Fuego y Hierro. La antesala de la Alquimia.

Una reacción química es todo proceso donde dos o más sustancias se mezclan y se transforman cambiando su estructura interna molecular, dando como resultado un producto determinado.

La naturaleza inerte y biomolecular está llena de miles de reacciones químicas. El agua, por ejemplo, se evapora convirtiéndose en gas para subir a la atmosfera cambiando su estructura líquida para luego descender a la tierra en forma de lluvia. El oxígeno que el ser humano respira pasa inmediatamente a la sangre por medio de la función pulmonar, ocurriendo en sus alvéolos un intercambio gaseoso entre el CO2 que es espirado y conseguir una homeostasis, así el oxígeno alcanza el interior de la célula donde se mezcla a compuestos permitiendo la formación de otros compuestos bioquímicos.

Muchas reacciones químicas son importantes. En el desarrollo del ser humano y la Historia la primera reacció química de importancia fue descubrir y controlar el fuego por el hombre.

El fuego proporcionó luz para iluminar, calor en un hogar, sirvió para la protección contra los animales salvajes, permitió la cocción de alimentos y la disminución de bacterias infecciosas en ellos y posteriormente se convirtió en la base para el control de otras reacciones químicas en la elaboración de: ladrillos, la creación de la cerámica, el vidrio, la destilación de perfumes y medicinas y su indispensable uso en la metalurgia.

Aunque el fuego fuera la primera reacción química natural usada de manera controlada, las antiguas culturas desconocían la etiología de su proceso de combustión y con el desarrollo de las civilizaciones antiguas con advenimiento de la rueda, el desarrollo de la agricultura, la ganadería, casas, ciudades, la creación de las primeras armas y herramientas, sobreviniendo además los primeros usos de materias primas y minerales, surgiendo las primeras tecnologías en las transformaciones de la materia que serían la base a los primeros estudios de la química.

Entre esos procedimientos se contó con la extracción de los metales de sus menas (mineral sin limpiar, tal como se extrae de la mina) y según su uso la elaboración de aleaciones como el bronce.

Culturas antiguas descubrieron que algunos metales podían obtenerse de sus menas simplemente calentando los minerales de donde provenían en una pira u horno primitivo, principalmente metales como el estaño y el plomo, y utilizando mayores temperaturas en un horno: el cobre; en un proceso conocido como: Fundición.

En un inicio los metales se utilizaban por separado tal como se encontraban. Pero con el paso del tiempo los hombres mezclarse minerales como el cobre con el estaño o el arsénico intencionadamente, consiguiendo la formación de una aleación de metal con mejor cualidad conocida como: el Bronce; permitiendo el surgimiento de la Era del Bronce (entre el año 3300 y el 1200 a. C.) y con ello la disponibilidad de herramientas y armas fabricadas con un metal más duro y resistente posibilitando el desarrollo de la agricultura, las armas de los grandes ejércitos y la aparición de las rutas comerciales para el intercambio de los minerales escasos como de productos terminados o en excedente.

Sin embargo, frente al bronce apareció un metal más duro: el Hierro. En un principio era demasiado escaso, pero a su vez demasiado valioso. En un principio las únicas fuentes de hierro eran los trozos de meteoritos, naturalmente muy escasos. Y el problema radicaba en que el hierro está unido firmemente a su mena de lo que estaba el cobre. Se requería un calor más intenso para fundir el hierro que para fundir el cobre. El fuego de leña no bastaba para ese propósito por lo que se utilizó el fuego del carbón, siendo más intenso y que sólo arde con buena ventilación.

El secreto de la fundición del hierro fue desvelado en Asia Menor (hoy Turquía) hacia el año 1500 a.C. por los Hititas, que habían levantado un poderoso imperio y fueron los primeros en utilizar el hierro en la elaboración de herramientas.

Los primeros artesanos creaban el hierro mediante una técnica que implicaba calentar una masa de mineral de hierro o mena de hierro junto al carbón vegetal al interior de un gran horno. De esta forma se reducía el mineral a una masa esponjosa llena de una escoria o impurezas metálicas y cenizas del carbón. Esa esponja de hierro era retiraba del horno mientras permanecía incandescente, dándole al mismo tiempo fuertes golpes con pesados martillos para retirar la escoria y soldar el hierro. Nacería con esta industria la Era del Hierro a partir del siglo XII a.C.

Tras los Hititas surgen los Dorios, tribu griega, quienes equipados con armas de hierro invadieron la península de Grecia desde el norte, hacia el año 1100 a. de C, vencieron luego a los pueblos micénicos que sólo disponían de armas de bronce. Otros grupos griegos penetraron en Canaán portando armas de hierro. Serían conocidos como los filisteos conquistando territorios de Israel. Los israelitas cedieron territorios hasta que bajo el mando del rey Saúl, fueron capaces de fabricar armas de hierro y hacer frente a los filisteos. Hacia el año 900 a.C. surgiría el Imperio asirio y sus huestes como el primer ejército abundantemente equipado con hierro de buena calidad.

La metalurgia antigua permitió una evolución de los pueblos un aspecto enfocado en el cambio y composición de la materia. No obstante, también hubo una creación en otros materiales como el vidrio, la cerámica y toda una serie de mezclas en diversos materiales.

Esta condición haría que ciertos hombres se dedicaran a estudiar la composición de las sustancias y la mezcla para crear nuevos elementos, hecho que haría surgir una nueva ciencia que a la posteridad sería conocida como: Alquimia.

El hombre antiguo, las sustancias del Universo y la Alquimia.

La materia es toda sustancia que perdura en el tiempo; ya que no se destruye, solo se transforma.

Las cosas inertes o vivas son una materia y para la ciencia la materia está en constante cambio o transformación.

A lo largo de la Historia los seres humanos, especialmente los hombres que han buscado respuestas a través de la ciencia, se han preguntado sobre el carácter y conformación de todo lo que rodea al hombre y principalmente sobre la conformación de dicha materia.

Hace más de dos mil años el filósofo griego Leucipo y posteriormente su discípulo: Demócrito, creyeron que el entorno del ser humano estaba conformado por numerosas partículas que daban forma a la materia las cuáles resultaban invisibles y que la unión de estas en miles de millones daban forma a un elemento visible y palpable al tacto humano.

El pensamiento de Demócrito sostenía que una materia puede cortarse en varias partes y estas a su vez en otras. Las partículas resultantes podían seguir cortándose en otras más y estas dividirse en nuevas partículas en un proceso continuo hasta alcanzar porciones diminutas e invisibles al ojo humano. No obstante, Demócrito razonaba que este proceso permitiría alcanzar una partícula diminuta que ya no podía dividirse. A esta partícula le dio el nombre de “Átomo”, término griego que significa: “no cortable”.

Empédocles, posterior a Demócrito, expresó una posición distinta a la teoría de Demócrito.

Para Empédocles todas las sustancias del universo, todo objeto material, estaban fundamentadas en cuatro clases de “esencias” o sustancias: aire, agua, tierra y fuego.

Esta teoría resultó para el hombre antiguo, y en los primeros albores del saber científico, en una explicación de las sustancias que conformaban la materia por espacio de aproximadamente mil años.

Sin embargo, para los primeros hombres de ciencia, especialmente entre los árabes, previo y durante la Edad Media europea, no resultaba muy satisfactoria.

Los científicos árabes retomaron la ciencia del estudio de la materia y la teoría de los cuatro elementos de Empédocles añadiendo al cuarteto de sustancias tres nuevos elementos: el mercurio, la sal y el azufre.

A la comprensión de los científicos musulmanes: toda sustancia contenía en menor o mayor medida uno o varios compuestos del aire, fuego, agua o tierra, y a su vez podía contener alguna parte en menor o mayor proporción del mercurio, la sal o el azufre.

Para los hombres de ciencia árabes, el mercurio formaba parte de la materia y le otorgaba el brillo o resplandor; el azufre permitía que los compuestos sufrieran proceso de combustión o calor; la sal podía permitir a los cuerpos disolverse.

La ciencia árabe en el mundo antiguo determinó que toda sustancia podía transformarse en otra por lo que, entre los primeros pasos de la protociencia, específicamente entre los albores de la física, la química y la ciencia médica o farmacopea, se buscó la transformación de la materia en otras formas más valiosas.

El método de los primeros hombres de ciencia era modificar las sustancias que conformaban la materia (agua, aire, fuego, tierra, sal, azufre y el mercurio) para convertirla en otra clase de elemento valioso.

El objetivo en la manipulación de la materia era conseguir mejores materiales de los cuáles el ser humano podía aprovechar en su beneficio, proceso que dominaría la mente de los primeros científicos del mundo antiguo.

Uno de esos ansiados objetivos en la transformación de la materia que colmaría el deseo de los hombres sería el convertir cualquier elemento determinado en oro. Deseo especialmente acontecido en la Edad Media de Europa donde reyes deseaban adquirir inmenso poder por medio de la riqueza del oro puro.

Es entonces donde surge de forma “oficial” el hombre de ciencia conocido como “alquimista”, especialmente en la Edad Media europea y el mundo árabe, como un científico que estudia las diversas formas de modificar los elementos materiales por medio de una serie de procedimientos, buscando la transformación de un elemento simple en otro.

