La historia de la civilización egipcia ostenta una larga trayectoria cultural dentro de las sociedades antiguas, considerándose para su tiempo una civilización desarrollada que parte de las primeras comunidades establecidas en el río Nilo.

El desarrollo, crecimiento y evolución de esta civilización, tiene entre sus orígenes los primeros esbozos de una organización política en sus comunidades primitivas, acontecimiento que daría paso al establecimiento, creación y expansión de uno de los imperios más conocidos de la antigüedad.

Uno de los principales impulsores de este desarrollo inicia con la figura de los primeros líderes locales en los territorios del desierto y el rio Nilo, quienes en primera instancia serían los adalides que organizarían a las primeras poblaciones en diversas áreas como: la agricultura, la caza y la defensa para la supervivencia en un ambiente hostil y con el paso del tiempo, ostentarían un liderazgo que los conduciría a dirigir grandes empresas como jefes de sus poblaciones.

Esta condición les conduciría a detentar un poder y, dado el ambiente y la mentalidad de los primeros pobladores del Nilo, a ser considerados como garantes de un derecho divino entre los primitivos dioses.

El liderazgo y mandato de estos hombres les llevaría a ser considerados esenciales para la supervivencia de los clanes y con ello harían crecer su figura convirtiéndose en un rey y con el paso del tiempo a ostentar un carácter divino cuyo mandato era indispensable para la supervivencia de una civilización.

Estos líderes se convertirían en la figura del faraón, rey del Antiguo Egipto, cuya imagen evoca parte de la cultura del reino antiguo del Nilo y cuya autoridad como rey sería indispensable para la continuidad de una civilización de más de 3,000 años de historia.

El nacimiento de la civilización del Antiguo Egipto inicia con el ascenso de los primeros reyes que tras una serie de luchas, alianzas y conquistas, terminarían dando forma a la figura del faraón o rey de Kemet (Egipto).

El rey de Egipto. Los nombres del Faraón:

Parte de la comprensión del imperio egipcio y su historia radica en la figura de su rey cuyo liderazgo estaba enmarcado en el desarrollo de la civilización del Nilo.

El rey del Antiguo Egipto es conocido con el término general de: “faraón”, palabra cuyo vocablo se origina del término del antiguo egipcio: “per aa” que significa “casa grande”, en alusión al palacio donde residía el faraón. Esta palabra evolucionaría hacia el latín tardío de: “pharao”, palabra que daría paso a “faraón”.

Los antiguos habitantes del Nilo no llamaban a su rey con el título de: faraón. Para el rey egipcio tenían la palabra: Nesu, cuyo significado es “rey o monarca”; así como el término “hm” transliterado a “heme” o “hemef” como significado de “majestad”.

A lo largo de la historia del Imperio egipcio el faraón fue conocido además con diversos títulos. Entre estos, cinco más importantes. En primer término, el faraón era conocido como un dios viviente, representante de los dioses, por lo que era asociado con el dios Horus o “dios Halcón” en sus inicios y con el dios Ra partir de la V dinastía. Para el tiempo del Imperio Nuevo el faraón fue asociado con el dios Amón. Este último dios era asociado además con el dios Ra, de ahí Amón-Ra.

Otro nombre con el que era conocido el faraón era: “Nebty”, término que aducía: “rey de las dos señoras” en alusión a las dos diosas representantes y protectoras del alto (sur) y bajo Egipto (norte): la diosa Nekhbet o diosa buitre y la diosa Uadjit o diosa cobra respectivamente.

El faraón tenía también el título de “Señor (rey) de las Dos Tierras” por medio del término: “Usu – bity” que es traducido como: “Señor de la caña (o junco) y de la abeja” o “Señor del Alto y Bajo Egipto” en significado a su soberanía sobre la zona del Norte y el Sur del Imperio Egipcio, simbolizado por medio del jeroglífico del junco y la abeja, símbolo del alto y bajo Egipto respectivamente.

Los primeros faraones. El desarrollo del poder y su influencia:

La tierra del Antiguo Egipto estuvo habitada por antiguos pueblos nómadas desde hace aproximadamente 5.000 años antes de Cristo. Estos pueblos, con el paso del tiempo, se volvieron sedentarios y buscaron los márgenes del río Nilo para garantizar su supervivencia aprovechando la irrigación del rio en las tierras de cultivos junto a la crianza de ganado, vivir de la pesca del Nilo y utilizarlo posteriormente como una vía de comunicación.

Dos regiones del Nilo fueron establecidas: el Alto Egipto en el sur, territorio desértico; y el Bajo Egipto en el Norte o Delta del Nilo, tierra más fértil.

Estas regiones, aunque diferenciadas en ciertos aspectos, contaban además con otras comunidades en su interior con ciertas similitudes que poco a poco fueron consolidándose al grado de establecer comunidades estrechamente ligadas entre sí. En otros casos la unión entre pueblos dentro de cada región fue consolidándose por medio de alianzas frente a otros grupos rivales o enemigos fuera del área de Egipto y en algunas situaciones por medio de conquistas realizadas por otros clanes egipcios rivales; de tal forma que un poblado sometía a otro incorporándolo a su hegemonía.

Dentro de estas primigenias comunidades del Antiguo Egipto el control de la defensa del poblado y sus habitantes fue tomado por ciertos caudillos con evidentes capacidades de mando, en primera instancia en la defensa frente a asaltantes (ladrones, clanes rivales, disputas territoriales, etc.) que tarde o temprano se convirtieron en jefes del clan aumentando su poder. Su condición de líderes creció al grado de establecer su mandato por medio de la fuerza, su influencia, su capacidad de mando o el apoyo religioso de los primeros sacerdotes locales (simples shamanes) lo que los llevó a atacar a otras comunidades a lo largo del Nilo en afán de conquista para acrecentar su poder.

Se tiene conocimiento que en algún punto entre el año 3,100 y 3,000 a.C. acaeció una incursión de guerreros del Alto Egipto sobre el Bajo Egipto en un afán de conquista.

Estos ataques del Alto Egipto sobre el Delta, se demuestra que fueron realizados por una estructura social organizada durante el período de Nagada (un período de tiempo previo al inicio oficial o “reconocido” de la dinastía de los faraones egipcios, nombre dado por el lugar de los yacimientos arqueológicos encontrados que dan pruebas sobre la civilización egipcia de tal lapso de tiempo) que fue liderada por los primeros caudillos o primitivos faraones, evidenciado por los enterramientos funerarios como pruebas arqueológicas.

Esos yacimientos arqueológicos de Nagada en el Alto Egipto, se trata de tumbas correspondientes a los primeros reyes o faraones, muestran sepulcros decorados, múltiples tesoros, tumbas con cerámicas elaboradas, etc., lo que vendría a demostrar (solo como teoría) que estos primeros líderes o reyezuelos del Alto Egipto contaban con un estatus de poder e influencia sobre su población, es decir: «una diferenciación social» donde había un rey y sus súbditos; algo muy diferente al Bajo Egipto donde las tumbas del mismo período en el Delta (Bajo Egipto) no reflejan una diferenciación social reconocida.

Sin embargo, es muy probable que hacia el año 3,000 a.C. tanto el Bajo Egipto como el Alto Egipto tuvieran más similitudes que diferencias. Muchos yacimientos arqueológicos en el Bajo Egipto pudieron perderse con el paso de los siglos por causa de las inundaciones y crecidas del Nilo en sus múltiples ramificaciones del Delta.  

Se ha teorizado por lo tanto que el Alto Egipto estaba mejor desarrollado en diversos aspectos como el militar, el comercial y el de organización.

Algo seguro es que los reyes del Alto Egipto avanzaron hacia el norte conquistando regiones del Bajo Egipto.

Estos primeros faraones conquistadores lucharon unos contra otros hasta que uno solo entre tantos se hizo con el poder del Alto Egipto.

Las Dinastías Faraónicas:

Aunque se conoce en gran medida la cronología de las dinastías egipcias de los faraones, se desconoce en cierto modo el verdadero origen del primer faraón.

La información es brindada por el filósofo Manetón (sacerdote egipcio bajo el reinado de Ptolomeo en el período Helenístico del Antiguo Egipto o dominación griega) quien en su “historia de los reyes egipcios” describe la cronología egipcia con el reinado de los faraones y sus descendientes. A cada una de estas etapas dominadas por los reyes y sus vástagos herederos se les dio la categoría de “Dinastías”, las cuales duraban cierto período de tiempo y finalizaban al ser sustituidas por otros faraones de diferente estirpe, períodos de inestabilidad, conjuras, golpes de estado, ausencia de herederos, guerras civiles, muerte prematura o en batalla del rey, etc.; dando origen a una nueva dinastía real.

