguieron objetivos políticos u obtuvieron riquezas a expensas de la legalidad romana, olvidando preservar el cumplimiento del deber y mantener la ley y el orden de la República; hecho que conduciría inevitablemente a un debilitamiento de las instituciones por causa de la corrupción y que sería la causa esencial, a la larga, de la destrucción de la República de Roma.

La Batalla de Aurasio. La Segunda Guerra Servil y el Refuerzo del Ejército Romano.

Quinto Cecilio Metelo fue nombrado cónsul para detener a Yugurta en el año 109 a.C.

Las noticias no eran alentadoras pues Roma estaba entre dos frentes: una guerra contra un reino africano y contra el avance de los bárbaros. Ese mismo año 109 a.C. los cimbrios volvían a atacar ya que habían exigido a Roma tierras donde establecerse y el Senado se las había negado. Sus incursiones les habían conducido a la Galia Narbonense derrotando a una legión romana dirigida por el cónsul Marco Junio Silano y a otra en Burdeos dirigida por el cónsul Lucio Casio Longino Rávila.

Quinto Metelo, en África, reorganizó las tropas romanas imponiendo estricta disciplina y adiestramiento y con el mando de una legión derrotaría a Yugurta en la Batalla de Mutul en el año 108 a.C. A Metelo le acompañaban los militares: Cayo Mario y Publio Rutilio Rufo.

En la batalla de Mutul los romanos habían sido atacados desprevenidos por las tropas de Yugurta obligándolos a formar pequeños grupos y luchar por separado. Cayo Mario, en medio del desorden, organizó una partida de 2,000 soldados para atacar a los númidas y poniendo en retirada a un enorme contingente enemigo por medio de una táctica militar salvando del desastre al contingente romano.

Posteriormente Yugurta disolvió sus fuerzas para enfrentarse a los romanos en una guerra de guerrillas lo que alargó el conflicto. A su vez la impaciencia imperó en Roma cuando Yugurta no había sido detenido y las rivalidades surgieron entre Mario y Metelo durante la campaña contra Numidia; ya que Metelo basaba sus tácticas en una guerra de desgaste atacando las líneas de suministros de Yugurta. Dicha rivalidad entre ambos cónsules provenía de varios años atrás cuando Mario y Metelo luchaban por escaños políticos y Mario había conseguido el cargo de Tribuno de la Plebe. Pese a las rivalidades Quinto Metelo había tomado a Mario en la milicia debido a su experiencia militar.

Mario se congració con los legionarios y los comerciantes romanos en las colonias de África sugiriéndoles que él debería estar al mando de las legiones contra Yugurta y no Metelo para acabar con la guerra rápidamente. Ambos grupos escribieron a Roma solicitando a Mario como cónsul.

Mario fue requerido en Roma y desde ahí actuó para hacerse de cónsul en África. El Senado se oponía a tal medida. Pese a ello, Mario fue admitido por el tribunal de la Plebe en contraposición del Senado, ya que este último, elegía a cónsules provenientes de la aristocracia, mientras que los ciudadanos se habían opuesto a tal medida debido a que habían presenciado la incompetencia de ciertos miembros de la aristocracia patricia al dirigir las legiones por causa de su inexperiencia militar, así como varias acusaciones de corrupción entre los mismos.

Mario, por el contrario, contaba con una alta experiencia en el campo de guerra por el cual era respetado en muchos sectores en Roma, especialmente entre las clases populares; además, Cayo Mario era de orígenes humildes, situación que, junto a su capacidad y experiencia, tampoco era bien vista por la aristocracia temerosa de la acumulación de poder que Mario podía alcanzar.

La ley romana establecía el nombramiento de dos cónsules (para evitar que un solo hombre acumulara el poder; pues el cargo de cónsul equivalía a una mezcla de los poderes: político y militar, salvo que, a diferencia del cargo de dictador, el cónsul debía consultar al Senado) siendo uno de origen aristocrático (patricio) y otro de origen plebeyo; salvo que, hacia mediados y finales de la República de Roma, tal medida no se respetaba. Muchos cónsules patricios no tenían experiencia en la guerra.