Aparecen de tal forma hombres de ciencia en sus primeros laboratorios rudimentarios en sucias recámaras, ocultos en calabozos, iglesias, castillos y ciudades, trabajando en las formas de modificar diversos compuestos, experimentando con diversos materiales, buscando la creación de nuevas materias, realizando experimentos de todo tipo y el estudio del comportamiento de las sustancias, junto con la búsqueda de su mutación en el ansiado oro.

Dentro de este rango de hombres dedicados al saber científico antiguo en la Historia podríamos catalogar a personajes en la Edad Media como el franciscano Roger Bacon o el árabe Al Razi.

Estos y otros científicos resultaron ser los primeros hombres precursores de saberes científicos como la física, la química, la medicina y la metalurgia.

Sin embargo, al mismo tiempo que surgieron los primeros hombres de ciencia que buscaban experimentar con la materia, surgieron también otro tipo de sujetos quienes se jactaban de poseer ciertos conocimientos (que no poseían realmente) que les permitía transformar ciertos materiales como el plomo en el ansiado oro. Algunos de estos, sostenían que poseían también “poderes mágicos”, logrando cautivar a la mente de muchos individuos.

Jamás alquimista alguno logró convertir un material burdo en oro a lo largo de la historia, por lo que ciertos procesos de la modificación de la materia quedaron catalogados como “imposibles” para la época, razón por lo cual, según los historiadores, ciertos alquimistas o “aficionados” de la misma dotaron a los intentos de la transformación de los materiales en el saber alquímico de una interpretación distinta enfocada hacia una especie de filosofía de carácter místico, esotérico o espiritual, lejos del razonamiento experimental.

Esta condición haría que la Alquimia, como protociencia, fuese catalogada durante la época contemporánea como una pseudociencia medieval rayando lo fantástico, una forma de saber filosófico cargado de misticismo y, en algunos casos, en un aspecto más oscuro, de una “ciencia mágica” o saber prohibido en el orden de la hechicería.

Las modificaciones históricas producto de visiones sesgadas siempre han estado presentes; ya que así como los vikingos a quienes erróneamente se les atribuyó el hecho de usar cascos con cuernos, a la Alquimia y los alquimistas se les haya atribuido el estereotipo en la cultura popular de: “magos” (hombres con trajes y sombreros cónicos adornados con símbolos de astrológicos) encerrados en cuartos oscuros entre marmitas o chimeneas, rodeados de telescopios y pociones mágicas, junto a libros antiguos, escribiendo “jeroglíficos alquímicos” en pergaminos con fórmulas capaces de transformar el plomo en oro, controlando dragones voladores e invocando la ayuda de entidades espirituales malignas; en una condición, por supuesto, cercana a la ciencia ficción fantástica y muy alejada de la realidad histórica.

En la práctica, los alquimistas antiguos eran hombres que trabajaban en talleres con aspecto muy parecido al de herrerías y a su vez vestidos como herreros, si bien leyendo pergaminos con anotaciones personales, realizando al mismo tiempo experimentos con implementos diversos y manipulando herramientas de fundición de toda clase, moldeando metales, así como laborar en recámaras con aspecto de establo bordeados de anaqueles atestados de frascos con hierbas, ungüentos, minerales y bebidas utilizados como farmacopea para aliviar síntomas de enfermedades, rodeados de mesas con morteros, fuelles, cubetas, matraces, retortas, toneles y alambiques para destilar líquidos, etc.

La alquimia resultó ser, a pesar de las limitaciones de la época, un esfuerzo científico en proceso de consolidación para la industria química, farmacéutica y metalúrgica actual, así como el aporte a otras ramas científicas como: la medicina, la física o la botánica.

Orígenes de la Alquimia y sus objetivos.

La alquimia es una antigua práctica de protociencia que combina los primeros experimentos antiguos en una mezcla de elementos en el ámbito de la metalurgia, la química, física y la medicina.

Aunque tuvo apogeo durante la Edad Media de Europa y los siglos XV, XVI y XVII en el Mundo Occidental, la alquimia tiene sus orígenes en las ciencias del antiguo Egipto, Grecia antigua, China, la India, Mesopotamia, el Imperio Romano y el mundo islámico con una serie de maestros y científicos con un período de desarrollo de más de 2000 años de historia.

Es difícil precisar el origen exacto de la Alquimia como protociencia; ya que el estudio y experimentación del comportamiento de la materia ha estado presente de variadas formas en diversas culturas y períodos de tiempo a lo largo de la Historia. Deducible es que cada región del mundo y cada cultura aportaron sus avances alquímicos.

El objetivo principal de la alquimia era buscar la modificación de la materia en productos más valiosos para el ser humano, siendo la meta principal la transformación de los elementos en «oro puro».

La realidad es que la Alquimia nunca tuvo el deseo de la ampliación del conocimiento de un modo racionalista como la ciencia actual, y aunque no se descarta el deseo de un saber científico entre algunos de los primeros hombres de ciencia como: Maimónides, Roger Bacon, Al Razi o Avicena, lo cierto es que los descubrimientos experimentales que resultaron de la Alquimia se produjeron de forma colateral o de manera fortuita.

Muchos de los compuestos descubiertos por la Alquimia no tenían un nombre exacto y se carecía un sistema para nombrarlos (ejemplo: la Tabla Periódica de la actualidad).

Bajo esta idea se puede entender que algunos alquimistas buscaban la forma de enriquecerse o autofinanciar sus talleres y experimentos, comprendiendo, por otro lado, que el oro podía servir de fuente de financiación para un reino.

En el anhelo por obtener el oro, las ideas de los alquimistas fueron mezcladas con concepciones místicas y la forma de entender el mundo que los rodeaba, surgiendo el objetivo de la alquimia, al experimentar con la materia, en la búsqueda por encontrar la “Piedra Filosofal”, por lo general, una roca con la capacidad absoluta de transformar la materia, invariablemente en: oro, plata u otro elemento de carácter valioso y a la inversa.

En el mito común, para la creación de la Piedra Filosofal era necesario obtener el material requerido para dar forma a la roca, lo cual implicaba una serie de experimentos y transmutaciones de diversos materiales y la conjugación de sus elementos en un proceso arduo, difícil y prolongado hasta alcanzar la formación del mineral ansiado.

La Piedra filosofal no solo tenía la capacidad de transformar y alterar toda materia, sino de curar cualquier enfermedad, otorgar la inmortalidad y devolver la vida a un ser fallecido.

Es por esta razón que muchos alquimistas entendieron que la Piedra Filosofal era la variante sólida de una sustancia “líquida primigenia”. Esta sustancia en forma de elixir tenía la capacidad de curar todas las enfermedades siendo una poción suprema con la virtud de sanar todo proceso patológico en el ser humano, además de otorgar el don de la inmortalidad y la resurrección de los muertos.

Los antiguos griegos creían que la materia podía transmutarse por medio de una sustancia activadora en forma de polvo seco al que llamaban xerion, que significa: «seco». Al momento que la alquimia llegó al mundo árabe, los sabios musulmanes le llamaron: al-iksir. Cuando la alquimia fue absorbida por los europeos le llamaron a esa sustancia transmutadora: elixir.

No obstante, la “sustancia líquida primigenia” capaz de activar o desencadenar la transmutación o cambios de la materia fue llamada por los europeos como: “el elixir de la vida”, “elixir de la inmortalidad” o Aurum potabile, entendido como el compuesto fundamental para la elaboración de la Piedra Filosofal a la hora de transmutar los elementos que llevarían a su formación. Los alquimistas árabes le nombrarían: Al-Haya.

Dada esta situación, algunos alquimistas dedicaron esfuerzos para encontrar el Aurum potabile o Al-Haya, resultando contrariamente en la elaboración de medicamentos a base de jarabes para la cura de enfermedades que serían conocidos como “elixires” comúnmente, del que derivarían: bebedizos, infusiones, ungüentos, y, como contraparte, venenos y antídotos.

No es extraño que muchos alquimistas fuesen también médicos, farmacéuticos, biólogos y botánicos, dedicando tiempo a la búsqueda de la esencia líquida de la Piedra Filosofal en la farmacopea y experimentación en animales y plantas.

Los estudios alquímicos proseguirían hasta que los alquimistas del siglo XV y XVI supondrían que la sustancia líquida primigenia para la creación de la Piedra Filosofal podría estar en el esperma del hombre, debido a que ahí se encontraría la “semilla” de la vida capaz de engendrar a un nuevo ser en la unión sexual con una mujer y la consecuente concepción; por lo que algunos experimentos alquímicos utilizarían el esperma del ser humano en el intento de buscar el origen de la vida.

Los alquimistas comprendían, en su forma de ver el mundo, que para otorgar la inmortalidad, devolver la vida a los muertos y la cura de toda enfermedad humana, la Piedra Filosofal debía tener un elemento capaz de “generar vida”, y de ser hallado, podía descifrarse y ser controlado para dar forma al Aurum potabile de la Piedra Filosofal; por consiguiente, buscaron tal componente en el esperma del hombre.

Los primitivos alquimistas y los alquimistas árabes y medievales desconocían obviamente el espermatozoide y su involucramiento en la concepción humana, teniendo solo el certero conocimiento del esperma del hombre como fuente de fecundación en la mujer. [Los espermatozoides serían descubiertos hasta 1677 por el Anton Van Leeuwenhoek, comerciante holandés, quien perfeccionaría el microscopio inventado por Zacharias Janssen en 1590. Otras fuentes históricas señalan que fue Nicolas Hartsoeker, matemático y físico alemán, inventor de un microscopio simple, quien entre sus primeros experimentos descubriría los espermatozoides].