Esto permitió a su vez dividir a las dinastías en varios períodos claves del Antiguo Egipto:

-Período Pre-dinástico: considerado el período donde los primeros faraones eran caudillos locales que se hicieron del liderazgo de los poblados hasta convertirse en los primeros reyes conocidos. Abarca desde el 3,000 al 2670 a.C. Esta dividido en los períodos: predinástico (3,000 – 2920 a.C.) y su fase final conocida como período protodinástico (2920 – 2670 a.C.) o de la Dinastía 0. El período Pre-dinástico y en especial el período Proto-dinástico están caracterizados por ser etapas muy antiguas donde los faraones establecieron su poder e influencia y realizaron conquistas sobre toda la tierra del Nilo entre guerras y rivalidades entre las dos regiones independientes: el Bajo y el Alto Egipto, hasta su unificación tras un largo período de conflictos que durarían décadas o siglos.

Es en este período donde surgen los nombres de reyes míticos de los cuáles se sabe poco. En el Alto Egipto estos reyes estaban asociados al dios Horus y sus nombres estaban asociados a este dios. Su dinastía o Dinastía 0 del Alto Egipto inicia con Horus Escorpión o Escorpión I al que siguen otros reyes: Nebuy (Doble halcón), Horus Ny, Horus Hat, Horus Iry, Horus Ka, Horus Cocodrilo, etc., alcanzado al rey Horus Escorpión II y su posible descendiente: Narmer (también conocido como Menes).    

En este período el Bajo Egipto estuvo gobernado por otros faraones en un listado apenas conocido en los que figuran: Seka, Jaau, Tiu, Tyesh, Neheb, Uadynar, Mejet, etc.

El rey Horo Aha sucede a Narmer y funda la primera dinastía o Dinastía I estableciendo su capital en Menfis para controlar al país unificado del Alto y Bajo Egipto. Aunque comúnmente sea Narmer considerado el unificador del Alto y Bajo Egipto es posible que Horo Aha sea el mismo Narmer; ya que algunos faraones tomaban otro nombre al acceder al trono egipcio. Otra teoría señala que Narmer podría haber conquistado parte del Bajo Egipto y Horo Aha, su posible descendiente, consolidaría la empresa eliminando toda resistencia.

-Período Antiguo o Imperio Antiguo: etapa famosa de Egipto donde se construyen las pirámides. Abarca del año 2670 – 2150 a.C. El faraón Zoser construiría la primera pirámide escalonada en Saqqara, (complejo funerario de Saqqara) continuando hacia las construcción de otras pirámides similares.

Entre los años 2570 y 2450, o período de la Dinastía IV del Antiguo Egipto, son construidas las pirámides de Keops (rey Jufu), Kefrén (rey Jafra) y Micerino (rey Menkaura).

-Primer Período Intermedio: del 2150 – 2100 a.C. Etapa del declive del poder de los faraones.

-Imperio Medio: Un período que data desde el 2100 al 1750 a.C. Una etapa de prosperidad con el establecimiento nuevamente de la dinastía faraónica egipcia con la Dinastía IX. Se construyen pirámides y edificaciones especialmente la pirámide de Hawara junto a un templo funerario anexo conocido como el “Laberinto” por el faraón Amenemheb III.

-Segundo Período Intermedio: del 1750 – 1640 a.C. Una etapa donde los Hicsos invaden Egipto tomando el control del Delta del Nilo, establecen una dinastía de reyes Hicsos con su capital en Avaris. Cerca del año 1550 a.C. el faraón egipcio Amosis establecería una nueva dinastía de faraones y expulsaría a los Hicsos de Egipto.

-Imperio Nuevo: fase que transcurre entre los años de 1550 y 1076 a.C. Entre sus características está como el período de mayor esplendor de Egipto, además de una etapa de guerra en la mayor parte de su historia. En este ciclo destacan las figuras importantes de los faraones: Tutmosis I, quien detentaría un reinado de expansión sometiendo a los nubios y conquistando los territorios de Palestina. Su hija, la faraona Hatshepsut, reinaría Egipto trayendo consigo un período de paz y prosperidad. Tutmosis III sometería Siria extendiendo la influencia de Egipto por Medio Oriente.

Amenofis IV sustituiría la religión de los dioses por la religión de un dios único o “Globo Solar”, cambiando su nombre a Ajenatón (Akhenaton). A su muerte la religión es abolida, sucediéndole en el trono Tutankhamón. En esta etapa surgen reyes como Seti I quien combate a los enemigos de Egipto: libios, hititas y sirios. Se establece la dinastía de Ramses.

Ocurre en este período la famosa Batalla de Kadesh (1274 a.C.) entre las fuerzas egipcias del faraón Ramsés II y los hititas, que conduciría posteriormente a un tratado de paz entre ambos reinos.

-Tercer Período Intermedio: desde 1076 – 712 a.C. Etapa convulsa, donde inicia una decadencia del Imperio Egipcio y la fragmentación del poder en diversos reinos o feudos. Ocurre una etapa de invasiones de los antiguos enemigos aledaños de Egipto. En Tanis, capital del Delta del Nilo, surge una dinastía de faraones que se enfrentan al poder que ejercían los sacerdotes egipcios. Egipto pierde el control de Palestina y Nubia. Pueblos libios avanzan sobre Egipto estableciéndose en el Delta. Tebas, capital y ciudad importante desde tiempos antiguos pierde su importancia. Pueblos etíopes conquistan regiones del Alto Egipto estableciendo la dinastía de los faraones etíopes o dinastía XXIV Saíta y gobiernan todo Egipto.

-Época Tardía: del 712 – 332 a.C. Los asirios derrotan a la Dinastía XXIV de los faraones y ejercen su dominio sobre Egipto. Los faraones pierden su poder y se convierten en tributarios y regentes de los conquistadores. Posteriormente Egipto se convierte en provincia del Imperio Aqueménida (Persia) con los reyes Cambises, Darío I, Jerjes I, Artajerjes I, y Darío II dominando el reino egipcio incorporado a un nuevo imperio.

-Período Greco-Romano: 332. A.C. – 395 a.C. Alejandro Magno ocupa Egipto. A su muerte Ptolomeo, general bajo el mando de Alejandro y sátrapa de Egipto, se proclama faraón con el nombre de Ptolomeo I Sóter. Para 163 a.C. surge la influencia romana. En el año 48 a.C. Julio César conquista Egipto tomando a Cleopatra (Cleopatra VII Thea Filopátor) como su esposa. Esta última, descendiente de la estirpe de faraones de origen griego iniciada por Ptolomeo. César fallece posteriormente. En el año 31 a.C. Octavio y Marco Antonio entran en conflicto por la sucesión del Imperio Romano. Marco Antonio y Cleopatra forjan una alianza y se enfrentan a Octavio en la batalla de Actium. Marco Antonio y Cleopatra son derrotados. Esta última terminaría suicidándose considerándose la última faraona de Egipto.

El Período Pre-dinástico y Proto-dinástico:

La primera dinastía, nombrada como Dinastía I, está consignada oficialmente al primer rey egipcio Ahá.

No obstante, existen pruebas que previo a su regencia y llegada al trono, existieron otros reyes egipcios que precedieron al faraón Aha, entre los que se ha situado a los míticos faraones: Narmer y al rey Escorpión.

La principal característica de estos legendarios reyes es que ambos fueron unificadores del Bajo y Alto Egipto, en un período cuando ambas regiones, tanto la del Norte como la del Sur del Nilo, eran rivales, unificación que permitió el nacimiento y crecimiento de uno de los Imperios más antiguos y mejor organizados que se conoce con una duración de 3,000 mil años; aunque con períodos de grandeza e inestabilidad, hasta su conquista por los griegos y posteriormente el Imperio Romano.

Este período previo al rey Aha, donde están situados el rey Escorpión y el faraón Narmer, corresponden a un período conocido como Proto-dinástico en general, del cual, se conoce muy poco.

La existencia de estos reyes está respaldada en primera instancia por la “Paleta de Narmer”: Una pieza que data del año 3100 a 3000 a.C. atribuida al faraón Narmer.

Esta pieza arqueológica contiene dos caras, en una de ellas aparecen los relieves de un faraón blandiendo una maza y a su vez sosteniendo por el cabello y de rodillas a un enemigo extranjero (cabellos rizados y barba, figura que representa a los antiguos libios, enemigos de los egipcios) como señal de sometimiento. El rey aparece portando una corona blanca, señal del Alto Egipto, acompañado del Halcón Horus a un costado. Bajo sus pies aparecen dos enemigos extranjeros en apariencia muertos o derrotados. El rey además viste un cinturón con cola de toro, el cual es un signo de la relación entre un “rey pastor”.   