Mario sustituyó a Quinto Metelo como cónsul de origen plebeyo en la guerra contra Yugurta en el 107 a.C. Según los historiadores, las tácticas de Mario no se diferenciaron mucho a las de Metelo. Mario atacó las plazas fuertes del reino de Numidia y perseguió a Yugurta continuamente; aunque sin éxito, alcanzando el reino africano de Mauritania, dominado por el rey Bocco, suegro de Yugurta, donde este último se había refugiado.

Lucio Cornelio Sila, cuestor militar del ejército de Mario, actuó como diplomático ante el rey Bocco, alcanzando un acuerdo entre ambos para entregar a su yerno Yugurta a las legiones de Mario.

Yugurta sería apresado en 105 a.C. finalizando la guerra con Numidia; lo que permitía a Roma concentrar sus esfuerzos hacia el norte contra los bárbaros a quienes temía debido a sus victorias sobre las legiones.

Ese mismo año, el 6 de octubre de 105 a.C. aconteció la Batalla de Aurasio, como un enfrentamiento militar librado entre las legiones lideradas por el cónsul Cneo Manlio Máximo y el procónsul (segundo al mando) Quinto Servilio Cepión en un total aproximado de 150,000 legionarios (17 legiones) contra las tribus germánicas dirigidas por el rey Boiorix y el rey Teutobod respectivamente, con un número de 50, 000 efectivos en combinación de fuerzas.

El procónsul Quinto Cepión era un patricio y tenía reticencias a recibir órdenes del cónsul Cneo Manlio Máximo porque este último era de origen plebeyo pero superior en rango; por lo que dividieron sus ejércitos y acamparon cercanos, pero por separado, a orillas del río Rhodanus (Ródano).

Un legado de la caballería de Máximo, Marco Aurelio Escauro, se apartaría con 5,000 jinetes para explorar la zona, siendo atacados en una emboscada por los cimbrios y teutones. Escauro fue ejecutado por el rey Boiorix. Cuando Máximo supo el asesinato del legado sugirió a Cepión unir fuerzas, pero este se negó.

Cimbrios y Teutones enviaron embajadores a cada campamento. Máximo intentó negociar con los bárbaros; pero Cepión los rechazó. Soldados al mando de Cepión le sugirieron que negociara con su superior Máximo, pero Cepión se negó nuevamente.

Cepión decidió comandar un ataque contra los bárbaros, pero los germanos lo derrotaron aplastantemente y los romanos sobrevivientes huyeron al campamento de Cneo Máximo. Posteriormente los bárbaros atacaron el segundo campamento romano y derrotaron a las legiones restantes. Según las fuentes romanas las fuerzas de Máximo fueron acorraladas al ser atacados de frente quedando el río a espaldas de las legiones, lo que impidió la retirada y que muchos soldados al intentar huir se ahogaran.

Según algunos historiadores, la Batalla de Aurasio fue la mayor derrota militar en la historia de Romana, debido al enorme número de bajas sobre el mayor contingente de soldados romanos reunidos en su historia para luchar contra los bárbaros germanos, siendo su principal causa la falta de unión y entendimiento entre los dos cónsules dirigentes; con una mayor responsabilidad en Cepión y su arrogancia al no buscar un acuerdo con Manlio Máximo.

Según los historiadores romanos el número de muertos entre los soldados fue tan elevado que estuvo cercano a las 70,000 víctimas, junto a un estimado de 40,000 personas entre sirvientes, esclavos, auxiliares, mercenarios y seguidores de las legiones (comerciantes, religiosos, prostitutas, etc.) del enorme ejército romano, dejando así muy pocos sobrevivientes. Historiadores modernos opinan que la cifra de víctimas es exagerada y que pudo rondar realmente entre los 35,000 decesos, a pesar que las fuentes romanas refieren que hubo muy pocos supervivientes.