Sería el médico y astrólogo suizo Theophrastus Bombast von Hohenheim, también conocido como: Paracelso o Teofrasto Paracelso hacia el siglo XVI quien afirmaría que en su búsqueda de la Piedra Filosofal habría encontrado la forma de crear vida al haber engendrado por medio de experimentos alquímicos imprecisos a un hombrecillo diminuto al que denominaría: homunculus u “homúnculo”.

El Homúnculo en términos generales era un hombrecillo creado supuestamente por algunos alquimistas, sin pruebas de su existencia, por medio de experimentos con materias vivas u orgánicas por lo que su existencia entre los alquimistas estaría basada en simples leyendas para realzar su prestigio. Es posible que Paracelso o alquimistas anteriores tomaran la idea del homúnculo como una variante del Golem.

El Golem en la cultura medieval judía del centro de Europa o askenazí era un ser animado fabricado a partir de materia inanimada o muerta como barro o arcilla, según la tradición, un coloso de material endurecido que según las leyendas hebreas fue creado por el rabino Judah Loew ben Bezalel en Praga en el XVI para defender a los judíos del gueto de Praga de los ataques antisemitas que sufrían.

Sin embargo, el mito de tal ser, habría sido creado numerosas veces por varios sabios rabinos a lo largo de la Edad Media, por lo tanto, la creación del Golem vendría a significar una tradición rabínica que implicaba transmisión de conocimiento. El Golem era un ser defensor del gueto controlado por medio de una orden del rabino en forma de un mensaje escrito en un pedazo de pergamino que era colocado en el interior del Golem al ser introducido a través de su boca. El Golem obedecía inmediatamente la orden escrita; por lo que también era utilizado para otras tareas domésticas.

Según la cultura del Talmud, libro sagrado para el judaísmo, la palabra Golem proviene del hebreo gélem que significa “materia” la cual señalaría precisamente una materia “embrionaria” de donde emergería la vida.

Aunque el Golem es parte del folclore medieval judío, es probable que su creación pueda tener inspiración en sabios hebreos que desde el Imperio Romano y la Edad Media ejercieron practicas alquímicas en una rama biológica. Muchos médicos renombrados en el Medioevo eran judíos. La leyenda del Golem y su origen podría haber inspirado posteriormente a los alquimistas europeos y el término “homunculus”.

El Homúnculo creado por los alquimistas pertenecería a un ámbito de leyenda dentro del mundo alquímico, la cual afirmaba que era un ser creado por la mezcla de restos de animales o de hombres mezclados con elementos como el mercurio o el azufre o el uso de un huevo al que se le abría un diminuto agujero a través del cual se le introducía el esperma de un hombre, luego el huevo “fertilizado” era enterrado entre hierbas del cual emergería posteriormente el Homúnculo.

Otras versiones hablan que el Homúnculo nacía de la Mandrágora (Mandragora autumnalis), planta con afectos depresores del Sistema Nervioso Central, que era supuestamente utilizada ampliamente en el Medioevo y el Mundo Antiguo por sus efectos analgésicos (disminuir o suprimir el dolor) macerando sus raíces hasta formar pequeñas partículas que podían ser consumidas.

No obstante, en la práctica, la Mandrágora es una planta neurotóxica, lo que provocaba depresión del Sistema Nervioso (somnolencia) y en dosis elevadas estados de intoxicación reflejados como: mareos, vómitos, estados catatónicos (alteraciones del movimiento y la consciencia), convulsión, bradicardia (disminución de los latidos cardíacos) paro cardiorespiratorio y la muerte; situación que a la mente del alquimista y la población del mundo antiguo le confería un aura «sobrenatural» o «mágica» y con dosis moderadas podría provocar cierto grado de alucinaciones.

Su uso estuvo reservado a los médicos alquimistas como método analgésico; no obstante, se ha imputado su uso a las brujas medievales (posiblemente para alcanzar estados de éxtasis como uso en forma de narcótico).

Wikimedia Commons. Author: Gerard Romans Camps. Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Mandragora.jpg

Característica de la Mandrágora eran sus raíces a las cuáles se les atribuía forma antropomorfa debido a que son descritas como gruesas y de forma irregular, con el resto de la planta con un tallo grueso y hojas grandes y rugosas. Según la leyenda Medieval esta planta crecía donde caía al suelo el semen que los ahorcados expelían durante sus últimas convulsiones antes de su muerte.     

Según la creencia popular medieval alquímica, la Mandrágora debía ser extraída y si sus raíces tenían una exacta forma humanoide debía ser almacenada. En su confinamiento la raíz debía ser embadurnada en sangre o esperma humano de forma continua como fuente de “alimento”, proceso que con el paso del tiempo transformaría la raíz en un Homúnculo (ser con vida).  

Es posible que el Homúnculo, en general, haya sido una invención de ciertos alquimistas en afán de ganar prestigio pues, en el ámbito medieval, se aseguraba que el Homúnculo poseía secretos y conocimientos ocultos y siendo cautivo del alquimista (encerrado en una botella o caja) no le quedaba otra opción que transmitirlos a su creador.

Podría sugerirse en síntesis que el Homúnculo fue en realidad un invento de los mismos alquimistas para ocultar el origen de sus conocimientos o justificar la procedencia de los mismos.

El término «Homúnculo» fue posteriormente usado en la discusión de la concepción y el nacimiento y atribuido al componente del espermatozoide al ser este descubierto, surgiendo la teoría que el esperma o espermatozoide era un «hombre pequeño» u Homúnculo que se colocaba al interior de la mujer para provocar la concepción y que creciese hasta diferenciarse en niño o niña.

La relación con la botánica (la Mandrágora) y la biología podría estar justificado como un intento de explicar el origen de la vida por los alquimistas y su afán de controlarla.

De tal forma, la Piedra filosofal, el líquido primigenio y el área de la farmacopea en la medicina de los elixires sería pieza fundamental de la Alquimia durante más de mil años.

La palabra: «Alquimia».

Con tales objetivos, se entiende que la palabra Alquimia o Alchemy proviene de la palabra árabe Al-kimia; ya que fueron los árabes los que dieron abundante desarrollo a esta ciencia. La palabra actual “Química” deriva de Al-kimia. A su vez los árabes recibieron los estudios de alquimia de la tradición greco-egipcia antigua, por lo que se ha sugerido que los árabes utilizaron la palabra Al-kimia (alquimia) proveniente de la palabra griega antigua: khemeia que significaría «metalurgia». Otros estudiosos sugieren que los árabes habrían tomado el término del uso del vocablo kimia derivado de la palabra egipcia antigua: kemet, nombre antiguo de Egipto que significa «tierra negra».

La Historia establece que la Alquimia tendría sus orígenes oficiales durante el siglo IV y III a.C. durante el período Helenístico o greco-egipcio cuyo auge apuntaría hacia la antigua biblioteca de Alejandría donde habría numerosos tratados sobre la misma. En este punto surgieron personajes importantes que generaron las bases filosóficas de la Alquimia como: Leucipo, Demócrito o Aristóteles y personajes que la desarrollarían de manera empírica como: Zósimo de Panópolis o María la Judía.

En este punto se desconoce el nombre que el mundo greco-egipcio le daba a la Alquimia en sí; pero es hacia el siglo I a.C. cuando esta disciplina se extiende sobre la región del Mediterráneo oriental siendo retomada por los árabes en gran medida y quienes le asignarían el nombre de Al-kimia.

Los árabes llevarían la alquimia hacia Occidente donde pasaría hacia Europa a través del influjo del comercio medieval, los contactos cristianos con el mundo árabe a través de las cruzadas y los intercambios científicos entre musulmanes y cristianos a través del Califato de Córdoba en la península ibérica; en este último caso donde sabios musulmanes, judíos y cristianos compartieron sus conocimientos.

La Alquimia basó en un principio sus objetivos en la experimentación de la naturaleza en la búsqueda de la transformación de una materia por otra de mayor valor basándose en los principios que la materia estaba conformada en menor o mayor medida por los elementos del fuego, tierra, agua y aire.

Posteriormente los practicantes de la alquimia o alquimistas buscaron una sustancia esencial que tendría el potencial en equilibrio de todos los cuatro elementos.

Es en este punto donde los alquimistas buscaban la “piedra filosofal” como un elemento capaz de modificar o alterar la materia en absoluto.

Desde la India, China, el Antiguo Egipto, el mundo árabe y el Imperio Romano se han registrado diversos procesos en el arte científico que en su momento estudiaron las propiedades de la materia y su respectiva evolución con el paso del tiempo.

La base de la alquimia parte de la doctrina aristotélica que postula que «todas las cosas tienden a alcanzar la perfección». Al considerar a los demás metales imperfectos con respecto al oro, se suponía que la naturaleza los convertiría finalmente en oro.

Para el siglo IV, el estereotipo de un alquimista habilidoso era que sabiendo manipular los minerales, utilizando supuestos rituales de magia y basar su obra en la astrología, podría reproducir en su taller el proceso natural de la materia.