Paleta de Narmer

En la cara posterior de la Paleta aparece otro conjunto de relieves en tres partes: en la parte superior aparece de nuevo la figura del faraón portando la corona Roja del Bajo Egipto y con un séquito de portaestandartes (posiblemente un desfile de una victoria) y un conjunto de figuras humanas decapitadas. En la parte media aparecen dos bestias, conjeturadas como una mezcla de jaguares y serpientes, cuyos cuellos prolongados se entrelazan entre sí. En la parte inferior aparece un toro (quien se cree que es el mismo faraón transfigurado en dicha bestia) que acribilla con sus cuernos a un enemigo extranjero.

La interpretación teorizada de la Paleta de Narmer por la arqueología es: el esfuerzo bélico del primer faraón en apoderarse del Bajo Egipto o Delta del Nilo venciendo a sus enemigos y convirtiéndose en el rey de ambos territorios. Por un primer momento portando la corona Blanca del Alto Egipto y sometiendo a sus rivales acompañado del dios Horus como símbolo de una autoridad divina y justificación de su poder militar, posteriormente, al reverso, portando la corona Roja del Bajo Egipto con un séquito en señal de victoria. Las bestias con cuellos entrelazados personificarían la unión del Bajo y el Alto Egipto. Al final, el toro derribando a sus enemigos como un reflejo del rey conquistador visto como un “toro poderoso”.

La célebre Paleta de Narmer no es el único testimonio de este proto-faraón. El nombre del rey Narmer ha sido encontrado en otros fragmentos de cerámica en excavaciones de Israel y también en Palestina, lo que corrobora su existencia.

El rey Escorpión u Horus Escorpión II fue un gobernante del Antiguo Egipto perteneciente al período proto-dinástico, es decir, un rey previo a la llegada al trono del primer faraón oficialmente conocido de la Dinastía I el rey Aha. Los datos de este rey proto-dinástico son imprecisos viviendo aproximadamente unos años o décadas antes de la llegada u aparición del rey Narmer.

La guerra entre el Bajo y Alto Egipto habría iniciado cerca del año 3,300 a.C. hasta que Narmer se hace del control del Delta del Nilo en el año 3,100 a.C.

Tras este acontecimiento los primeros faraones, con el rey Escorpión (Horus Escorpión II) y Narmer, y sucesivos, utilizaron como símbolo principal la corona dual llamada: Sejemty. Corona que representaba al Alto y Bajo Egipto unificados en la figura del faraón.

La teoría unificadora del Alto con el Bajo Egipto trata de explicar que Narmer y el Rey Escorpión (Horus Escorpión II) fueron el mismo rey. Otra teoría postula que el Rey Escorpión y Narmer fueron reyes distintos, como parientes sucesivos (padre e hijo o descendiente real) o líderes sin parentesco alguno, donde el rey Escorpión habría de consolidar su hegemonía sobre el Alto Egipto hasta dominar la comarca entera y Narmer, como su sucesor, proseguir con la conquista del Bajo Egipto a cuyo término situaría al faraón Aha, este como el último rey unificador y primer rey de la Dinastía I del Imperio Egipcio. No obstante, como se ha mencionado, otras proyecciones señalarían a que Narmer era el mismo Aha como conquistador quien habría tomado otro nombre al ser faraón.

Independientemente de las diversas teorías, los sucesos de la etapa predinástica protodinástica impulsan a creer que la conquista del Bajo Egipto por el Alto Egipto tendría ocasión tras un largo período de tiempo en diversos frentes, hasta el establecimiento de la primera dinastía de los faraones egipcios. 

Simbología de la imagen faraónica:

Parte del poder de la figura del faraón radicaba en su simbología y acciones de carácter religioso. Esto era representado por medio de la imagen del faraón en su indumentaria. El faraón utilizaba su corona como símbolo del poder real de carácter dual en la monarquía, por lo que la corona conllevaba la representación del alto y bajo Egipto. La corona era fusión de dos coronas antiguas superpuestas: la corona blanca del alto Egipto o Uereret o Hedyet y la corona roja del bajo Egipto o Desheret, también llamada Mehes o Net, una situación previa a la unificación del Norte y el Sur.

Wikimedia Commons. Corona Blanca Heydet. Author: kompak. Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Hedjet.svg
Wikimedia Commons. Corona Roja Desheret. Author: fi:Käyttäjä:kompak Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Deshret.svg
Faraón Senuseret I en ambas estatuas con las coronas del Alto y Bajo Egipto.

La combinación de ambas coronas, tras la unificación de alto y bajo Egipto, simbolizaba el reinado del faraón sobre ambas regiones.

La corona fusionada o dual era llamada “psen”, “Pschent” ó “pszhent” transliterado al nombre de: Sejemty.

Wikimedia Commons. Corona Doble o Sejemty. Author: Jeff Dahl Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Double_crown.svg

En situación de carácter militar (campañas de guerra/batallas) el faraón usaba el casco (corona) azul o Jepresh. Tanto en la parte frontal de la corona doble real, como en la corona azul militar, llevaba las pequeñas estatuillas de la cobra y el buitre, símbolos del bajo y alto Egipto respectivamente, conocido como Ureo o uraeus; simbolizando el poder y la protección de las diosas cobra y buitre sobre el faraón.

Wikimedia Commons. Corona Jepresh. Author: Jeff Dahl Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Blue_crown.svg

El Nemes: era una corona de tela que cubría la cabeza del faraón extendiéndose hacia los costados del cráneo, por detrás de las orejas, para recaer sobre los hombros hacia la parte anterior del pecho, con una coleta hacia la espalda. Contaba además con una diadema del Ureo sobre la frente. 

Wikimedia Commons. El Nemes. Author: https://wellcomecollection.org/ Link: https://wellcomecollection.org/works/fcfv6wtq

Entre otras variantes estaban la corona Atef, una corona blanca con dos grandes plumas de avestruz a los costados, una diadema del ureo y una esfera o disco solar en la parte superior de la corona. Esta corona era utilizada en eventos religiosos.

Corona Shuty: una corona en forma de dos grandes plumas de halcón como símbolo de las diosas Uadyet del bajo Egipto y Nejbet del alto Egipto. Esta corona pasó también a ser utilizada por las reinas, esposas reales del faraón y por las sacerdotisas del dios Amón.

La indumentaria del faraón incluía en su vestimenta real la barbilla postiza, la cual tenía por significado: “la fuerza” y a su vez “virilidad”. El faraón portaba entre sus manos los implementos reales de: el Nejej (flagelo o látigo) y el Heka (el cayado; bastón similar al que utilizaban los pastores egipcios). El primero significaba autoridad, el segundo la estabilidad. La barbilla, el látigo y el cayado eran símbolos del poder real y divino. 

La titularidad del faraón estaba radicada en como “Rey de la Dos Tierras” donde el rey egipcio se colocaba bajo la protección de las diosas protectora de ambas regiones, empleándose una serie de símbolos a su persona para identificar las dos regiones egipcias: el loto y el papiro, la cobra y el buitre, la abeja y la caña, etc. 

El Maat y el faraón. Los orígenes de la autoridad real.

El faraón personificaba la máxima autoridad del reino egipcio. En términos generales, ejercía dos funciones principales: las atribuciones religiosas y la dirección del reino. Esta última función se dividía en la autoridad administrativa (legislatura, órdenes, diplomacia, toma de decisiones, etc.) y las facultades militares (protección del reino, campañas militares, mandato de la milicia, etc); por lo que se esperaba que el faraón fuese un líder capaz para conocer los diferentes procesos de las leyes egipcias y tener habilidades militares de carácter guerrero.

La autoridad del faraón en sus facultades religiosas, administrativas y de defensa militar, llevaría a la estabilidad y seguridad del reino.

Para ello, el faraón debía ser un líder, obtener capacidades a través del adiestramiento (caza, pesca, manejo de las armas, conducción del carruaje de guerra, instrucción de los escribas, conocimiento de las leyes y ciencias, etc) y tener conocimiento de las diversas áreas respectivas a sus atribuciones. No obstante, el faraón estaba apoyado por los funcionarios, los altos mandos militares y, de gran influencia, el alto clero egipcio; lo que en la práctica llevaría en ciertas ocasiones a compartir el poder con estos últimos o a ejercer su mandato sobre el clero a costa de beneficios y concesiones; ya que parte del poder real de un faraón no solo estaba radicado en sus capacidades administrativas y militares sino en las facultades de carácter religioso. El pueblo egipcio, en su gran mayoría y a lo largo de su historia, tenía un alto grado de respeto hacia sus creencias religiosas al grado de ser parte de sus costumbres e identidad cultural.

El faraón ejercía su mandato con autoridad requerida, la cual sobrevenía dada su condición real y a la vez por su condición religiosa que le otorgaba un carácter de divinidad y representante de los dioses frente al pueblo egipcio que gobernaba.