El acontecimiento llenó de pavor a la República y puso a Roma al borde del colapso con el pánico desatado en ciudades, pueblos y villas romanas; ya que nada impedía que los bárbaros cruzaran los Alpes para invadir la península itálica con la moral de las tropas bajas, un ejército romano debilitado y con escasos efectivos para hacer frente a una inavasión de los germanos. El recuerdo de Aníbal cruzando los Alpes y sus victorias volvían a la memoria de los romanos.

En cambio, inexplicablemente, los cimbrios y teutones no invadieron ltalia en un hecho sin precedentes e incomprensible para la Historia; puesto que, según algunos historiadores, de haberse realizado la incursión, los bárbaros habrían destruido Roma frenando su expansión y la historia de la República hubiera sido distinta. Otras teorías postulan que los cimbrios y teutones, a pesar de haber obtenido la victoria, sufrieron bajas considerables, lo que les impidió atacar Roma de inmediato; mientras que otras hipótesis señalan que los bárbaros, dada su abrumadora victoria, esperaban una propuesta de donación de tierras por parte de la República para establecerse en definitiva, sin luchar por ellas, agotados por su migración errante.

La ausencia de invasión de los bárbaros daría tiempo a Roma para resolver la situación. Cepión y Manlio Máximo habían sobrevivido a la Batalla de Aurasio. Cepión, tiempo después, sería culpado por el Senado del desastre. Como castigo su ciudadanía y estatus de patricio le fueron retirados, sus propiedades confiscadas, le impusieron una elevada multa y fue mandado al exilio a Esmirna. Otras fuentes divergen señalando que fue encarcelado por el Senado como castigo y que logró escapar huyendo hacia Esmirna. Manlio Máximo fue también culpado del desastre y exiliado.

Roma había aprendido que la dirigencia de la milicia debía estar bajo cónsules experimentados por lo que deciden nombrar como tal a Cayo Mario en el año 104 a.C. por sus éxitos militares en Numidia y su experiencia en Hispania para hacer frente a la amenaza de los cimbrios y teutones. Además se le otorgó el título de Imperator o comandante en jefe de todas las legiones.

Mario celebró el triunfo en Roma en 104 a.C. tras la batalla de Numidia, donde Yugurta, llevado como prisionero, sería ejecutado en un acto ceremonial. En este período de tiempo Mario impulsaría una serie de reformas a la milicia romana que tendría repercusiones en la República.

El ejército romano estaba formado por ciudadanos con propiedades o granjeros, siendo un deber militar la defensa de la República para los dueños de tierras. Los que no contaban con propiedades no podían integrar la milicia y solo podían ser parte de la legión en casos de crisis extremas (ejemplo: durante la Segunda Guerra Púnica). Mario necesitaba más tropas para defender la República al asumir el cargo de cónsul, por lo que ignorando las leyes estableció una reforma y recurrió al reclutamiento de hombres libres sin propiedades, hecho que le desencadenó el repudio de varios miembros del Senado.

Los nuevos reclutas eran en su gran mayoría ciudadanos pobres y les era entregada una paga y equipo militar junto al adiestramiento de la legión. A la larga, estos hombres serían soldados de profesión, y dependerían del cónsul (su comandante) para recibir favores o tierras como recompensas, lo que haría que fuesen leales seguidores de un general romano determinado, situación que tendría consecuencias para la República a futuro; ya que la profesionalización del ejército y la fidelidad a un general llevarían, entre otras causas, al detrimento de la República y el establecimiento del Imperio Romano.

En este punto, Cayo Mario, según su experiencia adquirida en batalla en Hispania y siguiendo el ejemplo de Escipión Emiliano en la guerra con Numancia, adiestraría a los soldados de las tropas romanas.

Entre los años 104 y 101 a.C. se desataría en Sicilia una nueva rebelión de esclavos o Segunda Guerra Servil debido a los abusos a los que eran sometidos. Estuvieron liderados por un esclavo llamado: Salvio y llegaron a formar un ejército de más de 60,000 combatientes entre infantería y caballería. Manio Aquilio sería nombrado cónsul, junto con el ya reconocido Cayo Mario, en el año 101 a.C. quienes, a cargo de una legión, someterían a los sublevados ese mismo año en la isla.  