Empero, ni la filosofía antigua, ni la astrología, ni la alquimia fueron capaces de explicar la naturaleza de la materia y sus transformaciones. Sin embargo, al realizar experimentos y registrar sus resultados a lo largo de siglos los alquimistas establecieron los cimientos de la química moderna.

En su búsqueda de la piedra filosofal los alquimistas descubrieron y aprendieron a purificar y extraer muchas sustancias químicas como: el ácido sulfúrico, el amoníaco, el arsénico, el hidróxido de Sodio (sosa cáustica), el alcohol, el ácido nítrico, sulfatos o vitriolo, el ácido clorhídrico, el ácido acético, el ácido fórmico, el antimonio, el bismuto y el fósforo, entre otros.

La alquimia aportó a la química la invención y desarrollo de gran parte del instrumental de laboratorio. Los primeros alquimistas occidentales, que vivieron en los primeros siglos de nuestra era, ya inventaron algunos equipamientos y procesos usados posteriormente por la química.

Los rastros de la alquimia. Metalurgia, Grecia, Egipto y el nacimiento del “mago” o alquimista.

Los primeros rastros de la Alquimia se remontan a la metalurgia y el mundo griego. El mundo antiguo la guerra era indispensable y con ello el equipo militar donde surgieron las primeras aleaciones. En el mundo griego los primeros eruditos o filósofos griegos, estudiosos de las ciencias, observaron la naturaleza y los cambios de la materia.

Aristóteles, hacia el siglo II a.C., aceptó la doctrina de los cuatro elementos: agua, tierra, aire y fuego que conforman la materia; no obstante, no lo concibió como sustancias propias formando parte de cada cosa u objeto vivo o inerte en la naturaleza, sino como una sustancia relacionada con dicho elemento, es decir, que un objeto podía estar conformado por una “esencia” emparentada o afín de cada elemento.  

Aristóteles añadió además la teoría del “Éter” (que significa «resplandecer» o «resplandeciente») como un quinto elemento propio de los cuerpos celestes (estrellas, cometas, el sol, el universo, etc.).  

Sin embargo, para los filósofos griegos, los objetos estaban en constante cambio o “modificación”. El agua podía evaporarse, la madera coger fuego y convertirse en ceniza, una piedra pulverizarse para transformarse en polvo, etc. Esto hizo que los filósofos griegos se preguntaran acerca de la modificación de la materia y por ende en la “división” de los elementos, lo que los llevó a considerar en la transformación de los mismos y por ende en el cambio de la materia por otra sustancia.

Además, se entrevió en la posibilidad de la combinación de sustancias. El fuego podía consumir la madera y esta desprendía humo como especie de aire, pero a su vez el agua podía apagar el fuego. Hechos que permitieron comprender que podía existir una especie de mezcla de sustancias y con ello un resultado como la modificación artificial de la materia.

Tal teoría de los cuatro o cinco elementos que conforman la materia perduraría en los primeros hombres de ciencia durante los futuros dos mil años, especialmente en la disciplina de la Alquimia como protociencia.

A la Alquimia primitiva de Grecia se añadiría la teoría de Leucipo y su Demócrito sobre la partícula más pequeña de un objeto material que al ser cortado de forma continua en múltiples pedazos se alcanzaría un objeto minúsculo e invisible al ojo humano llamado: «Átomo» o “indivisible”; por lo que cada objeto material estaría conformado por cientos o miles de átomos. Para Leucipo y Demócrito, el átomo era la última partícula de cada objeto material que no podían dividirse o destruirse. Teoría nombrada como “Atomista” o de “indivisibilidad de la materia”.

Aristóteles y otros sabios griegos descartaron la teoría atomista de Leucipo y Demócrito teniendo por convicción que la materia sí podía transformarse, mezclarse y alterar su estado por medio de la divisibilidad o combinación de los elementos, cuyo control de estos últimos, estaría en la meta u objetivo de los futuros alquimistas.

Paradójicamente, las teorías de los elementos dado por los filósofos griegos, nunca tuvieron una fase de experimentación; ya que las teorías de composición de la materia de los griegos estuvieron enmarcadas en conceptos filosóficos.

El Antiguo Egipto resultaría lo contrario. En Egipto el saber químico estuvo ligado a la práctica como por ejemplo el uso del nitrum o natrón (carbonato de sodio) en el proceso de la momificación de los cuerpos en la cultura funeraria de los habitantes del Nilo.

Sin embargo, cuando el mundo griego conquistó Egipto con Alejandro Magno, los sabios griegos entraron en contacto con los sabios egipcios y retomaron sus ideas científicas desarrollando una mezcla de conceptos y nuevas ideas que alcanzaron auge con la creación de la biblioteca de Alejandría como depositaria del saber y ciencia de la antigüedad.

A pesar de ello los griegos habían separado la ciencia de la religión, mientras que los egipcios nunca lo hicieron. Para los antiguos egipcios la ciencia y todo saber provenía del dios Thot, por lo que todo conocimiento era “sagrado” y de carácter religioso.

Esta condición hizo que los principales depositarios del saber en el Antiguo Egipto fuesen los sacerdotes. A su vez estos influenciaban y controlaban al ciudadano (o ejercían gran influencia) por medio de la religión la cual se observaba de forma práctica con las artes que los sacerdotes ejercían. Este hecho sirve para comprender el concepto del estereotipo del sacerdote egipcio antiguo, al cual era considerado no solo como un “mediador de los dioses”, sino como una especie de “mago”.

Los sacerdotes egipcios, por supuesto, no tenían en su haber “poderes mágicos” para alterar la naturaleza ni la materia, sino más bien el hecho en la implicación de trucos y simples habilidades químicas descubiertas en los antiguos centros de estudio egipcios en sus templos, los cuáles les permitían mostrar una serie de artimañas frente a los pobladores, haciéndolos pasar por “magia” o “poderes de los dioses” y generar miedo e influencia en los habitantes.

Hay que añadir los sacerdotes egipcios ejercían el carácter de astrólogos, ya que predecían el futuro del faraón y el de los nobles al interpretar el movimiento de los astros; pero a su vez fueron astrónomos observando el movimiento de las estrellas, la luna y el sol y los cambios de la naturaleza para interpretar y predecir convenientemente los cambios de estación y crecidas del Nilo de la cuál dependía la sociedad egipcia.

Los sacerdotes egipcios fueron capaces de alterar sustancias por medio las ciencias de la momificación que, para ojos del antiguo habitante del Nilo, la preservación del cuerpo era toda una proeza “mágica” de conservación y desarrollar y emplear compuestos como el natrón.

A su vez el sacerdote egipcio podía incurrir en “castigos” y “maldiciones” en “nombre de los dioses”, por lo que los clérigos egipcios fueron temidos entre los pobladores y relacionados con “artes secretas” y saberes peligrosos.

Estas habilidades aunadas a la religión, hicieron que los sacerdotes egipcios fuesen vistos como “magos” o “hechiceros”, generando el respeto y el miedo de la población hacia ellos; pero a su vez, cierto recelo.

Aunque la figura del “chamán” o “nigromante” siempre ha sido relacionado a lo “maligno” en todas las sociedades y las culturas del mundo, es el sacerdote de una religión determinada practicante de disciplinas antiguas como la astrología, la medicina (uso de plantas y hierbas para sanar), la habilidad de crear artilugios, el uso de herramientas o procedimientos de ingeniería y, por supuesto, el uso de compuestos químicos como venenos, pociones y elixires, etc., el que ha sido siempre relacionado para la gente del mundo antiguo como el “mago”, es decir, como un ser capaz de hacer prodigios adquiridos por medio del conocimiento adquirido.     

Esta condición no fue ajena a ciertos faraones, nobles y militares egipcios quienes también vieron con recelo al sacerdote del Nilo. El temor a los poderes del sacerdote y la desconfianza realzó la superioridad del clérigo egipcio; sin embargo, también el cuidado y precaución.

Muchos de estos sacerdotes sabían que contaban con un poder de influencia; pero que provenía de un estudio de elementos de la naturaleza o protociencia ajeno a una enorme parte de los ciudadanos; por lo que resguardaron sus conocimientos y saberes antiguos para evitar dejar al descubierto sus engaños entre grupos afines o grupos de sacerdocio y la conformación de grupos de “elegidos” para compartir sus conocimientos vedados al resto de los hombres, resguardando saberes que debían estar fuera del alcance de los ciudadanos no religiosos; lo que les permitiría desarrollar a su vez otros objetivos o metas. Es en este punto donde nacen las antiguas sociedades secretas.

Este respeto y miedo popular impulsó a los primeros practicantes de la “magia” o ciencia alquímica a redactar sus conocimientos en una serie de escritos para ser almacenados y resguardados. Pero, para evitar que el ciudadano en general y principalmente grupos rivales pudieran acceder a los mismos secretos, grabaron sus escritos mediante símbolos enigmáticos o un nuevo lenguaje que solo ellos reconocerían y sabrían interpretar, por lo que quedaron en posesión de un saber oculto de carácter protocientífico.

La ciencia egipcia, junto a la griega, progresaron en los primeros estudios de la materia y sus cambios debido a lo cual algunos historiadores señalan a este período como el “inicio oficial” de la Alquimia.