Sin embargo, en las altas esferas, el faraón, dependiendo de sus facultades y capacidades en el ejercicio del poder, podía estar a merced de las intrigas palaciegas provenientes de los funcionarios, los consejeros, la familia real, el harén real, la nobleza egipcia, los altos mandos militares y el alto sacerdocio egipcio. Esto último contaría a su favor con una serie de factores decisivos en el mandato real sobre el antiguo Egipto.

En primera instancia el faraón representaba ante todo el “maat”, palabra atribuida a los términos: “justicia”, “derecho”, “verdad” y, principalmente, el “orden”, entendido este último como “el orden natural de la vida egipcia”, “orden natural del Universo” o “el orden frente al caos”.

La religiosidad en el antiguo Egipto contemplaba el origen de la vida y toda la existencia a partir del orden el cual se originó a su vez a partir del caos. Frente al caos, estaba el orden. Este orden era de carácter supremo representado por los dioses egipcios. Para los antiguos egipcios la vida estaba limitada entre el orden y el caos reflejada en el dogma de la compleja religión egipcia, representados cada uno por medio de fuerzas que luchaban y se oponían entre sí. Así, el orden era la luz, el caos la oscuridad; el bien era el orden, la maldad el caos; la vida y el nacimiento el orden, la muerte el caos; el nacimiento y creación el orden, la destrucción el caos, etc. El “maat” u orden y el caos podían manifestarse de diversas formas en la vida del antiguo egipcio según su entendimiento y perspectiva de la vida. Las plagas (enfermedades) sobre la sociedad egipcia, por ejemplo, podían ser interpretadas como castigo de los dioses y una fuerza precursora del caos; para que la plaga terminara debía establecerse el “maat” cumpliendo los designios de los dioses y siguiendo el mandato del faraón como líder divino y a quien los dioses habían depositado su confianza.

Entre los hombres y los dioses existía una brecha, el mundo terrenal frente al mundo espiritual. Para mantener el orden frente al caos la creencia de los antiguos egipcios versaba en mantenerse fieles y en obediencia al mandato divino ordenado por los dioses lo que garantizaba el orden frente al caos, logrando de tal forma la estabilidad.

La comunicación o vínculo por lo tanto para unir a los hombres con los dioses, obtener el poder divino y lograr así el orden o el “maat” evitando al caos, era a través del faraón. De tal forma que el faraón era un representante de los dioses, un ser mitad divino y humano a quien por lo tanto se debía obediencia y adoración. Así, el faraón tenía un mandato divino que debía cumplirse, de no hacerlo, podía incurrirse en el caos.

Un faraón, como buen líder (sus leyes, sus mandatos, sus funciones, sus decisiones y resultados, sus atribuciones militares, etc) garantizaba el “maat”; en cambio un faraón con mal liderazgo, podía conducir al caos en la mentalidad religiosa de los antiguos egipcios. Esta idea versaba que el faraón, siendo intermediario entre los dioses y los hombres debía mantener el orden o maat cumpliendo los ritos apropiados y las ofrendas requeridas a los dioses para que estos fueran benévolos con los habitantes del Nilo, condición que también haría del faraón no solo un rey y el primer comandante guerrero del Egipto, sino también un “supremo sacerdote” de los dioses.

En la práctica el faraón por lo tanto estaba a merced de sus capacidades y habilidades, además de necesitar ayuda de sus consejeros y sacerdotes.

A pesar de ello, la autoridad divina del faraón como “dios viviente” tuvo sus variantes y modificaciones a lo largo de la historia del Imperio Egipcio. En algunos casos su mandato era decisivo o considerado como infalible, especialmente durante el Imperio Antiguo; en otras situaciones, su poder resultaba cuestionado por lo que fue visto o considerado como un líder que resguardaba al pueblo egipcio como ocurrió durante el Imperio Medio o períodos intermedios, para posteriormente perder su influencia o “mandato divino” frente a la sociedad egipcia durante períodos de decadencia y anarquía. Durante las primeras dinastías los faraones adquirieron un papel preponderante como dioses frente al pueblo egipcio, situación que cambió con el paso del tiempo, Imperio Medio y Nuevo, a ser vistos como líderes; aunque con una autoridad otorgada por los dioses.

A partir de la dinastía XII y durante el Imperio Nuevo los faraones restablecieron el orden del reino frente a sus enemigos por medio de la fuerza militar y las campañas de guerra, por lo que al obtener su poder por las armas y la organización militar fueron vistos como reyes capaces con autoridad administrativa y militar, recuperando la confianza del reino, y vistos menos como seres divinos, salvo por su autoridad como reyes.

Los primitivos faraones eran poderosos en sus comarcas. La autoridad que rápidamente obtuvieron se debió a diversas causas:

Otorgaron una fuerza a la institución real que representaban por medio de su capacidad de liderazgo en la defensa de sus territorios o poblados frente a los enemigos, clanes rivales o bandidos.

Por otro lado, a la figura del faraón primitivo fue otorgada un estatus de divinidad por su papel en cuanto a las crecidas del Nilo, fenómeno natural vital en la supervivencia de los poblados egipcios en la rivera del gran rio que irrigaba la tierra con su inundación para el crecimiento de la siembra. Estos primeros faraones posiblemente fueron a su vez líderes religiosos (jefes sacerdotes), o bien en común acuerdo con los primitivos sacerdotes locales, supieron manejar las claves de la inundación y predecir las crecidas y mejorar los sistemas de riego lo que aumentó su autoridad frente a los pobladores.

Los éxitos adquiridos por los primeros faraones se debieron por lo tanto a su capacidad de liderazgo y los atributos de divinidad que consiguieron ser adaptados y considerados en su figura, garantizando su hegemonía y su diferenciación del resto de pobladores.

En los tiempos predinásticos (período previo a la primera dinastía de los faraones) los primeros faraones fueron asimilados como encarnación del dios Horus o “dios halcón”, otorgándole un grado de divinidad ante los habitantes del Nilo y una autoridad religiosa.

Legitimidad real del faraón por el matrimonio:

La legitimidad del faraón, para el mundo egipcio, radicaba en su matrimonio y nacimiento con una mujer de sangre real; por lo que esta mujer, la reina principal, era garante portadora de la condición y sangre real de los hijos. El faraón debía ser hijo de una mujer de sangre real y casarse con una mujer de sangre real.

Las hijas del rey y la reina, las princesas, eran por lo tanto muy importantes, pues era a través de ellas que un futuro hijo podía garantizar su derecho al trono y legitimar a sus descendientes. Contrario a lo que se piensa, los hijos del faraón y la reina en ambos sexos, varón y hembra, eran muy importantes, el príncipe para la sucesión y una princesa o varias princesas para que un futuro faraón legitimara su derecho al trono y la descendencia fuese “sangre real”.

La sucesión del faraón estaba programada para el hijo primogénito del rey y la reina; le sucedían los hermanos de este en segundo lugar, luego los hijos en tercer lugar y así sucesivamente. El futuro faraón debía casarse con sus hermanas o con sus hermanastras (hijas de la segunda esposa, tercera esposa, cuarta esposa o concubina de su padre el rey) para obtener su derecho al trono y que los futuros hijos habidos de ambos (hermana y hermano) obtuvieran la sangre real. La idea del casamiento entre hermanos en la esfera del faraón no era mal vista por los egipcios; ya que era un símbolo de la conservación de la pureza de sangre, caso contrario, en la sociedad egipcia común, los matrimonios entre hombre y mujer estaban basados solamente cuando ambos provenían de familias distintas sin ningún lazo familiar.

Como segunda opción dentro de la sucesión faraónica estaban los hijos varones nacidos de una esposa secundaria; a estos le seguían como tercera opción los hijos de la tercera esposa, a estos los habidos con de un cuarto matrimonio real y de forma sucesiva, por lo que las posibilidades para estos vástagos de alcanzar a obtener la corona eran escazas. Los hijos habidos con concubinas tenían pocas oportunidades para acceder al trono. Estos hijos “secundarios” terminaban ejerciendo otros cargos en la corte del faraón, formando parte de la nobleza, como funcionarios, sacerdotes, militares de alto rango o escribas reales.

El hijo habido entre el faraón y una concubina no podría acceder al derecho a la corona, salvo que no hubiera descendientes varones entre los vástagos de la reina principal o esposas secundarias o el resto de esposas reales. 

El faraón como jefe del Ejército:

Desde el ascenso al poder de los primeros faraones, estos fueron reyes que lideraban su propio ejército para proteger su reino frente a las agresiones de sus enemigos y rivales. Esta condición les generó el respeto de sus súbditos en su posición de defensa de sus territorios y las conquistas sobre sus adversarios, lo que los llevaría indiscutiblemente a acceder a una condición de preeminencia y ostentar la corona del reino.