Al mismo tiempo en el año 104 los cimbrios, o un grupo de guerreros separados de estos o escindidos de los teutones, marcharon hacia el oeste, cruzaron los Pirineos y entraron en Hispania para invadirla. Se desconoce qué hicieron los cimbrios exactamente en Hispania en su invasión en el 104. Se cree que pudieron saquear Narbona y al sur de los Pirineos atacar ciudades como Ampurias, Tarraco o Ilerda. No obstante, se sabe que los cimbrios que habían aplastado a los romanos chocaron en Hispania con las tropas de los celtíberos siendo derrotados, hecho que motivó a que decidieran regresar a la Galia y unirse de nuevo a los teutones.

Pese a los diversos reveses de Roma frente a los cimbrios y teutones, el Senado y las legiones romanas estaban dispuestos a continuar la lucha por la preservación de la República.

Mario al rescate de la República. La Batalla de Aquae Sextiae y la Batalla de Vercelas.

Boiorix, líder de los cimbrios, decidió dirigirse al final a Roma realizando la esperada y temida invasión con sus huestes. Había aprendido de las tácticas romanas e incluso el idioma latín.

Su estrategia consistió en dividir sus fuerzas en tres grupos, los cuáles ingresarían a la península itálica en diferentes puntos partiendo desde los Alpes. Según las fuentes, sus fuerzas rondaban el millón de efectivos, cifra considerada «exagerada» por los historiadores. El objetivo de Boiorix era dividir las fuerzas romanas.

Teotubod, rey de los Teutones estuvo de acuerdo con el plan. Los teutones ingresarían por la región de Aquae Sextae (Aguas Sextias), Boiorix por el norte y centro de los Alpes y un tercer grupo a través del paso más oriental de los Alpes o Paso de Tergeste. El avance de los tres contingentes bárbaros acaeció hacia el 102 a.C.

Cayo Mario estuvo informado del avance de los invasores. Había aprovechado todo el tiempo necesario desde el desastre de la Batalla de Aurasio para preparar conscientemente a sus legiones en el entrenamiento militar.

Mario sabía de los movimientos de las huestes enemigas. Dividió las legiones romanas con el procónsul Quinto Lutacio Cátulo quien dirigió un contingente romano para interceptar a los cimbrios. A su vez, se incorporarían al ejército romano de Cayo Mario los soldados auxiliares o socii romanos (legionarios provenientes de ciudades italianas que no contaban con la ciudadanía romana).

Mario, por su lado, interceptó las huestes de los teutones desarrollándose la “Batalla de Aquae Sextiae” en 102 a.C. En esta batalla, en un primer término, Mario y sus legiones acamparon al pie de los Alpes, pero el acceso al agua en un río cercano llamado “Arco” estaba bloqueado por el campamento teutón. En una incursión nocturna en búsqueda de agua, varios legionarios y sus sirvientes fueron atacados por los bárbaros; pero fueron auxiliados por el resto de legionarios del campamento romano derrotando a los teutones y persiguiéndolos hasta el campamento enemigo.

El día siguiente los romanos se movilizaron hacia el este estableciendo un nuevo campamento sobre la parte alta de una llanura, donde los teutones acamparon en la parte baja rodeados por un valle de bosques y precipicios. Mario ordenó a su pretor Marco Claudio Marcelo con 3,000 legionarios a rodear a los teutones entre los bosques del valle. Los teutones atacaron a los romanos marchando cuesta arriba sobre la llanura abierta, pero no pudieron romper las filas romanas. Los romanos hicieron retroceder al grueso del ejército teutón y Marco Marcelo apareció con sus huestes desde el follaje del valle atacando la retaguardia del contingente bárbaro. Los teutones quedaron rodeados consiguiendo Mario derrotarlos.

Según Tito Livio, historiador romano, en esta batalla los germanos tuvieron cerca de 200,000 muertos y hubo 90,000 prisioneros que terminaron en Roma como esclavos. El mismo rey Teutobod, descrito como un guerrero de elevada estatura, fue apresado y llevado a Roma para ser exhibido en un desfile triunfal. Posteriormente marcharía en ayuda del pretor Cátulo.