Se sabe que el primer alquimista de este período helenístico del Antiguo Egipto fue Bolos de Mendes quien durante el siglo III y II a.C. ya trabaja en un taller para la supuesta búsqueda de oro, la plata y piedras preciosas. Nunca consiguió tales minerales, pero se cree que consiguió la fabricación de ciertos compuestos químicos. Se la ha llamado «pseudo Demócrito» ya que se sospecha que estableció los primeros tratados de alquimia en referencia a la búsqueda de la transformación de la materia utilizando el nombre del griego Demócrito.

Los primeros alquimistas del período helenístico no desapegaron sus fundamentos de la religión egipcia; así como de los fenómenos naturales y su relación con los hombres. Para estos primeros alquimistas por ejemplo el agua podía evaporarse y retornar a la tierra en forma de lluvia por lo que dedujeron que la materia podía transformarse y mezclarse.

Sin embargo, también pensaron el hecho que ciertos materiales no podían ser modificados o alterados no significaba que no podía intentarse su transformación; por lo que comprendieron que debía existir alguna forma de mutar la materia controlando los rastros de los elementos en su interior (agua, fuego, tierra, aire y éter) convirtiéndose la búsqueda de la “transmutación” (la transformación de un elemento químico en otro) de la materia en el reto de los primeros hombres de ciencia o alquimistas.

Esta transmutación estaba principalmente basada en el estudio de la materia y sus reacciones químicas, por lo que los primeros alquimistas basaban sus estudios en la experimentación de los objetos y minerales.   

Entre los principales alquimistas egipcios estuvieron: Zósimo de Panópolis y María la Judía. Zósimo sería un alquimista que vivió entre el siglo III y IV a.C. en Egipto y escribió los primeros tratados de alquimia versados en la metalurgia y la forma de cómo convertir la plata y el oro con tintura de mercurio.

María la Judía o “María la Hebrea”, fue una mujer sabia dedicada a la Alquimia entre el siglo III y I a.C. Se le ha adjudicado la invención del “Baño María” o baño de agua para calentar controladamente una sustancia. En sus obras también aparecen las primeras descripciones del tribikos (una especie de alambique de tres brazos) y del kerotakis (un dispositivo para recoger vapores).

Es posible que el principal factor que impulsara a los primeros alquimistas a buscar el oro como meta final fuese en realidad el deseo de autofinanciar sus proyectos protocientíficos, la obtención de riquezas y que el deseo por el metal dorado ocurriese por el surgimiento de las primeras aleaciones o mezclas de cobre y cinc que dieron por resultado el: latón, un metal que tiene un tono amarillo muy parecido al oro, ocasionando para los antiguos alquimistas la confusión que la preparación de un metal dorado fuese lo mismo que la preparación de oro puro.

Es posible también que el latón haya servido como “falsa moneda”, es decir, haber sido utilizado como oro verdadero o que los alquimistas y el resto de personas creyeran que en verdad se tratara de “oro puro” y engañado a muchos (entre pesos, medidas, consistencias, etc.) para ser empleado como forma de financiamiento.

Esta situación tendría algún grado de veracidad con la llegada del Emperador Diocleciano en el Imperio Romano durante el siglo III y IV d.C. con el dominio del pueblo de Roma sobre el mundo “Helénico” o «Greco-Egipcio».

El Emperador Diocleciano prohibiría la Alquimia debido a que temía que los alquimistas pudieran fabricar oro “barato” en grandes cantidades (la plausible confusión con el latón) y hundir la economía del Imperio de Roma o, por el contrario, este “oro falso” o latón ser utilizado como fuente de financiamiento para grupos enemigos de Roma, en términos prácticos: comprar armas y equipamiento para formar y financiar un ejército enemigo contrario a Roma. El mismo emperador Diocleciano ordenaría destruir todos los tratados de la alquimia y prohibió la práctica de esta ciencia.

A estas circunstancias habría que añadir la llegada del cristianismo como religión predominante. El cristianismo vería a la alquimia como un “arte pagano” o maligno debido a su relación con la antigua religión griega y egipcia por lo que ordenaría su destierro.

Es por lo tanto que con la llegada del Imperio Romano y su dominio sobre Grecia Antigua y Egipto, la alquimia tuvo un período de enorme declive; aunque no se descarta su clandestinidad; así como la huida de alquimistas greco-egipcios hacia otros lugares en busca de seguridad.

La Alquimia, el mundo árabe y el Fuego Griego.

Hacia el siglo VII d.C. los árabes, que antaño habían estado aislados en la península arábica, tendrían su expansión con el impulso de la religión islámica predicada por el profeta Mahoma, conquistando amplios territorios en el oeste de Asia (actual Turquía), Persia, (actual Irak e Irán) y el norte de África lo cual incluiría Egipto.

Hacia el año 670 d.C. los árabes sitiarían la ciudad de Constantinopla y se enfrentarían al terrorífico «fuego griego».   

Los árabes quedaron aterrados y a la vez fascinados por aquel fuego que no se apaga simplemente con el uso del agua (lo que al contrario con su aplicación aumentaba y expandía las llamas) y que había ocasionado numerosas bajas entre los ejércitos enemigos del Imperio Bizantino que habían intentado sitiar Constantinopla.

La historia oficial señala que el fabricante del fuego griego había sido Calínico (Callinicus), un practicante de la alquimia que había huido a Constantinopla desde Egipto (cuna de la alquimia).

Según Teofanes “El Confesor”, monje bizantino del siglo VIII d.C. en sus crónicas, Calínico fue un arquitecto griego bizantino originario de Siria durante el siglo VII, que llegó a Bizancio en época de Constantino IV, y se le atribuye la invención del fuego griego hacia el año 670 d.C. compartiendo su conocimiento con los bizantinos. El fuego griego permitió a los bizantinos quemar y rechazar la flota musulmana durante el asedio árabe de Constantinopla entre 674 y 678 d.C.

El fuego griego consistía en una sustancia incendiaria que podía continuar ardiendo por tiempo prolongado y no podía ser extinguido por medio del agua, al contrario, ardía con la misma con mayor intensidad y por debajo de la misma (en el mar). Sus efectos en los ejércitos enemigos eran devastadores; aunque con frecuencia el Imperio Bizantino lo utilizó en batallas navales.

La fórmula alquímica de Calínico fue resguardada por Bizancio y hoy en día se desconoce su composición. Los ingredientes sugeridos del fuego griego pudieron ser la mezcla de: resina, sulfuro, nafta, asfalto, cal viva fina y fosfato de calcio. Otros sugieren una mezcla de: petróleo crudo, cal viva, azufre y salitre.

Los árabes serían prácticos, no verían al fuego griego como una “magia demoníaca” sino como una «combustión química» utilizada para la guerra, lo que despertaría el interés de los sabios musulmanes en la ciencia versada en la mezcla de sustancias y el trabajo de la materia a la cual le asignarían el nombre de Al-kimia.

Desde este punto, es a partir del año 650 d.C. que los árabes tendrían el control y desarrollo de la química antigua retomada de los antiguos estudios greco-egipcios.

No es en vano que ciertos nombres y términos relacionados a la alquimia sean de origen árabe: alcohol, alambique, álcali, garrafa, circón, etc.

La ciencia química tendría auge en el mundo musulmán surgiendo figuras como: Jabir ibn-Hayyan quien viviría entre los años 760 y 815 d.C. y conocido en Europa siglos después como Geber, quien como sabio alquímico descubriría el ácido sulfúrico, sabría preparar el carbonato de plomo, preparar por medio de la destilación el ácido acético, además de fabricar el ácido nítrico (ácido corrosivo muy peligroso) y el ácido clorhídrico, dejando numerosos escritos alquímicos. También se la ha atribuido la fabricación y legado de numerosos instrumentos de laboratorio. Para algunos historiadores es considerado el “padre de la Alquimia” y el fundador de la química moderna.

Junto a Jabir, surgió el alquimista persa Al Razi, aproximadamente entre el 850 y el 925 d.C., sería conocido en Europa como Rhazes. Al Razi estudió y describió el antimonio metálico, asignaría otros componentes a la teoría de los cuatro elementos que serían: el mercurio, como elemento volátil relacionado al vapor al calentarlo); el azufre, material inflamable; y la sal como elemento relativo a la composición general de los materiales sólidos, porque la sal no era ni volátil ni inflamable.

Sin embargo, Al Razi se interesó más por la medicina, lo que daría origen a los aspectos médicos de la alquimia. Entre sus aportaciones describió el emplasto y el modo en que podía emplearse para hacer enyesados que mantuviesen en su sitio los huesos fracturados.

Surge también la figura del persa Ibn Sina (979-1037), mejor conocido en Europa como: Avicena, en la versión latinizada de su nombre. Avicena había aprendido lo bastante de los fracasos de siglos y siglos como para dudar de la posibilidad de formar oro a partir de los metales. Aunque en esto era, y sigue siendo, una excepción entre los alquimistas.

La Alquimia, la Iglesia Cristiana y los monjes alquimistas.

Tras el período de la Primera Cruzada y la conquista de Jerusalén en 1099 y el posterior avance de los reinos cristianos en la Península Ibérica, el contacto con el mundo musulmán permitió que los cristianos conocieran parte de la ciencia árabe.

Los cristianos dedicados al saber científico descubrieron los trabajos traducidos del griego al árabe en los pergaminos musulmanes, además del contacto con sabios judíos y sus escritos en hebreo de personajes como Aristóteles y contemporáneos como: Avicena, Al Razi o Maimónides; surgiendo así un grupo de traductores que los incorporarían a escritos científicos, traducirlos en latín y ser utilizados por los estudiosos europeos.