Muchos faraones fueron grandes militares que guiaron a sus ejércitos, en algunas ocasiones en contiendas de defensa y en otras situaciones en campañas de expansión, así como guerras contra reinos vecinos por la supremacía del Imperio Egipcio.

A lo largo de su historia el Antiguo Egipto sostuvo guerras defensivas contra sus enemigos cotidianos como los libios y los nubios. Otras formas de guerra estuvieron enmarcadas en las contiendas contra reinos rivales como el Imperio hitita y en general reinos rivales.

Esta situación requeriría que el faraón liderara un ejército y fuera un general versado en al arte de la guerra por lo que muchos reyes en la historia del Imperio Egipcio fueron considerados como “faraones guerreros” a la cabeza del ejército egipcio. Algunos otros delegaban dicha función a sus hijos como futuros herederos, dado caso para probar su valía como futuros gobernantes o porque el faraón era un hombre de avanzada edad. Otros delegaban la función de comandar al ejército a sus generales más versados.

Faraones guerreros conocidos fueron Ramsés II, Tutmosis I, Tutmosis III y Zóser.

Se tiene conocimiento que los egipcios realizaron incursiones terrestres y acuáticas (por medio de embarcaciones) en diversos frentes de batalla. Muchas de las tácticas de batalla utilizadas por los faraones cuando dirigían a sus ejércitos era en su gran mayoría de tipo ofensivo, con el choque de ambos ejércitos enemigos en una llanura o planicie propicia para el combate entre dos ejércitos.

El faraón también ordenaba la construcción de recintos amurallados en diversas zonas de Egipto con cierto número de soldados para la protección de la zona, por lo común, en la periferia de las ciudades o en zonas distantes para la vigilancia del territorio y garantía de defensa.

  • El faraón Zoser de la III Dinastía 3,000 a.C. expandió el naciente Imperio Egipcio por medio del establecimiento de fuertes militares, indicativo de la presencia de un ejército permanente desde los primeros tiempos de la fundación del Imperio Egipcio y por lo tanto un fuerte componente de organización militar.

El ejército del faraón estaba compuesto por milicianos o soldados a sueldo, entre cuyos objetivos estaba el botín de guerra. También al servicio del faraón estaban grupos de mercenarios y los ciudadanos egipcios reclutados por el faraón para ser parte del ejército de forma provisional o levas, quienes al finalizar la contienda o campaña retornaban a sus tareas.

Con el paso del tiempo los nobles egipcios ganaron poder e influencia en sus regiones por lo que formaban su ejército particular que ponían al servicio del faraón cuando este los solicitaba.

A partir del Imperio Medio con el auge del poder militar de los faraones fue creado un poderoso ejército permanente siendo el jefe supremo el rey de Egipto.

Los faraones en sus incursiones guerreras vestían siempre, a partir del Imperio Nuevo, la corona azul o jepresh como símbolo de su autoridad real y militar y como instrumento protector. El faraón por lo común vestía con una loriga (malla protectora) hecha de cuero endurecido cubierta por una serie de placas o escamas de bronce, la cual cubría el torso, cadera y muslos hasta las rodillas.

Por lo común el faraón utilizaba armas decoradas letales como el arco compuesto y las flechas. Estas desde tiempos antiguos se fabricaban de sílex o madera endurecida.

En tiempos del Imperio Nuevo montaba un carruaje junto a un conductor desde donde el faraón disparaba flechas o jabalinas. En tiempos remotos, el faraón marchaba a pie junto a sus soldados blandiendo una maza o bastones de diorita o alabastro.

Los egipcios utilizaron carruajes de guerra a partir del año 1644 a.C. llevado por los hicsos, pueblo que invadió Egipto hacia el siglo XVII a.C. Los egipcios retomarían el carro de guerra de sus enemigos hicsos adaptándolo a sus milicias y mejorándolo en cuanto a maniobrabilidad. Este consistía de una plataforma ligera sobre un eje con dos ruedas. La plataforma contaba con un parapeto semicircular que protegía a los ocupantes de frente y los costados dejando libre la parte trasera. Del eje sobresalía el timón y el yugo sobre dos caballos.

Por lo común sobre la plataforma o caja del carruaje viajaban dos tripulantes: uno era el conductor que guiaba los caballos por medio de las riendas o tiro mientras que el otro era el combatiente quien en medio del combate portaba arco y flecha o aljabas para lanzarlas al enemigo. Generalmente el faraón en combate ocupaba esta posición de combatiente.

No se descarta que el faraón utilizara además la espada falciforme o jopesh (khopesh/kefresh) egipcia junto a un escudo de madera reforzado con cuero y que supiera manipular la lanza y la jabalina o lanza corta arrojadiza como armas comunes del ejército; ya que parte de la instrucción del faraón desde joven radicaba en el manejo de las armas y su defensa personal.

El faraón podía incorporar a su indumentaria y equipo de guerra cuchillos de obsidiana o sílex. En épocas posteriores al Imperio Nuevo, se añadirían hachas de guerra.

Tras la batalla, si los egipcios salían victoriosos, los prisioneros de guerra podían ser ejecutados por el mismo faraón. En otras ocasiones eran llevados en calidad de cautivos, atados del cuello y los brazos y codos en la espalda, hacia el palacio del faraón o alguna ciudad importante y ser exhibidos en un desfile triunfal frente a la población egipcia como símbolo de victoria; por lo que no se descarta que pudieran ser parte de sacrificios rituales o terminar como esclavos.

El faraón, al dirigir el ejército egipcio durante campañas de guerra, era el general supremo y quien tomaba generalmente las decisiones de batalla en las unidades de infantería, ayudado por sus generales quienes podían ser miembros del ejército, parte de la nobleza o funcionarios elegidos por el rey para dirigir una hueste o compañía egipcia.

Por lo común, cuando el faraón marchaba en campañas de guerra guiando su ejército, era seguido por una camarilla de escribas, intendentes, sacerdotes, sirvientes, portaestandartes, etc., que servían al rey, así como a sus principales generales. Había además siervos encargados del transporte de implementos de guerra, herramientas, provisiones, aditamentos del faraón, etc.

La vida del faraón. La corte y los palacios del faraón:

En la corte faraónica, el faraón contaba con un estricto movimiento protocolario con tiempos señalados para dar audiencias a sus súbditos y ministros, celebrar juicios, practicar actividades académicas, ejecutar actividades de caza, adiestrarse en el ejercicio de las armas, etc. Esto también incluía tiempo para comer, bañarse, dormir con la esposa real, cohabitar con sus concubinas, etc.

En tiempos de paz y momentos de descanso, cuando la guerra no era la principal ocupación del faraón, los reyes del Antiguo Egipto vivían en sus palacios contando con un gran número de distracciones para su deleite.

Una de las principales actividades de los faraones eran la caza. Los nobles y altos funcionarios adinerados también la practicaban. Este se realizaba en los desiertos y los pantanos. La cacería estaba dirigida a leones, hipopótamos, gacelas, aves salvajes como patos, etc.

En los inicios de Egipto la cacería por parte de los faraones era realizada a pie; posteriormente por medio de carros de combate una vez fueron introducidos al reino. Por lo común el faraón era seguido de su camarilla de sirvientes, su guardia personal y un grupo de perros de caza. La operación habitual era acorralar a la bestia a dar caza y conducirlas hasta un punto estratégico como un pozo y rodearla, en este punto se le disparaban flechas para abatir al animal.

Los viajes por el Nilo eran parte de las actividades de distracción del rey, navegando en su navío especial dotado de sirvientes y su séquito personal, lo cual podía dar lugar a momentos de cacería, exploración y a otras actividades como la natación.

Los banquetes eran muy frecuentes para el deleite del faraón. A estas fiestas de carácter gastronómico llegaban los nobles y principales amigos del rey egipcio, además de otros invitados como cortesanos, funcionarios, generales y sacerdotes. Estas fiestas podían consistir desde simples agasajos hasta grandes festejos y banquetes. En estos festivales se comía y bebía copiosamente. Dichos platillos consistían en carne asada de buey y ocas acompañados de vino.

Dichas fiestas eran amenizadas por músicos y bailarines de ambos sexos; aunque comúnmente eran en su gran mayoría mujeres. Las bailarinas danzaban completamente desnudas frente a la audiencia o podían lucir una minúscula tanga en su cintura como única prenda en su cuerpo.