Hacia el año 101 a.C. tendría desarrollo la Batalla de Vercelas, en la Galia Cisalpina, entre las legiones romanas contra los cimbrios invasores.

Previamente Quinto Lutacio Cátulo había interceptado a los cimbrios, escogiendo un paso de montaña llamado: Paso de Brennero, frente al río Adigio, para detenerlos. Los romanos, al notar el avance de los bárbaros se retiraron aterrados.

Los cimbrios avanzaron hasta la región romana de Venetia. Las huestes romanas dirigidas por Cayo Mario les interceptaron. Los cimbrios enviaron una embajada del rey Boiorix a la legión de Mario, exigiendo a Roma tierras donde asentarse. Mario les negaría la solicitud y les mostraría a varios jefes teutones prisioneros capturados tras la batalla de Aquae Sextiae. Los cimbrios, indignados por la suerte de sus aliados plantarían batalla a los romanos. Según las fuentes ambos ejércitos llegaron a un acuerdo del lugar donde lucharían escogiendo una llanura cerca de un poblado llamado Vercellae (Vercelas).

Tres días posteriormente ambos ejércitos se enfrentaron formando líneas frente a frente.  Los romanos habían formado en tres bandos: Cátulo al centro dirigiendo su infantería, un ala derecha dirigida por el legado de Cátulo: Lucio Cornelio Sila, el ala izquierda comandada por Cayo Mario.

Los germanos atacaron en línea cerrada en primera instancia con sus jinetes armados atacando el ala izquierda del ejército romano para intentar envolverlo; pero fue contrariada por la caballería romana haciéndoles retroceder. Luego ambas infanterías de cada ejército avanzaron colisionando entre sí. En ese preciso momento las alas del ejército romano dirigidos por Mario y Sila y su caballería y los aliados (los socii romanos) envolvieron al contingente de los cimbrios, logrando romper sus líneas y acorralarlos.

El resultado de la batalla terminó con una derrota contundente de los bárbaros donde murió la gran mayoría de sus guerreros. Según el historiador Tito Livio el campo dejó más de 150,000 muertos y 60,000 prisioneros. El rey Boiorix acabería muerto en la batalla.

La tercera fuerza bárbara al cruzar el lado oriental de los Alpes, conociendo el resultado de las dos huestes germánicas derrotadas por las legiones romanas, decidió retirarse y no invadir Roma. La República estaba a salvo.

Tras la batalla y la amenaza de los bárbaros sobre Roma neutralizada, Mario fue considerado “Salvador de la República”, hecho que ante los ojos de los ciudadanos romanos acrecentó su popularidad e influencia, situación que no fue bien vista por sus rivales políticos y miembros del Senado; especialmente porque sus reformas a la milicia y el haber conseguido el nombramiento de cónsul para dirigir las legiones y el grado de Imperator, había revelado ante la opinión pública que la experiencia en la dirigencia militar para la defensa de la República era primordial.

A pesar que Roma había prevalecido en las conquistas de otros reinos y ante el avance germánico, el panorama para la República no era alentador.

Las reformas de Mario sobre la legión romana hicieron de la misma una fuerza de combate efectiva con soldados instruidos, equipados y pagados por el estado; además de ejercer la profesión de legionario, sin embargo, abierta a cualquier ciudadano, pobre o con propiedades, que deseaba incorporarse a servir en la dura carrera del ejército romano de forma profesional e ininterrumpida.

En esta misma medida, como cónsul, Mario entregó el derecho de ciudadanía a los aliados o socii provenientes de todas las ciudades italianas que antaño carecían de ésta, debido a su participación en la milicia romana, ahora como miembros del ejército y como romanos, hecho que no sería tampoco bien visto por el Senado.

El ascenso de Mario, sus decisiones y sus reformas a las legiones tendrían consecuencias políticas que acarrearía la rivalidad de Mario con el Senado y con el mismo Lucio Cornelio Sila, acontecimientos que conducirían a una futura guerra civil.

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