Estos esfuerzos para traducir el saber árabe al latín, fue una actividad que estuvo principalmente a cargo de la iglesia en monasterios y posteriormente universidades.

Durante la Edad media los monasterios desempeñaron muchas funciones, además de profesar y preservar los dogmas del campo espiritual del cristianismo, se caracterizaron por ser centros de investigación y recopilación de conocimientos almacenando antiguos pergaminos y posteriormente copiándolos, situación que permitió el surgimiento de los Scriptorium y los copistas, estos últimos, monjes dedicados al arte de copiar y preservar manuscritos y libros antiguos.

Gran parte del saber estaba en documentos antiguos, por lo que existieron monjes dedicados a la transcripción y formación de libros para preservar dichos textos.

Los volúmenes a transcribir versaron en diversos temas, no solo en temas religiosos como la Biblia, sino en filosofía y saber greco romano antiguo; además de las artes y por supuesto la ciencia, lo que permitiría que algunos centros religiosos y ciudades fuesen centros de actividad intelectual y donde ciertos monjes dedicarían parte de su tiempo al estudio de temas de carácter científico y en otras situaciones a aplicar esos conocimientos, por lo que ciertos figuras clericales destacarían en el ambiente de la ciencia Medieval.

Entre los primeros movimientos intelectuales estuvieron los del Papa Silvestre II (Gerberto de Aurillac; el primer papa francés de la historia) hacia el año 999 d.C. quien desde su reclusión en un monasterio había aprendido la gramática, la dialéctica y la retórica alentando la actividad de la traducción de escritos musulmanes.

También destacarían el inglés Robert de Chester y el italiano Gerardo de Cremona quienes traducirían textos en árabe al latín, entre estos, obras versadas en la alquimia durante su estancia en la península ibérica.

Ayudó la propagación del conocimiento alquímico la conquista de Toledo por el rey Alfonso VI en el año 1085 a los musulmanes, surgiendo en esta ciudad posteriormente un centro de intercambio cultural y científico entre sabios judíos, musulmanes y cristianos. De Toledo acontecieron los trabajos de otros sabios copistas como Herman el Alemán, quien traduciría del hebreo el Libro de Los Salmos y otros escritos árabes; Marcos de Toledo, quien traduciría obras al latín de Galeno; Miguel Scot, médico escocés, astrólogo y alquimista quien traduciría obras de Aristóteles.

Oficialmente el primer alquimista europeo señalado sería el obispo Alberto Magno (Albrecht von Bollstädt) quien era un polimata dedicado a todo saber medieval, siendo filósofo, teólogo, astrónomo y geógrafo; y según señala la Historia realizó trabajos de alquimia ya que se dedicó a la misma, atribuyéndosele trabajos con el arsénico y con el nitrito de plata.

Leyendas medievales le adjudicarían a Alberto Magno el título de “mago” debido a que era un químico medieval.

Contemporáneo de Alberto Magno fue el filósofo franciscano inglés Roger Bacon (1220 – 1294).

Bacon durante el siglo XIII d.C. fue conocido por expresar que la experimentación y la aplicación de las matemáticas a la ciencia permitiría el avance científico y el progreso. Defendió el uso del método experimental de la ciencia o Empirismo. Además, fue el primer científico en Europa en registrar la fórmula de la pólvora (aunque esta ya había sido descubierta y utilizada por China previamente).

Conocía el idioma inglés y el francés, así como el griego, el árabe y el hebreo.

Dedicó gran parte de sus estudios a la matemática y a la ciencia Física formulando interesantes experimentos sobre la refracción de la luz e inventó un fósforo que ardía dentro del agua. Es considerado por los historiadores como el precursor de Galileo y Newton.

Roger Bacon estudió las obras filosóficas de Aristóteles y escribió varios tratados como el Opus Maius (“Gran Obra”) versados en la gramática, la lógica, la matemática, física y filosofía.

Fue encarcelado durante 10 años por la Orden Franciscana, a la cual pertenecía, hacia el año 1278 por la difusión de la Alquimia árabe bajo las acusaciones de brujería siendo acusado de: “hechicero”. Se sospecha, según los historiadores, que la inculpación se debió a los motivos de rivalidades entre facciones franciscanas por motivos teológicos al igual que envidias y enemistades. Posteriormente sería liberado. Fallecería hacia 1294.

La obra de Bacon Opus Maius, narra temas teológicos y filosóficos, además de temas sobre Matemática, Física y la Alquimia con el tema de la fabricación de la pólvora. En esta misma obra, debido a sus experimentos con lentes y la óptica, predice las invenciones de los telescopios y gafas.

El alquimista más influyente de la Edad Media sería Pseudo Geber o Falso Geber quien habría vivido entre el siglo XIII y XIV d.C.

Este sería un alquimista quien habría tomado el nombre del químico árabe Geber (Jabir ibn-Hayyan) para publicar sus escritos sobre Alquimia y metalurgia con el fin que su obra tuviese mayor estatus y difusión o bien para ocultar su nombre real y evitar ser acusado de hechicería. La Alquimia siempre fue vista con recelo por miembros de la Iglesia antagónicos a los descubrimientos científicos y practicada en secreto. 

Se cree que Pseudo Geber fue un sabio alquimista español o italiano. Algunos han sugerido que las obras alquímicas del falso Geber fueron en realidad el producto de varios autores alquimistas anónimos.

Pseudo Geber escribió una serie de manuscritos alquímicos conocidos en conjunto como: «Corpus de Geber Latino» o «Corpus de Pseudo Geber», obras científicas que describen el uso del ácido sulfúrico, el ácido nítrico y dan instrucciones precisas de laboratorio; esto último muy admirable para la época.

El Corpus de Pseudo Geber está conformado por cuatro tratados: Summa perfectionis magisterii («La Suma de la Perfección del Magisterio»); Liber fornacum («Libro de los hornos»); De investigatione perfectionis («Sobre la Investigación de la Perfección»); De inventione veritatis («Sobre el Descubrimiento de la Verdad»). A estos tratados se le añaden otros dos volúmenes: Testamentum Geberi («Testamento de Geber»); Alchemia Geberi («Alquimia de Geber»).

Los libros de Pseudo-Geber fueron muy leídos durante la Edad Media y ejercieron una enorme influencia entre los alquimistas europeos de la época. Aunque se han realizado conjeturas acerca de si el autor o autores fueron árabes, se ha llegado a la conclusión que el trabajo de esta obra es original sin proceder de otras fuentes, señalando a un autor latino.

La obra alquímica de Pseudo Geber o Corpus de Pseudo Geber habla de la defensa de la Alquimia como ciencia, y aunque defiende la transmutación de la materia y la búsqueda del elixir para trasmutar oro, la obra versa sobre fórmulas químicas y recetas para producir ácidos minerales lo que permitiría el avance científico entre alquimistas.

En este sentido el descubrimiento de los ácidos minerales fue el adelanto más importante desde la obtención del hierro dentro del desarrollo de la ciencia y tecnología.

Los alquimistas europeos, hacia la Baja Edad Media y hacia finales de la Edad Media en general, lograron realizar muchas reacciones químicas y disolver numerosas sustancias con ayuda de los ácidos minerales, cosa que nunca pudieron conseguir los griegos ni los árabes contando con el vinagre como el ácido más fuerte del que disponían.

En la práctica los ácidos minerales eran mucho más importantes para los adelantos científicos de la humanidad en comparación del oro, siendo más valiosos para las reacciones químicas, más baratos y abundantes.

Sin embargo, pese a los adelantos de la alquimia, ésta comenzaría a degenerar nuevamente como en su momento durante el Imperio Romano y con los árabes.

El auge de la alquimia con la combinación de minerales y el descubrimiento de los ácidos llevó a muchos a la búsqueda del oro por medio de experimentos alquímicos, hecho que se convertiría en una obsesión para algunos alquimistas; especialmente con: pseudo alquimistas y charlatanes, siempre bajo el manto del trabajo en secreto y la clandestinidad, pues la alquimia siempre fue relacionada al ámbito de la “hechicería” por algunos sectores de la Iglesia Cristiana; no obstante, se sabía muy bien que ciertos clérigos, monjes y académicos dedicados a la ciencia la practicaban a resguardo, otorgando a la alquimia un aire de misterio.

Muchos alquimistas tenían miedo de ser descubiertos en sus prácticas y ser considerados practicantes de brujería. Esta misma condición de secretismo la aprovecharon embusteros que haciéndose pasar por alquimistas afirmaban que podían fabricar oro o “pociones mágicas” como medicamentos aprovechándose de incautos; pues varios alquimistas, siendo médicos, fabricaban medicinas a base de hierbas, menjurjes y fármacos; siendo objeto de imitación y falsificación de charlatanes.

Sin embargo, los embusteros de la alquimia y pseudo alquimistas nunca habían progresado y, contrario a la historia general, la verdadera prohibición del estudio de la alquimia siempre tuvo su causa en el miedo al éxito en la obtención de oro por los alquimistas disfrazada por la indignación ante la charlatanería o la falsa denuncia de su relación con los “poderes malignos” y “magia negra”.