Los invitados comían sentados alrededor de varias mesas donde destacaba la figura del faraón y sus esposas. Los invitados además eran asistidos por criadas quienes marchaban desnudas sirviendo los platillos en medio de la música y cumpliendo algunas exigencias de los comensales como servir vino o más comida. Muchas de estas criadas desnudas portaban correas doradas sobre su cintura lo que revelaba su condición de esclavas o parte de la servidumbre real y de la nobleza. La desnudez era una condición de las sirvientas, esclavas y concubinas de las clases altas (sin descartar también en la sociedad egipcia en general) lo que reflejaba su situación de servidumbre hacia las clases dominantes egipcias.

Desde las infancia y adolescencia los faraones eran entrenados en técnicas guerreras que incluían adiestramiento en el manejo de las armas (arco y flecha, jopesh, lanza, jabalina, etc.), peleas cuerpo a cuerpo, conducción de carruajes de guerra así como técnicas militares y adiestramiento de cacería. Por otro lado, a los futuros reyes se les instruía en la escritura, el arte como la música y la pintura además de las ciencias, en esta última se incluía: la astronomía, el cálculo, la geografía, etc.

El número de asistentes encargados de velar por el rey, la familia real (esposa real, concubinas, príncipes, etc.) era amplio. Entre estos se encuentran maquilladores, peluqueros, masajistas, músicos, sastres, zapateros, orfebres, albañiles, nodrizas para amamantar a los hijos recién nacidos del faraón, además de médicos, escribas reales, maestros, consejeros, instructores, guardia personal, servidumbre, etc.

Las reinas embarazadas contaban a su vez con los cuidados respectivos, vigiladas por sus médicos personales, sirvientas y parteras reales. Tras el alumbramiento del nuevo faraón seguían una serie de ritos prescritos por los sacerdotes y sobrevenía la presencia de las nodrizas reales encargadas de amamantar a los recién nacidos del faraón y sus esposas las reinas. La leche materna que los faraones recién nacidos lactaban no procedía de sus madres, sino de las nodrizas, encargadas de lactar al bebé, futuro rey. Debido a que la leche materna y la lactancia era apreciada por los egipcios muchas nodrizas alcanzaban gran estimación en la corte. Estas eran vigiladas por el ayo real o supervisor de los cuidados del infante real, quien eran el encargado de la vigilancia del hijo del rey recién nacido en sus primeros años de infancia.

Muy importante era la instrucción en las áreas de la política y la religión lo cual incluía el funcionamiento del estado y la iniciación en los dogmas de la religión egipcia en la etapa de crecimiento del faraón. Muchos príncipes en edad mayor iniciaban la corregencia o la instrucción por su padre, el mismo rey. En estos casos los príncipes realizaban, tras un período de instrucción, campañas de defensa contra los enemigos del reino para demostrar su valía y ganar experiencia en combate.

En otras ocasiones el faraón en persona, como sus hijos en misiones de corregencia, se dedicaban a la inspección de templos, supervisión de edificaciones, ión del tesoro real, revisión de canteras, visitas a los funcionarios locales, inspección de tropas, ciudades, fortificaciones, etc. para tener una perspectiva del reino y que los herederos aprendieran los deberes de la regencia del reino.

En una variedad de ocasiones los faraones en persona supervisaban los trabajos de sus propias tumbas reales, así como las de sus esposas y familia.

Se sabe muy poco de las actividades protocolarias del faraón en la corte. El rey tenía por la mañana como primera actividad la reunión con el más alto funcionario del reino llamado: chaty (Visir) para determinar la situación de Kemet y solventar los principales problemas, establecer las directrices del gobierno o asuntos internos, fijar la protección del reino y determinar la política hacia el extranjero (naciones vecinas). Posteriormente realizaba otras actividades como la reunión con funcionarios para la revisión de diversos aspectos del reino, entre las que destacaban: revisión de las finanzas, las edificaciones urbanas, ordenar nuevos emplazamientos militares, promulgar decretos y leyes, construir canales de riego del rio Nilo, erigir obras públicas, sostenía reuniones con cuerpos diplomáticos, atendía juicios, permitía audiencias, delegaba funciones, otorgaba recompensas (dirigidas a funcionarios, tesoreros, nobles, militares, etc.) administraba el comercio en términos generales, ejercía un papel predominante en rituales guiados por sacerdotes, etc. Algunos reyes de Egipto tuvieron destacados papeles en la religión egipcia, así como ser grandes legisladores e impulsar reformas.

Sin embargo, en la práctica, muchas de estas actividades eran realizadas por la regulación del chaty, figura importante para el faraón pues era su mano derecha en asuntos del reino, cuya función en general era la supervisión del funcionamiento de todo el aparato del Estado, de tal forma que todos los funcionarios del reino (tesoreros, militares, escribas reales, nomarcas, etc.) eran supervisados en sus funciones por el chaty, lo que le otorgaba gran poder después del faraón. El chaty o visir tomaba decisiones sobre las funciones del reino, sin embargo, era el faraón quien al final podía aceptar o revocar dichas decisiones tomadas por el visir.

El faraón podría tener tiempo para relacionarse con su familia, también tenía obligaciones con el harén real.

Los harenes estaban conformados por múltiples mujeres exclusivas del rey egipcio. Estaban organizados por las esposas reales, además podrían estar liderados por la madre del rey, quienes en general escogían en algunos casos a las futuras esposas del monarca y sus concubinas. La obligación del faraón para con el harén era perpetuarse por medio de los hijos, garantizando una descendencia con estas, y demostrar su virilidad ante el reino al engendrar múltiples vástagos, por otro lado, congraciarse por medio de las simples concubinas, condición que mostraba que eran prolíficos sexualmente, dado que la procreación era muy importante y bien visto en la sociedad egipcia.

Ramsés II, famoso por sus conquistas militares, titulado como: “Toro poderoso”, fue capaz de engendrar en su harén más de 100 hijos.

No obstante, los harenes del rey podían ser multitudinarios; por lo que se convertían en verdaderas dependencias y pequeñas ciudades que debían estar estructuradas y custodiadas, lo que requería un buen nivel de organización. En los harenes del faraón convivían las esposas reales, las secundarias, las concubinas, los hijos recién nacidos y de menor edad, las nodrizas, esclavas, funcionarios encargados de la administración del harén, sacerdotes, múltiples sirvientes y criadas personales. Por lo común, la servidumbre estaba conformada por mujeres en su mayoría. Algunas esclavas y siervas podían inclusive ser del gusto del faraón y convertirse en sus concubinas o esposas.

Dadas las condiciones del harén, estos se convertían en centros de intrigas, conspiraciones, secretos y rivalidades entre las esposas reales y las secundarias por el futuro de sus hijos en la búsqueda de concesiones, riquezas, obtener mayor poder en el trono, escalar posiciones o lograr algunos beneficios.

Caso excepcional es el atentado contra el faraón Pepi I organizado en el harén real por su primera esposa Hetes cuya conjura fue descubierta.

Frente a la sociedad egipcia el faraón era considerado el primer guerrero (defensor) de Kemet, representante de los dioses ante los hombres además de tener carácter divino o especie de dios en la tierra (durante las primeras dinastía de Egipto, el faraón era considerado el dios Horus encarnado), constructor (edificador) de las grandes obras de Egipto (palacios, templos, canales de riego, bibliotecas, fortalezas, etc) y legislador. Todo ello en conjunto para la sociedad egipcia, aseguraba la prosperidad y bienestar de los habitantes.

El faraón, junto a sus familias y miembros principales de la corte vivían en el palacio. En este caso existían diferentes palacios reales o residenciales, algunos otros solo de carácter gubernamental en diversas comarcas de Egipto. Los había también religiosos o ceremoniales (para actos litúrgicos). En estos el rey egipcio podía convivir con su familia y pasar temporadas en los mismos, realizar actividades de carácter político o religioso.  

Las tumbas de los faraones. La vida de Ultratumba para el faraón.

Los sepulcros de los faraones demostraban la vida de ultratumba del rey al acceder al mundo de los muertos.

A su muerte, la corona era heredada a su sucesor; en la mayoría de los casos, a su hijo primogénito hijo de la esposa real, y si este fallecía en el transcurso de su vida, el derecho al trono pasaba al segundo o tercer hijo habido de con la esposa real. Los hijos habidos con otras esposas o concubinas no podían heredar el trono, excepto si no había herederos varones de la reina oficial o secundarias, por lo que en tal caso podían ser elegidos como posibles sucesores del monarca.

A la muerte del faraón era un acontecimiento que implicaba cambios en la política egipcia.

Los egipcios creían que el alma estaba unida al cuerpo de forma indisoluble, de ahí la importancia de la momificación. Para los antiguos egipcios el espíritu del fallecido o alma, podía ir hacia un mundo celestial o “el más allá”, sin embargo, para que dicha condición se cumpliese debía preservar su cuerpo momificado, de tal forma que un cuerpo preservado era garantía que el alma del difunto podría acceder a la otra vida y estar en paz.