De ser así, el temor al oro “fabricado” por los alquimistas, no solo podría hacer perder su valor, sino que podía ser fuente de financiamiento sin límites para enemigos de un reino y mercenarios.

El papa Juan XXII declaró a la Alquimia «anatema» en el año 1317 a riesgo de sus practicantes acabar en la hoguera. Los alquimistas honrados cuyos objetivos eran científicos se volvieron más oscuros que antes y obligados a trabajar en las sombras acrecentando su mito de “magia oscura”.

Empeoró la situación de la Alquimia cuando fue relacionada con prácticas diabólicas debido a su secretismo, la búsqueda de elixires y medicamentos eficaces entre pobladores y ciertos episodios oscuros como el caso del caballero francés Gilles de Rais hacia 1437 y 1440 d.C., quien había luchado contra Inglaterra en la Guerra de los Cien Años al lado de Juana de Arco, habiendo acumulado una gran fortuna despilfarrándola en fiestas. Para recuperar su fortuna realizó contratos ruinosos sin éxito y al final se dedicaría a la alquimia buscando conseguir el ansiado oro por medio de la transmutación.

Según los datos históricos, Gilles de Rais se regodeó con sabios alquimistas embaucadores quienes se dedicaban a la magia negra; al mismo tiempo Gilles de Rais comenzó a torturar, desmembrar, vejar y asesinar niños y jóvenes en sus castillos, con un número de víctimas superior a los doscientos. Suposiciones afirmarían que eran sacrificios humanos como parte de un proceso de transmutación para conseguir la ansiada Piedra Filosofal; otros afirmarían que eran sacrificios al demonio en ritos secretos. Sin embargo, se sabe que muchas de estas ejecuciones se realizaban en fiestas privadas donde Gilles de Rais y sus secuaces estaban en estado de ebriedad extrema.

Finalmente, ante la desaparición de niños, la Iglesia intervendría abriendo una investigación y Gilles de Rais sería apresado en 1440. Sería encontrado posteriormente culpable, acusado de sodomía, pedofilia y asesinato; siendo condenado y ejecutado por la horca y su cuerpo quemado el 26 de octubre de 1440. 

Por otro lado, la alquimia nunca logró acceder a las aulas universitarias junto con la medicina tradicional medieval, el derecho y la teología cristiana, siendo estos los estudios superiores de la época.

Durante la Edad Media la alquimia nunca fue equiparada a las siete artes liberales que se agrupaban en el Trivium (Dialéctica, Gramática y Retórica) y el Quadrivium (Astronomía, Aritmética, Geometría y Música), ya que su causa principal eran sus características y requerimientos, imposibilitándola a que tuviera un lugar respetable entre los saberes oficiales.

Estas características de rechazo entre los escolásticos eran, por un lado, que el adepto debía manejar el fuego, el fuelle y las técnicas de herrería, lo que convertía la tarea del alquimista en algo sucio y cercano a los trabajos manuales donde el individuo se manchaba de hollín y carbón, situación que no se consideraba algo propio de hombres libres o nobles. Simultáneamente el alquimista debía trabajar los minerales y recolectar especies vegetales, situación que hacía del alquimista realizar en secreto viajes asiduos a montañas, bosques, minas y otros parajes para su acopio.

Esta condición hizo que algunos alquimistas trabajaran por su cuenta, y en secreto, el vidrio, la herrería y la carpintería para fabricar sus propias herramientas y utensilios; tampoco sin descartar el hecho que muchos alquimistas ejercieron otras actividades o que tuvieran cierto conocimiento en la agricultura, la ganadería, la astronomía, la botánica, etc., que auxiliarían sus conocimientos alquímicos.

Tampoco se puede obviar la teoría que muchos alquimistas realizaran experimentos de fármacos y disecciones en cadáveres humanos y animales como estudios médicos de forma oculta, situación condenable totalmente por la Iglesia de la época Medieval.

En otro orden, la alquimia siempre fue relacionada erráticamente con las artes oscuras como: la magia negra y la brujería; así como a esta protociencia se adjuntaron muchos oportunistas y embaucadores en busca de hacerse hombres ricos por medio del oro; siendo perseguida en todo momento por la Iglesia Católica; aunque paradójicamente muchos de sus miembros como pontífices, obispos y monjes la practicaran de forma secreta como: Vincent de Beauvais, Alberto Magno o Tomás de Aquino.

Pese a ello, la verdadera razón del rechazo a la Alquimia siempre fue el hecho oculto del temor a que algún alquimista encontrara la fórmula primigenia de transformar los metales o minerales como el plomo en oro puro; situación que no resultaba conveniente para las economías medievales y sus hegemonías. Además, existía el temor que algunos alquimistas podían fabricar oro falso (suceso que debió ocurrir en varias épocas y ocasiones) especialmente de forma masiva y así utilizarlo como oro verdadero. El miedo a que el oro perdiera su valor como moneda de transacción global (Europa, el mundo islámico, Asia, el norte de África) era evidentemente ante un colapso económico, especialmente en una época donde solo existía la moneda y su acuñación en estado físico como forma de pago.

La Gran Obra Alquímica. Entre alquimistas prácticos y filósofos herméticos.

A lo largo de la historia de la Alquimia como protociencia existieron en términos generales tres tipos o clases de Alquimistas: los alquimistas dedicados al avance científico con experimentos en elementos químicos o «alquimistas prácticos»; a su lado estuvieron los alquimistas que relacionaron el saber alquímico con la filosofía, la astrología, ideas derivadas de religiones gnósticas y conceptos de la antigua religión hermética atribuida a la figura greco-egipcia de Hermes Trismegisto, siendo catalogados comúnmente como «alquimistas herméticos»; en última instancia alquimistas charlatanes y embaucadores con escasos o nulos conocimientos que intentaron buscar hacer oro por cuenta propia. 

Tanto los alquimistas «alquimistas prácticos» como «alquimistas herméticos» realizaron experimentos en materiales diversos, considerados como protocientíficos del mundo antiguo, con la excepción que los primeros realizaban experimentos sobre la materia y los cambios de la naturaleza de forma práctica, mientras que los segundos realizaban, generalmente, el mismo saber científico dotando a su trabajo un sentido religioso místico trabajando para hacer transformaciones a nivel esotérico (espiritual) y exotérico (práctico).

La alquimia tuvo una época dorada en la Europa de los siglos XV al XVII con una Alquimia de carácter Hermética-filosófica y aunque tuvo sus antecedentes durante la Edad Media precedida por los alquimistas en Egipto, fue especialmente hacia el siglo XVIII con la llegada de la “Ilustración” que el conjunto de las Ciencias Experimentales (Física, Matemática, Biología, Medicina, Botánica, etc.) y la transformación de la «Alquimia práctica» en la Química moderna desplazarían a la marginación a la alquimia hermética, expulsándola de las universidades y catalogándola de conocimiento esotérico.

Por otro lado, la incapacidad de la transmutación del plomo u otros elementos en oro puro, los fracasos en la búsqueda de la piedra filosofal o el elixir de la inmortalidad y el advenimiento de los nuevos descubrimientos científicos que refutaban antiguos conceptos de la Alquimia, haría que muchos renunciasen a sus ideas alquímicas y dieran otra interpretación a la Alquimia dotándola de un sentido únicamente místico o filosófico (esotérico).

Los alquimistas medievales, que habían retomado ideas de los alquimistas griegos, egipcios y árabes, creían que cada materia, viviente o inerte, contenía una sustancia, más o menos pura y diminuta o en exceso, que provenía de la “sustancia original” creadora de todo el mundo conocido. Por lo tanto, toda materia contenía una partícula de la sustancia creadora.

Algunos alquimistas filósofos relacionaron esa sustancia en cada ser vivo o inerte como un rastro de la creación de Dios y por lo tanto que todo lo creado contenía una pequeña esencia que provenía de Dios, lo que la conectaba con el Creador. Otros alquimistas llamaron a la “sustancia original” como «Semen» o «Sustancia Universal» y cada objeto de la creación contenía una pequeña molécula de la misma.

Del Semen o Sustancia Universal surgían tres “Principios Básicos”: el azufre, el mercurio y la sal. De estos tres principios nacían los cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua.

Para los alquimistas los elementos eran sustancias que estaban contenidas en cada cuerpo en menor o mayor medida que otorgaban ciertas propiedades a la materia y sus características.

Para los antiguos alquimistas el azufre representaba la calidad masculina con las propiedades de ser un material: cálido, seco, activo y fijo; el mercurio por el contrario correspondía con la calidad femenina y con las cualidades de ser materia: fría, húmeda, pasiva y cambiante; mientras que la sal era el equilibrio entre el azufre y el mercurio.

En cuanto a los elementos, la tierra era fría y seca; el agua, fría y húmeda; el aire, húmedo y cálido; y el fuego, cálido y seco. Las propiedades de la materia se explicaban como la proporción existente de los cuatro elementos en la relación entre los principios en su interior.

Al mismo tiempo los alquimistas creían en la existencia de cuerpos terrestres como en los cuerpos celestes (cometas, planetas, estrellas, etc.). Estos últimos contenían los tres principios y junto a los cuatro elementos un quinto que Aristóteles, el gran filósofo griego del siglo IV a. C., llamaría: el Éter.