A esta condición se añade que la supervivencia del alma estaba garantizada no solo por la preservación del cuerpo (cadáver) a través de la momificación, sino además por las ofrendas que las personas (los familiares) en el mundo de los vivos podían otorgar al difunto (pariente fallecido). Estas ofrendas servirían para que el alma del muerto sobreviviera y tuviera un mejor desempeño en la “otra vida”. Estas ofrendas eran por lo común vasijas con alimentos, armas, implementos, herramientas, etc., que el fallecido podría necesitar en la otra vida y que eran depositadas en la tumba junto al cuerpo momificado.

Un cadáver sin ofrendas de alimentos, por ejemplo, haría que el alma del difunto vagara en el “mundo de los vivos” o en el “mundo de los muertos” en busca de comida para nutrirse.

A las tumbas se les añadía también figurillas decorativas de personas. Estas simbolizaban sirvientes o esclavos que reencarnarían para servir al fallecido en la otra vida.

Por lo general las tumbas de las personas pobres consistían en huecos en el desierto o pozos excavados donde el cadáver era depositado. El desierto preservaba los cuerpos. No obstante, con el paso del tiempo y en las clases privilegiadas, las técnicas de momificación fueron mejoradas y los sepulcros resultarían más suntuosos como: las Mastabas, que terminarían siendo exclusivos para los nobles y egipcios adinerados y luego evolucionando a las pirámides y sepulcros en las rocas (Valle de Los Reyes) para los faraones y sus familias.

La construcción, forma, arquitectura y ubicación de las tumbas reales justificaba el poder del rey egipcio frente a su población. Al mismo tiempo le otorgaba legitimidad de su reinado, su legado y mostraba su magnificencia. Las tumbas del faraón tenían además carácter sagrado frente a los dioses por lo que también una tumba real era una forma de conexión del rey como dios fallecido con los dioses y su mediación entre estos y los hombres mortales.

De ahí que las grandes pirámides, por ejemplo: las tumbas o la triada de las “Pirámides Clásicas” erigidas durante la Dinastía IV de Keops (rey Jufu), Kefrén (rey Jafra) y Micerino (rey Menkaura), revelaban la grandeza del faraón y demostraría ante sus súbditos, a lo largo del tiempo, su legado, así como el recuerdo de ser un dios unido a los dioses.

Los egipcios consideraban al faraón como un dios viviente; no obstante, tras su muerte, se unía al dios Osiris adquiriendo la inmortalidad en el otro mundo, por lo que un rey egipcio, después de muerto, seguía siendo venerado, ya que la idea central del culto al faraón consistía que al estar vivo, era el intermediario entre los hombres y los dioses, y al fallecer, tomaba contacto con el mundo espiritual de los dioses por lo que era un mediador en la inmortalidad para con su pueblo.

Esto consideraría a mostrar las tumbas reales como formas de conexión entre los hombres y los dioses, por lo que las pirámides y sepulcros reales (necrópolis reales de los faraones, nobles y miembros reales, etc.) eran lugares sagrados y de culto ya que seguían siendo moradas para la eternidad del faraón debiendo contar con todo lo necesario para extender la vida eterna del monarca en la otra vida.

No es de extrañar por lo tanto las numerosas riquezas e implementos con los cuales los faraones, las reinas, familia real, nobles, funcionarios y militares de alto rango eran enterrados. En un principio las tumbas reales, y de las altas clases sociales egipcias así como todo aquel egipcio que pudiera permitírselo, fueron las mastabas, que evolucionaron, en el caso de los reyes, a las pirámides y con el paso de los siglos a las necrópolis reales.

Estas circunstancias permitían que las mastabas y pirámides tuvieran centros religiosos anexos desde donde podían realizarse cultos sagrados hacia el alma del rey. No obstante, debido a que estos centros mortuorios resguardaban riquezas, eran con el paso del tiempo constantemente vulnerados y objeto del pillaje por saqueadores de tumbas y ladrones pese a ostentar un carácter sagrado. Estos sepulcros reales se convirtieron en tumbas resguardadas y vigiladas por un destacamento de guardias.

Wikimedia Commons. Auhtor: Ludwig Borchardt. Link: https://commons.wikimedia.org/w/index.php?search=Ludwig+Borchardt+&title=Special:MediaSearch&go=Go&type=image

Vestimenta y tejidos habituales:

Por lo general los faraones y las reinas usaban sandalias fabricadas de piel de animales, comúnmente hechas de piel de cabra o del antílope.

La vestimenta estaba hecha del lino, tanto para el rey como para la reina. Por otro lado se utilizaban fibras de almendro y caña de las cuales se extraía el hilo necesario para la fabricación de los atuendos reales.

Los faraones vistieron con el pano o skenti, una fina faja de lino ceñida a la cintura y que colgaba en forma de falda. Las reinas utilizaban el típico vestido ceñido al cuerpo que colgaba por medio cinturones por los hombros. Algunos vestidos de las reinas, así como de las mujeres de la alta nobleza, eran transparentes, lo que dejaba entrever sus cuerpos, acompañados de pliegues, fajas y bordados.

Durante el imperio Medio y Nuevo se introdujo el atuendo del “calasiris” o túnica que cubría el torso y la cintura con dos aberturas en la parte superior para los brazos y la cabeza y que estaba sujeto a la cintura por medio de un cinturón.

A la indumentaria de los reyes y reinas egipcios se añadían collares, joyas y otros aditamentos.

Los trajes de algodón fueron introducidos con la invasión de Alejandro Magno a Egipto.

El rey egipcio y el estado:

Aunque el faraón era el principal legislador del país existía en el Antiguo Egipto toda una serie de organización administrativa con múltiples funcionarios que auxiliaban al rey en un amplio reparto de poderes.

El monarca egipcio designaba a un supervisor general del reino llamado: chaty, o el visir, quien ejecutaba las principales tareas del gobierno como administrador e informando al faraón sobre la situación del reino. El chaty podía estar encargado de las múltiples dependencias del estado como: agricultura, finanzas y el campo militar. Sin embargo, el faraón contaba con un conjunto de funcionarios más cercanos que no dependían del visir, encargados de las dependencias u otras funciones designadas por el mismo soberano.

Las dependencias centrales fueron, por lo general: proyectos de construcción, el ministerio de Hacienda, la dependencia del ejército, el alto clero y la administración de los graneros y cosechas.

Cada dependencia estaba regida por un funcionario del rey o “supervisor” miembro de la corte.

La administración egipcia, con el rey a la cabeza, estaba dividida en departamentos independientes. Por un lado, estaba el gobierno central, cuyo líder era el faraón, seguido del visir y los principales funcionarios reales o “supervisores” conformando: la corte del rey.

El chaty o visir podía ser el hijo del rey egipcio (heredero al trono), un hijo secundario, algún noble, escriba o funcionario destacado.

Posteriormente en la escala del poder, por debajo del faraón, la corte y el visir, estaban los gobiernos locales o nomos, llamados en egipcio antiguo: sepat, los cuales eran las diferentes comarcas en que estaba dividido el Antiguo Egipto, estando liderados por el gobernador local: el “nomarca”, conocido por los egipcios como: hatia, sinónimo de “alcalde” o “gobernador”.

El chaty supervisaba a estos gobiernos locales o nomos sosteniendo entrevistas con el hatia.

Las funciones de éstos gobernadores locales en los nomos eran por lo general: la recaudación de impuestos, la protección de las actividades agrícolas, la construcción de canales de riego en las riveras del Nilo (especialmente durante el período de inundación del rio Nilo), administrar los almacenes y graneros, impartir la justicia local y tomar las funciones militares y de defensa. Esta condición generó, al igual que el caso del visir, un cargo multifuncional y de mucho poder en los nomos.

Los nomarcas fueron llamados también: Hery-tep aa sepat o “príncipe o jefe del nomo”. También fueron llamados ady-mer o “el que abre los canales”. El nomarca o hatia estaba a su vez apoyado por una asamblea de funcionarios bajo su mando o dyadyat.

El hatia rendía cuentas en primera instancia al chaty y a la corte real representada por el faraón. Al ser administradores locales contaron en algunos casos con una enorme influencia, por lo que a lo largo de la historia egipcia, algunos nomarcas obtuvieron altos grados de poder sobre el territorio del nomo llegando a rivalizar con el mismo chaty o tomando decisiones arbitrarias fuera de la jurisdicción real, convirtiéndose en verdaderos señores feudales.

Después de la autoridad del chaty, proseguían las esferas de las dependencias del estado, el militar y el poder religioso, representados por: los altos funcionarios junto a los altos jueces y los escribas reales, los altos rangos militares y el alto clero respectivamente.

Continuaban en esta escala del poder egipcio los magnates y la nobleza en general, los cuales podían también ocupar cargos importantes en la administración y ser parte del aparato estatal de forma hereditaria. Los nomos, en su acumulación de poder, permitieron que algunos cargos como el hatia y otras dependencias relacionados con el mismo fuesen hereditarios, creando una casta de nobles o señores feudales.

Por último, en el aparato estatal, proseguían los funcionarios menores, militares de menor rango y el resto de la milicia, sacerdotes locales, pequeños funcionarios locales o servidores del hatia, etc., así como los escribas en diferentes dependencias del estado. Estos últimos tuvieron gran repercusión en todos los ministerios egipcios incluyendo los templos y el clero al llevar un registro escrito de las actividades del reino como archivos.   

Al aparataje de la administración egipcia fue cambiante con el paso del tiempo, añadiendo dependencias o cambiando funciones y roles en diversas áreas según las circunstancias.

El faraón podía ser el reflejo de la fuente de poder en el reino egipcio, comandante en jefe de las fuerzas militares y sacerdote de todo culto egipcio como representante de los dioses así como juez y árbitro de la política; pero en la práctica delegaba sus responsabilidades a todo un aparataje de funcionarios.

Iconografía faraónica:

Por lo común las imágenes del faraón en sus diversas representaciones en el Antiguo Egipto, estaban retratadas en pilonos, murales y estatuas con la principal característica de mostrar su magnificencia; por lo común eran imágenes de gran tamaño frente al resto de figuras que lo acompañaban en su iconografía.

Muchas de estas representaciones o imágenes retrataban al faraón luchando contra sus enemigos y derrotándolos mostrando a su vez su dominio. En otras ocasiones inaugurando obras como canales o edificaciones. En muchas otras era acompañado de los dioses lo cual mostraba su beneplácito por medio de la figura del monarca y su autoridad real proveniente del origen divino.

Algunas figuras mostraban al faraón en sus facetas de sacerdote siguiendo los rituales característicos de la religión egipcia.

Una mujer faraón. Hatshepsut. Mujeres en el poder.

Es ampliamente conocido que la mujer en el Antiguo Egipto gozó de cierta autonomía en comparación a sus contemporáneas, inclusive, en la época helenística.

El respeto hacia la mujer en el Antiguo Egipto era debido a que ella era considerada un complemento para el hombre y su figura como género importante en el panteón de los dioses egipcios donde las diosas tenían un papel fundamental.

Este es el caso de diosas como Hathor, asociada al amor y la belleza. Por otro ladon diosas de carácter guerrero de gran repercusión como la diosa leona Sekhmet, entidad femenina iracunda, cuyos atributos eran ser: una diosa guerrera y batalladora, además de poseer una cólera hacia los habitantes del Nilo materializada en epidemias, tormentas, enfermedades y calamidades y cuya forma de apaciguar su furia era por medio de letanías (oraciones) de los sacerdotes en los templos dedicados a su culto, siendo muy venerada en la antigua Menfis.

Pese a ello, muy famosa era la figura femenina de la diosa Isis, hermana y esposas de Osiris, cuyo culto perduraría hasta el Imperio Romano, donde sería incorporada como diosa al panteón politeísta y cuyo culto perduraría inclusive en una parte de la población durante la época naciente del cristianismo en la antigua Roma, vinculándose con múltiples atributos o “diosa Universal”: diosa madre, diosa protectora, diosa fecundadora, simbolizando el triunfo del bien sobre el mal, diosa protectora de las ciencias, la agricultura, el arte, etc.

En el antiguo Egipto la mujer gozaba de derechos. Podía casarse y divorciarse libremente. Podía obtener una herencia. Excepcionalmente podía acceder a ocupar cargos en la sociedad egipcia como funcionarias, escribas, empresarias y, además, como sacerdotisas.

La mujer egipcia desempeñó un papel destacado en la religión egipcia como parte del clero, tal ejemplo estaría presente en el clero femenino de la diosa Hathor.

La mujer egipcia detentó una cultura matriarcal en la corte faraónica entre las reinas. Un faraón debía legitimar su estado al casarse con una mujer de sangre real, ya que la reina trasmitía la descendencia sanguínea por medio del embarazo y el parto, siendo sus hijos e hijas los únicos portadores de la misma.

Esta situación condujo en la gran mayoría de ocasiones a que el matrimonio del faraón debía realizarse con sus hermanas o hermanastras por ser portadoras de la sangre real. La situación de incesto garantizaba su acceso al trono y la continuación del linaje en la sangre de la realeza.

Pese a la importancia de tal preservación de la sangre real, la mujer no era una opción para acceder el trono de Kemet. No obstante, existieron casos donde la mujer desempeñaría un rol de liderazgo en el trono egipcio. Como reina, esposa del faraón, tenía ek título de Gran Esposa Real, Hemet nise ueret, lo que implicaba una posición política en la corte, además de religiosa, ya que la Gran Esposa Real podía oficiar ritos en varias festividades.

Una mujer en el trono fue el caso de Hatshepsut, cuyo reinado aconteció durante la XVIII Dinastía de faraones egipcios, donde una mujer se convirtió en faraón de Egipto.

Makare (Maatkara) Hatshepsut era hija del faraón Tutmosis I. A la muerte de este, le sucedió su hijo, hermanastro de Hatshepsut, Tutmosis II. Para legitimar el poder de Tutmosis II tuvo que tomar en matrimonio a su hermanastra Hatshepsut. Tutmosis II fallecería pronto sin descendencia; por lo que la sucesión estaba en peligro debido a que no había sucesores masculinos hijos de las esposas reales de Tutmosis II. El único pretendiente masculino de sangre real era el hijo de Tutmosis I, (padre de Hatshepsut y Tutmosis II), habido con una concubina llamada Iset. Tutmosis III era menor de edad, por lo que la reina Hatshepsut asumiría la regencia de Egipto hasta que Tutmosis III alcanzara la mayoría de edad para tomar la corona.

Hatshepsut. Wikimedia Commons. Author: User:Postdlf. Link: File:Hatshepsut 1.jpg

Sin embargo, Hatshepsut haría más que ser regente, tomando para sí los poderes de Egipto. Hatshepsut se vistió con el atuendo faraónico: vistió como faraón usando la barba ornamental y tomando el Heka (bastón) y el Nejej (látigo) ceremonial desplazando a su hermanastro Tutmosis III.

El acceso al trono para Hatshepsut estuvo garantizado por el poder del clero en la figura de Hapuseneb, sacerdote de Amón, culto egipcio a quien la nueva mujer faraón otorgó concesiones, consiguiendo el título de “Hija de Amón” justificando su reinado como un origen divino. Estuvo ayudada además por el arquitecto real: Senenmut, de quien se sospecha era su amante y quien logró escalar grandes posiciones en el reino bajo el auspicio de Hatshepsut. 

El rol de la faraona Hatshepsut estuvo marcada por la restauración de edificios, construcción de templos y la ejecución de campañas militares de defensa en las fronteras de Egipto. Tal situación abrió un período de paz, prosperidad y estabilidad del reino bajo la dirección de una mujer excepcional con evidentes dotes de liderazgo.

Se induce a pensar que intentó establecer una dinastía femenina al nombrar heredera a su hija Neferura, de quien se cree que el padre biológico era el mismo arquitecto real Senenmut, a quien se ha atribuido la construcción de la tumba real de Hatshepsut en el complejo de tumbas faraónicas de Deir el-Bahari.

Tumba real de la reina faraón Hatshepsut. Wikimedia Commons. Author: Nowic. Link: https://commons.wikimedia.org/wiki/User:Nowic#/media/File:Tempel_der_Hatschepsut_(Deir_el-Bahari).jpg

Sin embargo, el tiempo grandioso de Hatshepsut llegaría a su fin con la muerte de su hija, además del fallecimiento del sacerdote Hapuseneb y de Senenmut. La posición real de la faraona quedó debilitada, especialmente con el ascenso de Tutmosis III en la corte del reino.  

Hatshepsut, tras un reinado próspero bajo su mando, fallecería cerca de los 50 años de edad.

Entre otras mujeres que accedieron al trono de Egipto para ostentar el papel correspondiente a de un faraón estarían: Neferusobek. Esta mujer reinaría durante el Imperio Medio haciéndose con el poder tras enfrentarse a su hermano Amenemhat III.

Famosa para la posteridad de la historia sería la reina: Cleopatra (Cleopatra VII Thea Filopátor), la última gobernante del Antiguo Egipto como reina faraón, última representante de la dinastía ptolemaica como descendiente de Ptolomeo I Sóter y considerada por algunos historiadores como la última representante de la estirpe de faraones y del Imperio Egipcio en decadencia hasta su muerte en el año 30 a.C.

Bibliografía:

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