Conociendo la composición de la materia para los elementos y los principios, los alquimistas razonaron que era posible transformar un cuerpo en otro alterar la proporción de los tres principios existentes en un cuerpo determinado y mezclándolo con los elementos en diferentes formas para alcanzar el sentido deseado.

El trabajo de la materia implicaba una serie de operaciones, modificaciones y cambios para extraer de ella los tres principios y reunirlos en un perfecto equilibrio, pues según los alquimistas de ese modo obtendrán la materia primigenia, o Piedra Filosofal en su estado líquido.

En la práctica, las operaciones de los alquimistas redundaban en fracasos al intentar manipular los materiales mientras que otros alquimistas por medio de las leyes de la Física y la Química (que desconocían por completo) lograron combinar por experiencia, de forma fortuita o colateral, ciertos minerales y descubrir nuevas sustancias debido a sus experimentos.

Los alquimistas creían que la transmutación de la materia estaba dada por siete procedimientos en relación con los metales o elementos a modificar: la calcinación, la putrefacción, la solución, destilación, conjunción, sublimación y la coagulación; considerando al mismo tiempo que cada una de estas operaciones se desarrollaba con el influjo de los siete planetas de la astrología y astronomía clásica: Mercurio, Saturno, Júpiter, Luna, Venus, Marte y Sol.

La Astrología consideraba que es posible adivinar el porvenir de un individuo o una situación determinada basándose en el movimiento de los eventos celestiales (el movimiento de los planetas y las constelaciones) en su conexión con los sucesos terrenales.

La Astrología Medieval tuvo sus orígenes en la astrología helenística desarrollada entre los siglos II y I a.C. Al mismo tiempo los astrólogos helenísticos referían que su ciencia estaba basada en las enseñanzas de Hermes Trismegisto.

En el gnosticismo, el misticismo y corrientes afines, Hermes Trismegisto (en griego: “Hermes, el tres veces grande”) era un antiguo profeta o maestro equiparado en el «período Helenístico» de Egipto con el dios Hermes (Mercurio) y el dios egipcio Thot, quien habría inventado la Alquimia, la filosofía y legado otros saberes a los hombres, siendo el autor de obras antiguas como: “La Tabla Esmeralda” y el “Corpus Hermeticum”, siendo tratados sobre alquimia y filosofía respectivamente.

Desde el punto de vista de la Historia no hay fuentes exactas de su existencia por lo que muchos estudiosos dudan de la misma, teorizando que fue un antiguo sacerdote egipcio previo al período Helenístico divinizado posteriormente por sus conocimientos (como el caso de Imhotep) o una serie de maestros egipcios antiguos que usaron el nombre como título en el tiempo.

No resultaba extraño que varios alquimistas, especialmente los herméticos, desarrollaran la astronomía junto a la astrología como parte de su arte y la relación del movimiento de los planetas y las estrellas a lo largo del año en conjunción con los elementos que manipulaban. Es posible que los alquimistas prácticos por el contrario no basaran sus experimentos en la astrología.

El objetivo final de los procedimientos determinados en los principios y elementos y la relación e influjo de los astros era alcanzar la “Gran Obra” en la Alquimia. Esta era entendida como el descubrimiento de la piedra filosofal o su estado líquido (elixir de la inmortalidad) y la transmutación del plomo en oro.

Sin embargo, con el paso del tiempo y cuando los alquimistas notaron que era imposible la transformación de un metal en oro, modificaron el significado de la Gran Obra por: la sustancia que el alquimista deseaba encontrar por sí mismo según su criterio, añadiendo siempre que era un proceso “largo” y “complejo”, lo que indicaría que los resultados logrados por los alquimistas eran en realidad por pura casualidad y a base de intentos, pues no había fórmulas de laboratorio y de medición exactas.

Entre los materiales más utilizados por los alquimistas estaban el fuego, el horno, el fuelle, alambiques, retortas y matraces. Hecho que hace sospechar que los «alquimistas prácticos» trabajaron más la combinación de metales (buscando un acero de mayor resistencia, por ejemplo) que una transmutación material real, siendo los primeros trabajos alquímicos labores de metalurgia y la destilación de líquidos.

El fin de la Alquimia o su evolución a la Química moderna. 

La alquimia prosiguió trabajándose en secreto por hombres de ciencia a partir del siglo XV.

Muchos historiadores apuntan que la Alquimia murió con el nacimiento de la Química Moderna conocida, mientras que otros historiadores son de la opinión que la Alquimia no murió realmente, sino que evolucionó a la Química Científica y que el trabajo de los alquimistas del Mundo Antiguo no fue más que un avance hacia la misma; aunque lento pero progresivo y de forma experimental y rudimentaria.

Hacia el siglo XV habría cambios significativos en la Alquimia, especialmente a cargo de dos médicos, uno alemán y el otro de origen suizo. Georg Bauer (1494-1555), y Teophrastus Bombastus von Hohenheimm (1493-1591) llamado también Paracelso, respectivamente; ya que la conexión entre la medicina y los fármacos y la combinación médico-mineralogista destacaría en el desarrollo de la química durante los dos siglos y medio siguientes.

Georg Bauer (1494-1555) escribiría el libro “De Re Metallica” («Sobre la Metalurgia») hacia 1556 y narra los conocimientos prácticos sobre minería y su maquinaria.

Por su lado, Paracelso practicó la Alquimia y sostuvo que el fin de la misma no era la búsqueda del oro o la transmutación sino la preparación de medicamentos que curasen enfermedades no solo a través del uso de plantas sino de los minerales como fármacos representando un desplazamiento de la alquimia en la búsqueda del oro, hacia la medicina. No obstante, Paracelso fue un alquimista de la vieja escuela, aceptó los cuatro elementos de los griegos y los tres principios (mercurio, azufre y sal) de los árabes, buscando la piedra filosofal en su función de elixir de la vida. Paracelso sería una figura polémica posteriormente ya que sus seguidores alterarían sus concepciones por un contenido místico.

Andreas Libau (1540- 1616), más conocido como «Libavius», describiría la preparación del ácido clorhídrico, el tetracloruro de estaño y sulfato amónico, además de publicar el libro: Alquimia, que describía los logros de medievales de la Alquimia.

Johann Rudolf Glauber (1604-1670), descubriría en 1625 un método para preparar ácido clorhídrico por medio de la acción del ácido sulfúrico sobre la sal común, obteniendo un residuo: el sulfato de sodio, nombrándolo «sal mirabile» (sal maravillosa) y conocida en el mundo de la química como: «sal de Glauber» que serviría como laxante intestinal hasta surgir otras alternativas más sofisticadas hacia el siglo XVIII. Glauber se dedicó a la fabricación de este compuesto y de otros de valor medicinal, resultando ser de gran valor para ganarse la vida; hecho que modificó el sentido de la Alquimia permitiendo que la fabricación de compuestos químicos medicinales y de minería fuese más rentable que la búsqueda del oro y la transmutación, creando una nueva actividad económica y desviando el interés hacia la búsqueda y experimentación de sustancias útiles al desarrollo del individuo.

Para el siglo XVII la Alquimia entraría en decadencia con sus concepciones sobre la transmutación, la búsqueda de la Piedra Filosofal y el oro.

El anglo irlandés Robert Boyle (1627-1691) físico, teólogo e inventor, es considerado el primer químico moderno. Escribiría y publicaría hacia 1661 su libro: El químico escéptico: o las dudas y paradojas quimio-físicas” que ofrecela hipótesis de que la materia está formada por átomos y que cada fenómeno es el resultado de colisiones entre estas partículas, negando que los elementos químicos se limiten sólo a los cuatro clásicos: tierra, fuego, aire y agua, además de alentar la experimentación científica de la materia. Boyle especificó que todas las teorías deben ser probadas experimentalmente antes de ser consideradas como verdaderas y declaró que la Química debería dejar de estar al servicio de la medicina (ya que los alquimistas se habían volcado al descubrimiento de medicamentos en mayor medida hacia el siglo XVII) y la ascendió a la categoría de ciencia.

Los estudios de Boyle marcan el final de los términos «Alquimia» y «Alquimista». Boyle suprimió la primera sílaba del término en su libro “El químico escéptico” de Al-kimia a Kimia o simplemente khemeia, convirtiéndose en: «Química». Desde entonces, la ciencia fue la Química y los que trabajaban en este campo eran nombrados: «químicos».

A partir del siglo XVIII la química adquiere definitivamente las características de una ciencia experimental moderna. Se desarrollaron métodos de medición precisos que permitieron un mejor conocimiento de los fenómenos y se desterraron creencias no demostradas así como el descubrimiento de nuevos elementos por causa del cambio de los métodos de investigación. La alquimia aportaría a la Química moderna una buena parte del material del los intrumentos de laboratorio actual.

Bibliografía:

-Íñigo Fernandez, Luis E. Breve historia de la Alquimia. Ediciones Nowtilus. Madrid. 2010.

-Rock, William: Historia de la química, Madrid: Alianza Editorial, 1992.

-Asimov, Isaac. Breve historia de la Química. Madrid. Alianza Editorial. 2003.

-Benito Vidal, R. La alquimia. Madrid. Edimat. 2004.

-Historia de la Química. Alfaro, Cristopher. Universidad Nacional Federico Villareal Alumnus. Link: https://www.academia.edu/38883874/Historia_de_la_qu%C3%ADmica?email_work_card=view-paper